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El panóptico chavista

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El chavismo no inventa el futuro. Solo repite, con torpeza digital, las viejas mañas del comunismo caribeño. Un Estado de delatores con conexión 4G.

Humberto González Briceño

El chavismo no innova, recicla. Cuando Maduro anuncia con entusiasmo su nueva aplicación de “reportes ciudadanos” para que los venezolanos informen irregularidades —léase: para que unos vigilen a los otros—, no está inaugurando nada. Está desempolvando un viejo instrumento del control totalitario: la delación institucionalizada.

En Cuba lo llaman “el sistema de vigilancia revolucionaria”. En la Alemania del Este fue la Stasi. En Venezuela, ahora, tendrá formato de aplicación móvil, con íconos amables y un discurso de participación cívica. Pero el propósito es el mismo: construir un Estado policía donde cada ciudadano se convierte en sospechoso y cada militante del PSUV en un vigilante digital al servicio del poder.

El régimen no necesita más cárceles —ya tiene suficientes—, sino más ojos. Y en eso la tecnología es su aliada perfecta. La app, según sus promotores, permitirá “denunciar irregularidades” en comunidades, comercios o instituciones. Traducido al idioma del chavismo: cualquier comentario, reunión o gesto que huela a disidencia podrá ser registrado y enviado a la nube del Ministerio del Interior. No se trata de eficiencia administrativa, sino de paranoia revolucionaria con interfaz moderna.

El chavismo, que aprendió de su maestro cubano el arte de la sospecha preventiva, busca ahora multiplicar sus informantes. Ya no bastan los consejos comunales, los “jefes de calle” o las UBCH; ahora cada teléfono será una sucursal de la inteligencia oficial. El sueño del G2: un país convertido en una red de delatores voluntarios, convencidos de que informar es servir a la patria.

Lo más perverso del mecanismo no es su capacidad técnica, sino su legitimación moral. Se presenta como una “herramienta del pueblo”, cuando en realidad es un instrumento del miedo. Porque en una sociedad controlada, la confianza es el primer enemigo del régimen: divide, aísla y finalmente paraliza. Así se domestican las sociedades, no con fusiles sino con sospecha.

Mientras el país se derrumba entre apagones, hambre y ruinas, el Estado invierte en su propio panóptico tropical. Ya no se conforma con ver a través de sus cámaras; ahora quiere oír a través de sus ciudadanos. Y lo hará, como siempre, en nombre de la “revolución”.

En el fondo, lo que Maduro ofrece no es una aplicación: es una confesión. La de un régimen que, como el cubano, ya no confía ni en sus sombras. Y cuando el poder teme tanto a su propio pueblo que necesita convertirlo en su policía, ya no gobierna: se esconde detrás del miedo que ha fabricado.

El chavismo no inventa el futuro. Solo repite, con torpeza digital, las viejas mañas del comunismo caribeño. Un Estado de delatores con conexión 4G. Un país vigilado por sus propios habitantes. Una revolución que, para sobrevivir, necesita que nadie duerma tranquilo.-

@humbertotweets

EL AUTOR es abogado y analista político, con maestría en Negociación y Conflicto en California State University.

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