Está claro que sobrevivir y esperar tiempos mejores es un principio valedero para nuestra vida inmediata. Pero, los tiempos mejores no vendrán solos. Tenemos que reclamarlos y auspiciarlos.
Gustavo Luis Carrera
Ante cualquier eventualidad o requerimiento se recurre a una acción que enfrente o contrarreste la exigencia inesperada. Es la respuesta instintiva frente a lo sorpresivo; o es el proyecto, pensado y bien arbitrado, que concebimos para acometer el acto de defensa de nuestra integridad física y espiritual. Se suele decir que se trata de un plan; aunque, en realidad se considera que hay necesidad, siempre, de un segundo plan, alternativo. Es decir, un plan A y un plan B. Tal como se nos plantea en la dura circunstancia nacional.
EL PLAN A ANULADO POR LA POBREZA. Hablemos claro: el plan A de los venezolanos es vivir normalmente, sin el acoso de la carencia alimentaria y sanitaria. O sea, poder comer y curarse, cubriendo las necesidades elementales de subsistencia. Pero, ello no es posible; la crisis económica que aherroja a toda una colectividad lo impide, con salarios miserables y con hiperinflación especulativa. ¿Cuál es el fondo de la situación? Calculo que hay 8 hipermillonarios (sobre los mil millones de dólares, o en aproximación) en el gobierno; que multiplicados por 100 beneficiados en sucesivas escalas de familiares, parientes, testaferros, aguantadores, intermediarios, y estos a su vez multiplicados por 1000, a nivel de contadores, abogados, afanadores, tramoyistas financieros, adláteres, guardaespaldas, choferes, mensajeros, porteros -y pare usted de contar-, en todo el país, suman una totalidad de 800.000 beneficiados. Ahora bien, en el sector privado, incluyendo los empresarios que hacen negocios con organismos oficiales, así como antiguos altos funcionarios del gobierno, pueden calcularse 12 supermillonarios en dólares, en la dimensión internacional, con sus familias y sus empresas, agregándose parientes, socios, empresarios medios, administradores de negocios, de abastos, de farmacias y otros rubros económicos, pueden sumar 1.200.000 beneficiados. Para ese total de 2.000.000 la situación es manejable, indudablemente, con el plan A de la subsistencia. Pero, el resto de los venezolanos, los otros 28 y tantos millones, estamos en la inopia (o para decirlo en criollo callejero: estamos «pelando», nos estamos «comiendo un cable»). Y en estas condiciones, de crisis y hambruna, no es posible activar el plan A de la subsistencia.
TODO TIEMPO PASADO FUE MEJOR. ¡Claro que fue mejor! Se reafirma el dicho popular. Ya en el siglo XV el poeta castellano Jorge Manrique lo testimoniaba: …» cuán presto se va el placer…/ cómo a nuestro parecer, / cualquiera tiempo pasado / fue mejor». Sin duda de ello. Si no, hagámonos las preguntas consecuentes: ¿no estábamos mejor cuando podíamos ahorrar, aunque fuese una cantidad modesta?, ¿no estábamos mejor cuando podíamos comprar a crédito?, ¿no estábamos mejor cuando era posible planificar con sentido realista unas vacaciones?, no estábamos mejor cuando cabía la opción de conseguir la medicina requerida?, ¿no estábamos mejor cuando no padecíamos la infame especulación actual en precios de productos y servicios?, ¿no estábamos mejor cuando se podía confiar en la honorabilidad del técnico al cual acudíamos, sin el temor de ahora a ser engañados? En cualquier caso, ante los míseros salarios actuales, ya sin comparaciones con el monto recibido en otros tiempos, lo que hay que considerar es la diferencia entre lo que podíamos hacer y aquello que está a nuestro alcance en la actualidad. Y veremos si todo tiempo pasado no fue mejor.
EL PLAN B DE LOS VENEZOLANOS. Ante la evidente imposibilidad de activar el plan A, elemental y primario, los venezolanos tenemos ante nosotros la irrenunciable necesidad de poner en práctica un plan B. Y esto, a través de varias reflexiones. Del presente -sin comida, sin medicamentos, sin valores- nada positivo se puede extraer. De la dimensión anterior, ya lo dijimos: todo tiempo pasado fue mejor; pero, eso queda allá como un símbolo, en el recuerdo. De otra parte, en la disparatada y demencial creación actual de una multitud de ministerios, no hay todavía un Ministerio de la Suerte, donde puedan informar cuál es el destino y cuáles son los tiempos de espera de la sacrificada Venezuela. Entonces, tenemos que plantearnos cuál es el plan B. La respuesta es evidente, palmaria: sobrevivir y esperar tiempos mejores. Pero, no es fácil sobrevivir cuando hay hambre, enfermedades y crisis espiritual. Sí, porque la pobre alimentación, la carga de males físicos y la pérdida de la fe en un futuro democrático, son obstáculos gigantescos para lograr la supervivencia. Sin embargo, hay que evitar el derrotismo, no caer en el nihilismo. Es necesario recordar que es un derecho reclamar un mejor nivel de vida. Y los derechos se exigen. Está claro que sobrevivir y esperar tiempos mejores es un principio valedero para nuestra vida inmediata. Pero, los tiempos mejores no vendrán solos. Tenemos que reclamarlos y auspiciarlos. ¿Cómo? Uniéndonos en un solo y compacto frente activo contra la situación de decadencia global, de desgobierno, de injusticia social ejercida contra toda una comunidad. Vayamos a otro aserto popular: «la fuerza es la unión», ratificado en nuestro himno nacional. En cuanto a la crisis espiritual, recordemos que los nubarrones ocultan el sol, pero no lo eliminan.
VÁLVULA: «Ante la imposibilidad de ejecutar el plan A, de la subsistencia normal, disponiendo de alimentos, medicinas y esperanzas, a los venezolanos no nos queda sino la alternativa de esforzarnos por cumplir el plan B: sobrevivir y esperar tiempos mejores. Tarea nada fácil; pero necesaria. Sabiendo que todo tiempo pasado fue mejor, como cabe comprobar comparando lo que podía hacerse y que ahora está totalmente negado, es necesario mirar hacia el futuro, sin derrotismo. A conciencia de que vivir mejor es un derecho y que como tal se reclama, haciendo de la real unión de voluntades un frente invencible».

EL AUTOR es doctor en Letras y profesor titular jubilado de la Universidad Central de Venezuela, donde fue director y uno de los fundadores del Instituto de Investigaciones Literarias. Fue rector de la Universidad Nacional Abierta y desde 1998 es Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua. Entre sus distinciones como narrador, ensayista y crítico literario se destacan los premios del Concurso Anual de Cuentos de El Nacional (1963, 1968 y 1973); Premio Municipal de Prosa (1971) por La novela del petróleo en Venezuela; Premio Municipal de Narrativa (1978 y 1994) por Viaje inverso y Salomón, respectivamente; y Premio de Ensayo de la XI Bienal Literaria José Antonio Ramos Sucre (1995) por El signo secreto: para una poética de José Antonio Ramos Sucre. Nació en Cumaná, en 1933.