, ,

“CUBA HA LOGRADO SOMETERNOS”

Habla el filósofo Rafael Tomás Caldera: “Volvimos al despotismo. Buscan la sumisión de la gente, su reducción a una lucha precaria por sobrevivir”

Enrique Meléndez

El filósofo y escritor Rafael Tomás Caldera admite que se ha producido una disolución del orden social en el país, que siguió a la muerte del Estado de derecho, a partir de 1999, lo que nos hizo volver al despotismo, a su juicio, no por cierto ilustrado.

“No hay modo de remediar ese ‘desmantelamiento’ con una forma de regir el país que busca la sumisión de la gente, su reducción a una lucha precaria por sobrevivir. Cualquier otro discurso, como los que alimenta el oficialismo, son eso: discursos que, por engañosos, pueden ser letales”, dice el académico y profesor de la UCAB y de la USB.

¿Cómo ha visto usted la evolución que ha tenido el mundo, luego de la caída del Muro de Berlín, desde el punto de vista de los procesos de democratización?

-La caída del Muro de Berlín podemos interpretarla a varios niveles. La causalidad en lo social es siempre múltiple y por consiguiente compleja. Se debe decir que fue, ante todo, un triunfo de la libertad, hecho posible por la resistencia del espíritu, lo que Václav Havel llamó el poder de los sin poder. Como tal, será siempre motivo de regocijo y de esperanza. Habría que desfigurar mucho el relato (ya se intenta) para cambiar esa primera significación del hecho.

-En otro plano, vino por el derrumbe económico del mundo socialista. Las grandes potencias se sostienen por su poderío militar, sustentado en su vigor económico. A la vez, ese vigor económico necesita del poderío militar que garantice su expansión. Al fracasar la economía, todo se vino abajo. Vimos al Ejército Rojo en tiendas de campaña en calles y plazas de Moscú. Ello supone un mentís, en los hechos, a toda ideología presentada bajo capa de doctrina económica.

-A un nivel más profundo, se planteaba el problema de la reunificación alemana y el crecimiento de la Unión Europea. Olvidadas las raíces cristianas de Europa, se quiso ver que llegaba un anunciado fin de la historia en la figura del capitalismo liberal. El tiempo ha mostrado que no es suficiente la producción de riqueza, por exitosa que pueda ser, y que a la economía de libre empresa quiere acompañarla otra ideología, presentada también como una definitiva interpretación de la realidad. Emergió entonces en el horizonte actual el conflicto de las civilizaciones, cuando resulta patente el empuje del mundo musulmán. En el Berlín reunificado no deja de haber una importante presencia turca.

-Con ello, estamos en busca de un nuevo orden mundial. La incertidumbre —falta de esperanza— carcome los espíritus, que reeditan el antiguo carpe diem. ¿Qué ha pasado? Se ha pretendido construir una civilización sin fundamento trascendente. Sin Dios. Así, hemos perdido el sentido mismo del ser humano. Las sociedades opulentas languidecen. La gran crisis en Occidente —en Europa sobre todo— es haber perdido el sentido de lo humano.

                                      VOLVIMOS AL DESPOTISMO

¿Sigue siendo, a su juicio, Venezuela el país de las nulidades engreídas y de las eminencias grises, como se viene sosteniendo desde el siglo XIX?

-Hemos tenido —tenemos— equipos profesionales de alta calidad, como se ha demostrado en el país y hoy se demuestra fuera de nuestras fronteras. La investigación que propició la industria petrolera venezolana —por citar un ejemplo— sirve ahora en tierras del norte, en Canadá. El drama recurrente es la imitación indiscriminada, lo que podemos llamar una mentalidad colonial que, inspirada por lo que ve en la metrópoli (la metrópoli ha cambiado con los tiempos, de Madrid a París a Nueva York), descuida dar verdadera respuesta a lo que plantea nuestra realidad inmediata.

-Ello tiene particular importancia en el diseño institucional. La Constitución de 1961 ha sido quizá la mejor de nuestra historia republicana porque fue elaborada por gente de formación universitaria y, sobre todo, de verdadera experiencia política. De allí su acierto.

¿Usted cree que hemos llegado a los tiempos de la Guerra Federal; cuando el país quedó desmantelado por completo?

-La disolución del orden social siguió a la muerte del Estado de derecho, a partir de 1999. Volvimos al despotismo, no por cierto ilustrado, que ha ido secando la savia de las organizaciones sociales, de las empresas, de los sindicatos.

-No hay modo de remediar ese ‘desmantelamiento’ con una forma de regir el país que busca la sumisión de la gente, su reducción a una lucha precaria por sobrevivir. Cualquier otro discurso, como los que alimenta el oficialismo, son eso: discursos que, por engañosos, pueden ser letales.

EL RUMBO DE AMÉRICA LATINA

¿La violencia y terror, que se han visto, primero, en Ecuador y, ahora, en Chile se deben a que todavía hay un gran descontento por las profundas desigualdades, que todavía prevalecen en nuestros Estados o son productos de la agitación castro-comunista, promovida desde Venezuela?

-Quizás haya que preguntarse por qué la América Latina no encuentra su rumbo. Está nuestro hemisferio, escribió Eduardo Frei Montalva, enfermo de ‘copiar’ y ‘repetir’. Las élites —insisto— replican una y otra vez los modelos aprendidos, con lo cual no logramos salir de una lamentable dependencia. La más reciente, la droga para su consumo en los países ricos, y la exportación de nuestra gente. Desde hace años, la exportación de capitales, de las mayores en el mundo. De esta manera, ¿cómo se levantarán nuestras sociedades?

