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Monómeros regresa al chavismo por la puerta trasera

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No es solo una empresa. Es la metáfora perfecta de la tragedia venezolana: saqueada por el chavismo.

Humberto González Briceño

En la tragicomedia venezolana de expolios, traiciones y pactos inconfesables, la historia de Monómeros Colombo Venezolanos S.A. es uno de sus actos más reveladores. Una empresa con potencial estratégico y rentabilidad probada, transformada en botín de guerra por dos bandos —enemigos en apariencia, socios en la práctica— que han hecho del poder una franquicia rentable. Chavistas primero, “opositores” después. Hoy, Colombia y Venezuela negocian en silencio su destino. ¿Qué se traen entre manos?

Monómeros nació en 1967, en Barranquilla, como un emprendimiento binacional con mayoría de capital venezolano a través de Pequiven, filial de PDVSA. Durante décadas fue fuente de fertilizantes y divisas. Todo eso hasta que el chavismo puso sus garras sobre ella. A partir de 2006, con la «nueva diplomacia bolivariana», la empresa se convirtió en apéndice del modelo extractivista y corrupto del régimen de Chávez. Las denuncias de desvío de recursos, contrataciones a dedo, nepotismo y deterioro administrativo se acumularon sin pausa.

En 2013, bajo la batuta de Nicolás Maduro, Monómeros ya mostraba signos evidentes de ruina planificada. Lo técnico fue desplazado por lo ideológico; lo eficiente, por lo leal. En 2019, en medio del colapso general, Colombia reconoció a Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela, y con ese gesto, le entregó el control de la empresa. Aquí empieza la segunda fase de la tragedia.

Lejos de actuar como salvadores, los representantes del interinato terminaron replicando los mismos vicios que decían combatir. Nombramientos opacos, redes de contratistas vinculados a partidos, conflictos internos por el reparto del poder… y, por supuesto, pérdidas millonarias. La Superintendencia de Sociedades de Colombia llegó a intervenir la empresa en 2021 por riesgo de quiebra, un desenlace inconcebible en tiempos de bonanza y que solo la ineptitud —o la codicia— podía explicar.

Uno de los casos más emblemáticos fue el del dirigente político Guillermo Rodríguez Laprea, vinculado a Voluntad Popular, quien asumió la gerencia general de Monómeros bajo el interinato. Su gestión fue cuestionada por decisiones inconsultas, presunta manipulación de estados financieros y contratos irregulares. Fue finalmente removido, no por una voluntad ética del gobierno interino, sino por presiones externas e internas ante el escándalo ya inocultable.

Según reportes periodísticos, Colombia y Venezuela ahora estarían negociando discretamente —eufemismo para decir: sin control público ni transparencia— un acuerdo para el traspaso definitivo de la empresa al gobierno de Nicolás Maduro. Bajo la mesa, sin voces ni contrapesos. Y como es de esperarse en este tipo de operativos, los silencios pesan más que los anuncios.

¿Qué ocultan? ¿Una compensación política a cambio de respaldo electoral en la frontera? ¿Alguna operación financiera encubierta con ramificaciones en Caracas y Bogotá? ¿O simplemente la regularización de una entrega que ya estaba pactada desde antes? Las respuestas, como de costumbre, están en los detalles que no se publican.

Monómeros no es solo una empresa. Es la metáfora perfecta de la tragedia venezolana: saqueada por el chavismo, violada por la oposición domesticada, y ahora negociada entre gobiernos que fingen antagonismo pero practican la connivencia. La pregunta no es quién la recuperará, sino cuánto costará ese rescate, quién lo pagará, y cuántos bolsillos se llenarán en el proceso.

Quizás, en unos meses, veamos a Maduro celebrando la «recuperación de la soberanía económica» y a Petro hablando de «cooperación binacional». Los aplausos llegarán de los mismos que ayer callaron ante la expoliación. Los perdedores, como siempre, serán los Venezolanos.-

 @humbertotweets

EL AUTOR es abogado y analista político, con maestría en Negociación y Conflicto en California State University.

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