, , ,

Edadismo: fatal discriminación por la edad I Letras Al Margen I Gustavo Luis Carrera

El edadismo es una discriminación ignorante y aberrada de la ancianidad. Es colocar a la persona de edad avanzada en una especie de degredo.

Gustavo Luis Carrera                     

      En cualquier sistema de control de identidad, una pregunta clave es la edad de la persona. Y esto no es casual, o una simple formalidad. Al revelarse los años que se ostentan, se produce una clasificación mental en quien juzga: «es joven»; «pertenece al nivel que se denomina adulto mayor»; «ya llegó a la ancianidad». Y esta demarcación señala la conducta consecuente. En particular, es ostensible el trato que se concede a quien ya advino a la condición de anciana o de anciano. Se le sitúa, forzosamente, en un campo aparte, donde los derechos son restringidos y las oportunidades sensiblemente limitadas.     

      LA ANCIANIDAD. El paso del tiempo se suma en la edad de cada persona, sin apelación posible. Y cuando llegamos a la ancianidad, hay que aceptar diferenciaciones naturales, y otras que nacen de un inveterado prejuicio, muy compartido en esto que llamamos la cultura occidental. ¿Cuándo se es anciano? Para algunos, a los setenta años. Otros lo sitúan en los ochenta. Pero, en fin, la ancianidad es un terrible obstáculo en nuestra sociedad. Hay razones «naturales» que explican la diferencia. Por más optimista que sea un anciano, debe reconocer que ya no puede desempeñar trabajos que exigen determinada fuerza física o dinámica celeridad. Pero, su capacidad intelectual no está forzosamente limitada. «En la vejez, no nos deben preocupar las arrugas del rostro, sino las del cerebro», decía el escritor francés Jules Renard. De otra parte, para Platón, la disminución de los «fuegos juveniles» es la liberación de «tiranos agobiantes». Mientras la ironía de Francisco de Quevedo sentencia: «Todos deseamos llegar a la vejez, y todos repudiamos llegar a ella». Y así, podría integrarse una expresiva lista de frases ilustrativas referidas al envejecimiento. Lo cierto, a fin de cuentas, es que se envejece sin remedio. Y la verdad, también, es que nuestra sociedad no está preparada para «entender» y «soportar» a los ancianos.      

      EL EDADISMO. Ha surgidola conciencia del establecimiento del «edadismo», es decir la discriminación por la avanzada edad; así como hay el racismo, que pretende diferenciar y someter o menospreciar a las personas por su supuesta «raza». En este otro caso, los segregados son los de la cuarta edad, los ancianos. Nadie le da un empleo, o contrata, a alguien de avanzada edad. Las compañías de seguros aumentan exageradamente las primas para usuarios ancianos. Todos temen que sean más propensos a enfermarse, o que tengan percances situacionales o accidentes. Es decir, que el envejecimiento es lo que llaman, en cierto lenguaje administrativo, un «hándicap», o sea un estado desventajoso. Se olvida que la vejez no significa limitación funcional en la capacidad de razonamiento y en la inventiva creadora. Y no se toma en cuenta el conocimiento adquirido: haber vivido es un saber. Se dice que en Japón «se honra» a los mayores. Y hay un aforismo de Mali, en África, que es una plena lección vital de cultura colectiva: «Todo viejo que muere es una biblioteca que desaparece». Pero, nada de esto rige en nuestro sistema social y cultural, urdido contra el envejecimiento. El natural culto a la juventud y a la belleza lozana se ha pervertido, y se ha trocado en rechazo a la adultez mayor. (Parecería que muchos olvidan que, quiérase o no, la vejez aguarda, forzosamente, en el camino avanzado).  

       FATAL DISCRIMINACIÓN.  Las formas discriminatorias hacia los ancianos son muy diversas y se dan diariamente. Los sitúan en lo que se llama un «apartheid», una segregación sistemática. Un ejemplo resaltante al respecto es el del torpe manejo que han hecho las Universidades de sus profesores jubilados. Puestos de lado, en su condición de eméritos, los profesores y las profesoras que ya cumplieron el lapso legal para la jubilación, son desdeñados por sus instituciones. Bastaría con establecer con ellos un contrato ad hoc (con monto y duración determinados), para aprovechar su experiencia y su conocimiento original -producto de investigaciones personales únicas- en cursos y seminarios especializados, que nadie más podría sustentar. Y todo con un gasto modesto, debidamente establecido. Además, no sería el caso de cerrar el camino a profesores jóvenes, noveles, ya que los jubilados de tercera o cuarta edad no pueden ser profesores ordinarios de nuevo; sólo actuarían por contrato específico. Entonces, ¿dónde está el impedimento? ¿Es sólo cuestión de falta de imaginación personal y de solidaridad institucional? Vaya usted a saber los motivos. Pero, la realidad no escapa a un juicio ostensible: torpeza y limitación profesional. Hay que saber llevar la vejez, y no todos saben hacerlo. No se puede parecer más joven de lo que se es; pero, tampoco debe permitirse parecer más viejo. Y en cualquier caso, lo importante es reaccionar contra el edadismo, protestar contra esta discriminación; de igual manera que no se aceptan otras discriminaciones. No le dan ningún cargo público de importancia a un anciano. (Aunque Konrad Adenauer fue decisivo canciller (jefe de gobierno) de Alemania, en su recuperación económica, cuando tenía más de ochenta años). Quizás en el fondo el escritor norteamericano Ernest Hemingway tenga la razón al afirmar; «Los ancianos no se hacen más sabios, sino más prudentes». Sin embargo, habría que preguntarse si la prudencia no es una forma de sabiduría. Al final, una observación: la vejez aguarda, indefectiblemente, a todos; y hay que aprender a convivir con ella, y a reclamar sus derechos humanos, lógicos y racionales.      

      VÁLVULA: «El edadismo es una discriminación ignorante y aberrada de la ancianidad. Es colocar a la persona de edad avanzada en una especie de degredo, un depósito de lo incómodo y de lo inútil. Se ignora que es el futuro de todos; inclusive de los promotores de la segregación. Nadie da empleo a un anciano. Y muchos tienden a verlo como un desincorporado de la sociedad. Es una discriminación a todas luces inhumana y repudiable».                                                                                                                                                                                                                                                                           glcarrerad@gmail.com

EL AUTOR es doctor en Letras y profesor titular jubilado de la Universidad Central de Venezuela, donde fue director y uno de los fundadores del Instituto de Investigaciones Literarias. Fue rector de la Universidad Nacional Abierta y desde 1998 es Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua. Entre sus distinciones como narrador, ensayista y crítico literario se destacan los premios del Concurso Anual de Cuentos de El Nacional (1963, 1968 y 1973); Premio Municipal de Prosa (1971) por La novela del petróleo en Venezuela; Premio Municipal de Narrativa (1978 y 1994) por Viaje inverso y Salomón, respectivamente; y Premio de Ensayo de la XI Bienal Literaria José Antonio Ramos Sucre (1995) por El signo secreto: para una poética de José Antonio Ramos Sucre. Nació en Cumaná, en 1933.

https://www.larazon.net/category/carrera/