Un judío polaco por las voces de América
Rafael Marrón González
Desde la lejana Polonia, donde nació en Wenwrow en diciembre de 1902, emigró con sus padres a Argentina el niño judío Ángel Fraimann Rosenblat, que se haría filólogo en Buenos Aires, Berlín, Madrid y París, que cuando la Segunda Guerra Mundial y la locura hitleriana regresa a Argentina donde fue contratado, en 1946, como profesor de castellano y latín para enseñar en el Instituto Pedagógico de Caracas, donde casi al llegar, en 1947, funda la Cátedra de Filología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central. En 1950 se hace venezolano y desde 1951 hasta su muerte el 11 de septiembre de 1984, ocupa la Dirección del Instituto de Filología Andrés Bello, de la Universidad Central, en el que realizó importantes estudios sobre el castellano en Venezuela, vertidos en obras como “Buenas y malas palabras”, “El Castellano en España y el castellano de América”, “La primera visión de América y otros estudios”, y el primer volumen del “Diccionario de Venezolanismos”.
EL CASTELLANO EN VENEZUELA SEGÚN ROSENBLAT
“El viajero que llega a tierras venezolanas con su bagaje de castellano “oficial”, está expuesto a más de una sorpresa. Su automóvil pasa a la humilde categoría de carro, y si eso puede molestarle, se consolará cuando al reventársele una tripa no tenga que recurrir al médico —trance siempre peligroso—, sino a su tripa de repuesto, o a un parcho (o palcho). Por los caminos le sucederá que, sin ser faquir, tenga de cuando en cuando que comerse una flecha, o sea marchar a contramano. Si lleva consigo a una señora, ella podrá tener ansias, pero no hay que hacerse ilusiones, porque en seguida dará pruebas evidentes de náuseas. Puede algún colega exigirle que le preste el gato; no hay que creer que ese exigir sea prepotencia, porque no es nada más que rogar, y en seguida tendrá la prueba porque, agradecido ante su amabilidad, lo invitará a pegarse unos palos en un botiquín. No es para alarmarse: es una invitación muy simpática a tomarse unos tragos en una taberna o bar”.
MÁS CONFUNDIDO QUE GRINGO EN MERCADO VENEZOLANO
“Y si no es usted automovilista, si es usted señora de su casa y tiene que ir al mercado, sus tribulaciones pueden ser muy serias. (…) Verá que el apio no es apio, sino un tubérculo indígena, y si se empeña en conseguir apio para aromatizar, con perejil, sus sopas, tendrá que recurrir a sus reservas de francés o de inglés y pedir celerí. Si quiere habas o porotos (es el nombre quechua, extendido hasta la Argentina), tendrá que conformarse con las caraotas negras, que dan uno de los platos criollos más deliciosos. Y si quiere calabaza tendrá que pedir aullama («en el monte aúlla, y en la casa llama», adivina adivinador). Y le ofrecerán además la yuca, el ocumo y el ñame, para que pueda preparar el sabroso sancocho venezolano, temible rival del puchero argentino y del cocido español”.
¡QUÉ MAMADERA DE GALLO EL CASTELLANO EN VENEZUELA!
“Y aunque no sea usted automovilista ni dueña de casa, siempre se llevará sus sorpresas. Cuando le presenten dos morochas debe usted saber que son dos hermanas gemelas, aunque sean rubísimas (en la Argentina serían «dos morenas»). Es frecuente que un hombre le diga: “¡Hay que amarrarse los calzones!” antes de emprender una acción que requiera toda la hombría, y olvide que los calzones son en otras tierras prenda exclusivamente femenina. Eso sí, cuídese usted de la mamadera de gallo, que también se llama aquí tomadera de pelo, porque el venezolano es temible mamador de gallo y delira por la guachafita. No se deje engañar por eso de las estaciones del año. Hay sólo dos, pero el invierno se caracteriza por ser más caluroso que el verano. En compensación, le da por llover más: el invierno está muy recio le dirán porque es una temporada muy lluviosa, o que está cayendo un invierno bravo, o un palo de agua, lo cual equivale a un chaparrón. Si le dicen voltee la esquina, no quieren decirle que la derribe, sino que la doble usted. Y procure que no le coloquen en el camino una concha de mango, porque se irá indefectiblemente de bruces, como cuando le colocan a uno una cáscara de banana o de plátano, y es cosa que aquí hacen a veces, o hacemos a veces, los profesores amargos en los exámenes con los inocentes alumnos, o las agraciadas venezolanas con los siempre incautos pretendientes para hacerlos caer en las dulces redes del matrimonio”. Continuará.
@RafaelMarron

EL AUTOR es escritor, poeta, historiador, docente y comunicador social. Autor de varios libros. Es, además, el presentador oficial del noticiero estelar de Washington TV.


