¿Cuánto más podrá el chavismo reprimir sin provocar un estallido que no controle, una fractura que no calcule?
Humberto González Briceño
El chavismo avanza con disciplina de ocupante sobre los pocos espacios que aún conservan vida propia. En medio del desmantelamiento laboral que asfixia al país, ha puesto en la mira a los sindicatos: último reducto de organización obrera que no responde, al menos no del todo, a sus designios. Nicolás Maduro, en un arrebato de franqueza brutal, ha declarado su intención de “eliminar” a los sindicatos autónomos, desatando una ofensiva que no es nueva, pero sí cada vez más abierta, más agresiva y más torpe.
La jugada tiene la fineza de un tanque de guerra: sustituir a los sindicatos por los llamados “consejos productivos de trabajadores”, entes serviles al PSUV, confeccionados para obedecer, no para representar. Un decorado institucional con obreros mudos, diseñado para simular participación donde solo hay sumisión. El sindicalismo, reducido a caricatura.
A estas alturas, resulta innecesario fingir sorpresa. Maduro no se enfrenta a ningún “sindicalismo burgués”, como pregona. Lo que pretende aplastar es la resistencia, la que aún sobrevive entre jubilados, docentes, obreros industriales, trabajadores de la salud. Gente que —contra toda lógica, y muchas veces con un salario que no paga ni el pasaje— sigue saliendo a la calle a exigir lo elemental: comer, curar, enseñar, vivir.
Para ellos, la respuesta ha sido constante y brutal: detenciones, amenazas, listas negras, despidos sumarios. El chavismo, cada vez más encapsulado en su lógica de control militar, interpreta cualquier reclamo como sabotaje y cualquier huelga como conspiración. Y actúa en consecuencia.
En este paisaje de ruinas, la figura del sindicalista no domesticado es casi una anomalía: alguien que aún cree en la dignidad del trabajo y en la capacidad de organizarse para defenderla. Es decir, un problema. Porque en un sistema donde la obediencia se premia y la crítica se castiga, la sola existencia del disenso representa un riesgo estructural. El sindicalismo libre, por modesto que sea, es un recordatorio de que hay otras formas de vivir la política, incluso desde la precariedad.
El proyecto chavista, que se pretendió “revolución de los trabajadores”, se ha convertido en una maquinaria para su silenciamiento. Liquidó la contratación colectiva, borró el derecho a huelga, desmanteló la inspección laboral, destruyó el salario. Lo que queda no es una clase trabajadora empoderada, sino una fuerza laboral empobrecida, fragmentada, vigilada. Un ejército de sobrevivientes.
El objetivo ya no es económico: es simbólico. Borrar la memoria de luchas pasadas, de conquistas ganadas a pulso, de sindicatos que alguna vez hicieron temblar gobiernos. En su lugar, dejar el vacío, o peor aún, su remedo: estructuras sumisas que repiten el guion oficial y aplauden su propia miseria.
Resulta trágico —pero no sorprendente— que esta cruzada venga liderada por un régimen que enarboló durante años el discurso de los derechos laborales. Hoy, quienes alzaban el puño junto al retrato del Che, ordenan la cárcel para obreros que piden un salario mínimo equivalente a 100 dólares. La revolución devoró a sus hijos, pero antes se comió a sus trabajadores.
La resistencia, sin embargo, persiste. Terca, fragmentada, sin recursos, pero viva. Hay sindicatos que no se entregan, hay dirigentes que no se callan, hay obreros que siguen organizándose al margen del Estado y del miedo. No por nostalgia ideológica, sino por necesidad vital.
Queda una pregunta, incómoda y necesaria: ¿cuánto tiempo más podrá sostenerse esta ficción de país sin clase trabajadora organizada? ¿Cuánto más podrá el chavismo reprimir sin provocar un estallido que no controle, una fractura que no calcule?
Quizás el régimen logre suprimir sindicatos, encarcelar dirigentes, silenciar protestas. Pero no podrá abolir la realidad: que sin trabajo digno no hay ciudadanía, y sin organización no hay defensa posible. Y mientras un solo trabajador se atreva a levantar la voz, aunque sea en susurro, la derrota del chavismo estará siempre incompleta.

EL AUTOR es abogado y analista político, con maestría en Negociación y Conflicto en California State University.