-Los líderes que construyeron la república democrática en Venezuela tenían clara una condición esencial: la unidad latinoamericana. Si hoy Europa es la Unión Europea, y algo como el Brexit resulta un anacronismo, fue por el esfuerzo sostenido para edificar una comunidad de países con un destino común. No habrá unidad latinoamericana —con perdón— bajo la égida de la Coca Cola. Necesita el Continente un ideal de justicia, de libertad, de desarrollo de su gente.

-La América Latina tiene valores humanos que no deben perderse. No hablaría de raza cósmica pero, sin duda, la gente de estas tierras nuestras, tierras de mestizaje, ha tenido mayor capacidad de adaptación a diversos ambientes y situaciones que la de otros pueblos. Y ha tenido mayor sentido humano de la vida.

-Heredamos, sin embargo, la división del Continente. Rafael Caldera señalaba cómo la Corona española mantuvo vínculos con cada uno de nuestros países, entonces sus colonias, pero no fomentó los lazos entre las diversas provincias. Teníamos, pues, relación con la Metrópoli, mas no entre nosotros. Es una carga genética que aún nos pesa.

-Cuba ha sido un actor muy negativo en América. Con la aureola romántica de la revolución, ha edificado una tiranía injustificable. Exporta su “modelo” y sus intereses. Dije una vez, en estas mismas páginas, que era imperialista. La sumisión de Venezuela lo prueba. Cuba ha logrado someternos al interés de su clase gobernante, con el concurso de algunos que actúan como agentes suyos y de algunos herodianos que han sacado provecho personal del sometimiento del país a la tiranía insular.

¿Se puede considerar que el espíritu de nuestra época, para utilizar un concepto hegeliano, recoge la gran preocupación planetaria, a propósito del calentamiento global de La Tierra, y que se expresa en la Encíclica de Francisco I, que se conoce como Laudato Sì. ¿Qué piensa de la solicitud de parte de algunos obispos de condenar el pecado ecológico?

-La conciencia de nuestra obligación de proteger y gerenciar mejor el medio ambiente es un correctivo necesario a la dinámica interna del capitalismo (capitalismo de mercado o capitalismo de Estado). Ese tema ha sido objeto de muchos escritos epocales. La carta Laudato Sì del papa Francisco recoge el hondo sentido bíblico de nuestro compromiso con la Naturaleza, tanto más importante —diría— en un tiempo, donde la cuestión social devino en cuestión antropológica.

-La estructura de la existencia descansa, cada vez más, sobre la técnica. Ello nos ha proporcionado innumerables ventajas y, por cierto, ha mejorado las condiciones de vida sobre la tierra. Al mismo tiempo, asistimos a un creciente intento de rediseñar la propia naturaleza del ser humano, una verdadera abolición del hombre. No deja de sorprender que, por una parte, invoquemos la necesidad de respetar las condiciones mismas de lo natural y, por la otra, propongamos un cambio en la naturaleza del hombre.

-Resulta de gran importancia que, con su gran autoridad moral, el Sumo Pontífice apele a la conciencia para propiciar un cambio de actitud. “La crisis ecológica —nos dice— es un llamado a una profunda conversión interior”. Así, “vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia cristiana” (n. 217).

-Esa conversión interior debe llevar al cambio del “paradigma tecnocrático” que ha predominado, y que “tiende a ejercer su dominio sobre la política y la economía” (n. 109),  una economía en la que prevalece el principio de maximización de la ganancia y donde “las finanzas ahogan a la economía real”. Por su parte, “la política no debe someterse a la economía (…) Hoy, pensando en el bien común, necesitamos imperiosamente que la política y la economía, en diálogo, se coloquen decididamente al servicio de la vida, especialmente de la vida humana” (n. 189).

-Precisamente, “el ambiente es uno de esos bienes que los mecanismos del mercado no son capaces de defender o de promover adecuadamente” (n. 190). La tecnocracia socialista, por su parte, causó severos daños al ambiente en todas las naciones sometidas a la dominación del comunismo.

-Resulta claro que es un problema de conciencia. La naturaleza inanimada, las plantas, los animales no tienen —en sentido propio— derechos. Pero tienen un valor intrínseco y de utilidad que los seres humanos hemos de respetar. Tenemos deberes ante el medio ambiente y no sólo en beneficio de las generaciones venideras que, desde luego, podrían reclamar nuestra conducta irresponsable ante la conservación de la naturaleza.

Uso incontrolado del poder

¿No le parece que los jóvenes han comenzado ya ese reclamo y piden cambios verdaderos a los responsables políticos del mundo?

-Las manifestaciones que hemos presenciado ponen de relieve, ante un grave problema real, la angustia de los jóvenes a quienes —como piensan— los mayores les cancelan su futuro.

-Ello no significa que el mundo esté a punto de acabarse, como pudiera decir la impulsora del Green New Deal. Acaso se muestra aquí ese recurrente sentido apocalíptico —verdaderos terrores— que se ha visto en la historia de Occidente. Pero nadie conoce el fin de los tiempos. Tomás de Aquino, convencido —por su fe en la revelación— de que habría “cielos nuevos y tierra nueva”, insistió en que, desde dentro de la historia, nadie podía saber cuándo llegaría ese final. Nadie sabe el día ni la hora.

-La toma de conciencia actual, no cabe duda, se traducirá en un esfuerzo racional por hacer frente a los problemas que nosotros mismos hemos creado. ¿Llegaremos a tiempo? Pensaría que sí. La inteligencia humana, gran don de Dios, se renueva cada día. Podremos encontrar remedio, como hemos hecho con múltiples problemas críticos.

-Lo más peligroso sigue siendo el uso incontrolado del poder, al servicio de las pasiones humanas. Puede ocurrir una catástrofe: hemos olvidado el peligro de las armas nucleares cuando — por su difusión— cada vez es mayor la amenaza. Dios sabrá.