Cuando un régimen decide decretar un “estado de conmoción” no es porque la violencia haya irrumpido de pronto, sino porque necesita legalizar la que ya ejerce sin pudor.
Humberto González Briceño
En Venezuela, la represión no se inaugura con un decreto: apenas se institucionaliza.
El chavismo perfecciona así su maquinaria: una república que vive de excepción en excepción, donde la Constitución es un decorado y la ley, un arma de guerra. La supuesta medida extraordinaria no responde a amenazas reales sino a la urgencia de blindar el terrorismo de Estado. Es la vieja receta autoritaria: invocar conspiraciones, enemigos invisibles o peligros exteriores, para justificar lo injustificable.
En la práctica, el decreto funciona como carta blanca. A partir de ahora, cualquier detención arbitraria, allanamiento sin orden, o desaparición forzada encontrará cobertura en esa “conmoción” decretada desde Miraflores. Lo que ayer era abuso, hoy se vuelve norma. Y lo que mañana sea crimen, ya tendrá su coartada legal.
Nada de esto sorprende. En Venezuela el poder no se sostiene en votos ni consensos, sino en fusiles, tribunales sumisos y cuerpos policiales convertidos en ejército de ocupación. La FANB no protege al país: protege al régimen. Los jueces no juzgan: obedecen. Y los militares, degradados a mercenarios, solo exigen la garantía de impunidad para reprimir sin remordimientos. El decreto es precisamente eso: un seguro jurídico para los verdugos.
El objetivo real es preventivo. Anticiparse a la protesta que se avecina, blindar la represión y, sobre todo, ofrecer a los cuarteles una justificación que maquille de “defensa nacional” lo que en realidad es la defensa de un poder en descomposición. Porque el chavismo gobierna mirando más a las armas que a las urnas, y sabe que su supervivencia depende de mantener comprada la lealtad de los uniformados.
La ironía es cruel: al decretar el miedo, el chavismo se desnuda. Reconoce que ya no gobierna con legitimidad sino con bayonetas; que no se sostiene con instituciones sino con emergencias perpetuas. Ayer fueron estados de excepción “económicos”, hoy es la “conmoción”. Mañana quizás llegue la suspensión indefinida de la república.
Queda una pregunta abierta: ¿cuánto tiempo puede un régimen prolongar su vida a fuerza de decretos de miedo, cuando millones de venezolanos ya viven en un estado de conmoción permanente? El día en que la represión se perciba no como amenaza sino como rutina, ese mismo día la conmoción dejará de estar en la calle y pasará a palacio.

EL AUTOR es abogado y analista político, con maestría en Negociación y Conflicto en California State University.


