, , ,

El giro inesperado de la geopolítica hemisférica

Comparte en tus redes

Venezuela lleva más de dos décadas encabezando la lista de las preocupaciones hemisféricas de Washington

Humberto González Briceño

En un continente habituado a los relatos maniqueos y las pasiones ideológicas, hay un escenario que hasta hace poco parecería inconcebible: que Estados Unidos intervenga militar o políticamente en Colombia antes que en Venezuela. Pero en el tablero geopolítico, como en el ajedrez, lo impensable se vuelve inevitable cuando se combinan errores estratégicos, delirios ideológicos y malabares diplomáticos.

Venezuela lleva más de dos décadas encabezando la lista de preocupaciones hemisféricas de Washington. Con razón: se trata de un régimen que ha combinado la represión doméstica con alianzas exteriores peligrosas (Irán, Rusia, China), ha servido de puente para el crimen organizado transnacional y ha convertido la política migratoria en arma de presión regional. Sin embargo, esa misma naturaleza disfuncional del chavismo, su hermetismo militar y su lealtad garantizada —por ahora— de las Fuerzas Armadas, lo hacen un caso más “gestionable” desde la lógica del equilibrio de poder. Washington aprendió, a golpes, que Venezuela no se cae empujándola.

Colombia, en cambio, ha pasado —con Gustavo Petro a la cabeza— de ser el “socio estratégico” más confiable de Estados Unidos en América Latina a una ficha desordenada, volátil e ideologizada. Petro ha buscado sistemáticamente dinamitar los pilares históricos de la relación colombo-estadounidense: cooperación antidrogas, alineamiento diplomático y apoyo a la seguridad hemisférica. Y lo ha hecho con una narrativa que mezcla el anticolonialismo de manual con la autocomplacencia tropical, todo aderezado con gestos simbólicos de cercanía a los enemigos tradicionales de Washington.

El gobierno colombiano se ha alineado con regímenes como el de Cuba o Venezuela, ha tenido desplantes públicos contra la DEA y el Pentágono, y ha alentado el caos interno con una política de seguridad ambigua, cuando no abiertamente complaciente con las disidencias armadas. Mientras tanto, las estructuras del narcotráfico se robustecen, los cultivos ilícitos repuntan y los niveles de violencia rural recuerdan épocas que se creían superadas.

Pero la guinda del pastel ha sido la política exterior errática que Petro intenta imponer una fuerza de tuits y desplantes. Las relaciones con Israel, históricamente cordiales y cooperativas, se han fracturado en un gesto innecesario, ideológico y profundamente costoso. La diplomacia colombiana, otra profesional y cauta, ahora opera como altavoz de las obsesiones del presidente.

Y Washington, que no suele reaccionar en caliente, ya ha comenzado a tomar nota. La Casa Blanca ve con creciente preocupación por la pérdida de control institucional en Colombia, el desmantelamiento de la cooperación bilateral y la posibilidad de que un socio estratégico se convierta en un factor de inestabilidad regional.

En cambio, Venezuela —por grotesco que suene— se ha convertido en una anomalía predecible. El chavismo ha aprendido a navegar las sanciones, domesticar a la oposición (o fabricar una propia) y ofrecer lo mínimo para mantenerse en el radar diplomático sin ser prioridad de intervención. Mientras el régimen mantenga cerrada la caja negra militar y los negocios petroleros tengan alguna promesa de flexibilización, Washington preferirá no quedarse en un conflicto sin final claro.

El escenario colombiano es distinto. La debilidad institucional, la erosión de los consensos básicos y el creciente desorden en materia de seguridad convierten a Colombia en un “Estado en proceso de fragilidad”, un concepto que en la jerga del Departamento de Estado justifica intervenciones discretas o abiertas. Si a eso se suma la pérdida de interlocución confiable y la tentación de Bogotá de jugar en ligas geopolíticas peligrosas, el cóctel está servido.

Que nadie se confunda. No se trata de tanques cruzando la frontera ni de marines desem transportar en Cartagena. La intervención del siglo XXI tiene otros rostros: presión financiera, aislamiento diplomático, operaciones encubiertas, castigos selectivos y cooperación “condicionada”. Y Colombia comienza a reunir todos los requisitos para pasar de aliado estratégico a dolor de cabeza regional.

La gran ironía es que mientras Venezuela sigue en su bucle autoritario inmutable, Petro ha logrado en tiempo récord erosionar los puentes que su país tardó décadas en construir. Si algo detesta a Washington más que un enemigo declarado es un aliado que deja de ser confiable. En ese sentido, Colombia hoy se mueve peligrosamente hacia la categoría de país “no confiable”, con todo lo que eso implica.

Venezuela, por su parte, seguirá siendo un régimen incómodo, pero útil para algunas jugadas geopolíticas. El chavismo ya no amenaza al sistema hemisférico porque ha sido absorbido como un caso crónico. Colombia, en cambio, comienza a perfilarse como un paciente agudo con riesgo de contagio.

¿Giro inesperado? Tal vez. ¿Giro probable? Sin duda. En política internacional, los enemigos previsibles son un problema; Los aliados imprevisibles, una amenaza. Y Colombia hoy amenaza más que Venezuela.- @humbertotweets

El autor es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto
California State University