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Política: ¿intereses o alianzas? I Letras Al Margen I Gustavo Luis Carrera

Simón Bolívar (1783-1830) insistía en el viejo principio bíblico: se está para servir, no para ser servido.

Gustavo Luis Carrera I LETRAS AL MARGEN            

      Definir la política es un reto lingüístico y conceptual. Y de otra parte, quien intente hacerlo, va a encontrarse, de inmediato, en la encrucijada de la valoración ética de los recursos políticos usuales en la sociedad concreta de un país y en el concierto mundial. Ahora bien, quizás lo más prudente, como entrada inicial en el tema, es centrarse, en esta oportunidad, en el sustrato terminológico y en la dimensión conceptual.

      LA POLIS GRIEGA. La palabra política viene del griego piliticós, que significaba relativo a la ciudad, a la polis. Seguramente en ese contexto se inscribe la afirmación atribuida a Aristóteles de: «el hombre es naturalmente un animal político»; vale decir, que normalmente vive en sociedad, como miembro de una de las ciudades-estado (pequeñas naciones) propias de la antigua Grecia. Luego, con la nueva derivación del latín politicus, se vincula la palabra con el Estado, con el gobierno. Ya desde el siglo XVII se va haciendo usual identificar la política con la dirección de un Estado; y de igual modo, ver  al político como quien se interesa y se ocupa de los asuntos públicos relacionados con el gobierno. Después aparecieron términos peyorativos, de crítica o de burla: politizar (dar un carácter político forzado a algo, o a alguien); politiquear (manipular las cosas desde un punto de vista político); politicastro (político torpe, incompetente). En todo caso, es relevante destacar que el término, en la perspectiva etimológica, proviene y se consolida con referencia a los pobladores y a las circunstancias de la vida en sociedad, desde la pequeña polis originaria, pasando por la dimensión de un país y el plano internacional de las relaciones de todo el orbe.   

      SERVICIO SOCIAL. Al interés por los asuntos del Estado se le dio, desde un comienzo, un sentido de servicio social, de positivo propósito de colaboración con la colectividad en el manejo de la administración pública y en la búsqueda de soluciones para la problemática que naturalmente caracteriza a una sociedad. Ese fue el significado básico que se dio a la política, y que, muy astutamente, los políticos proclaman en sus campañas en busca de adhesiones y de votos. Pero, la relatividad se convirtió, prontamente, en un factor decisivo al respecto; ya lo dijo Bismarck: «la política no es una ciencia exacta», destacando el carácter inestable e imprevisible del acontecer político y de la actuación de los políticos. Las ideas básicas de la honesta funcionalidad política se fueron haciendo a un lado: el bien común, el interés público, la protección de los más necesitados. Y los postulados positivos fueron quedando para las frases de pensadores y de escritores. Bolívar insistía en el viejo principio bíblico: se está para servir, no para ser servido. Gandhi advierte que una política adecuada es aquella cuya aplicación está limitada en el tiempo y el espacio; es decir, respetando el límite del período de gobierno y las fronteras territoriales con otros países. Solamente que el tiempo ha demostrado que la vocación de servicio social, inherente al cabal espíritu político, es más una entelequia que otra cosa.

      INTERESES Y CONFABULACIONES.  En el plano contundente de los hechos, el desarrollo de una «política» significa, por lo habitual, cumplir un objetivo de un mandatario o de un grupo que gobierna; no es, en absoluto, la acción en pro de un interés común. Inclusive, los gobernantes suelen mandar para sus colaboradores y sus simpatizantes; ignorando al resto de la población. Por eso, para muchos, la política no es lo moral, sino lo oportunista. No predomina en ella la verdad, sino la manipulación. De allí que Abraham Lincoln dijera que el político tiene dos caras, y que le cuesta mucho salvar las dos. Se habla de una macropolítica, mundial, de altos intereses; así como de una micropolítica, referida a los sindicatos y a los consumidores en general. Y en el medio, en una especie de mesopolítica, quedarían los gobernantes y los partidos. Pero, como quiera que se vea, se destaca la circunstancia de que los políticos se profesionalizan, se hacen eternos en sus cargos, de gobierno o de partido, siempre recurriendo a sus astutos procedimientos. Por eso, el escritor francés Louis Dumur es radical en su aserto: «La política es el arte de servirse de los hombres, haciéndoles creer que se les sirve a ellos». Los tiempos que corren son toda una escuela de enseñanza del trasfondo de los hechos políticos. Se escucha calificar como «convenios» lo que solamente son contratos de compra. Se hace referencia a una «política para el pueblo», cuando en realidad se trata de un entramado en beneficio de unos paniaguados del gobierno. (Así se han llenado de hipermillonarios China y Rusia).  Y por igual se ve en los bloques y los pactos internacionales. No puede olvidarse el ejemplo de la Unión Soviética, pactando con Hitler para evitar la guerra; y luego uniéndose a los aliados contra los nazis. A fin de cuentas hay que hacerse la pregunta básica: ¿en política, existen, realmente, las alianzas? ¿O son coincidencias circunstanciales de intereses y necesidades? Ya Francisco Monaldi, experto en política petrolera de la Universidad de Rice (Houston, Texas) dio la respuesta, ante la acción bélica desatada por la invasión de Ucrania ordenada por el gobierno ruso: «La guerra demuestra que los países tienen intereses, no enemigos ni amigos». Habida cuenta de todas estas consideraciones, nuestra conclusión es evidente: la política es algo de interés común en una sociedad; por eso, no se puede dejarla sólo como responsabilidad de los políticos, seres fácticos e inmediatistas.

      VÁLVULA: «La política es el arte de ejercer las funciones de gobierno de un Estado o de una sociedad», dicen, más o menos los diccionarios. Pero, bien sabemos que la acción de los políticos, a través de las apariencias y de la demagogia, busca dominar pueblos y conformar modos de pensar. Se basa la política en intereses, que caracterizan las alianzas, siempre provisionales y de circunstancia. Al no haber principios éticos preestablecidos, todo carece de límites lógicos. Por ello, a fin de cuentas, se impone lo indiscutible: la política es demasiado significativa para ser asunto exclusivo de los políticos, y se inscribe en la agenda de todo el pueblo».                                                                                

glcarrerad@gmail.com

EL AUTOR es doctor en Letras y profesor titular jubilado de la Universidad Central de Venezuela, donde fue director y uno de los fundadores del Instituto de Investigaciones Literarias. Fue rector de la Universidad Nacional Abierta y desde 1998 es Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua. Entre sus distinciones como narrador, ensayista y crítico literario se destacan los premios del Concurso Anual de Cuentos de El Nacional (1963, 1968 y 1973); Premio Municipal de Prosa (1971) por La novela del petróleo en Venezuela; Premio Municipal de Narrativa (1978 y 1994) por Viaje inverso y Salomón, respectivamente; y Premio de Ensayo de la XI Bienal Literaria José Antonio Ramos Sucre (1995) por El signo secreto: para una poética de José Antonio Ramos Sucre. Nació en Cumaná, en 1933.

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