Solo una certeza: en esta historia, los guiones más inverosímiles suelen convertirse en realidad
Humberto González Briceño
La escena es digna de una novela de espionaje caribeño con tintes de surrealismo diplomático: María Corina Machado, invitada a Oslo por los organizadores del Nobel de la Paz, pero con Washington en la mira. No para un encuentro con ONGs ni para aplaudir desde la galería de los héroes democráticos, sino —según rumores que no se lanzan al viento sin cálculo— para explorar lo impensable: una reunión con Nicolás Maduro, fuera de Venezuela, con Donald Trump como árbitro y garante.
La idea, por supuesto, suena a disparate… hasta que reparamos que fue el propio Trump quien dejó entrever —como suele hacer, sin confirmar nada pero instalando todo— que no le parecería del todo mal sentarse con Maduro. Entonces lo dijo como quien suelta una bomba de humo para medir la reacción. Hoy, su círculo más cercano estaría repitiendo el experimento, quizás con propósitos más concretos.
Un encuentro entre Machado y Maduro, con Trump en medio, no sería una reunión cualquiera. Sería el reconocimiento mutuo de las partes en conflicto, lo cual no es poca cosa. Para el chavismo, aceptar a Machado como interlocutora válida supondría tragarse años de narrativa sobre “la extrema derecha golpista”, sobre “la inhabilitada”, sobre la inexistencia política de quien hoy lidera la oposición por aclamación popular. Para Machado, se trataría de encarar al usurpador, no desde la trinchera, sino en la mesa de negociaciones, con todo lo que eso implica en términos de estrategia y legitimidad.
¿Y Trump? Ah, Trump haría lo que mejor sabe: poner su sello personal, iconoclasta y pragmático, sobre una movida diplomática que rompería todos los moldes. No por amor a Venezuela, claro está, sino por un comprensible cálculo electoral. Ser el único capaz de juntar a los enemigos mortales del patio trasero sería una joya para su vitrina de campaña. No en vano sus asesores estudian la posibilidad como quien sopesa un golpe maestro.
Pero no nos hagamos ilusiones: si algo ha demostrado la política venezolana es que en el fondo de toda negociación hay una trampa, un cálculo, una traición pendiente. ¿De qué podrían hablar Machado y Maduro bajo la mirada de Trump? ¿Una transición pactada? ¿Garantías de inmunidad? ¿Elecciones limpias bajo supervisión internacional? ¿O simplemente una puesta en escena para que cada uno regrese a su respectiva trinchera con una victoria simbólica bajo el brazo y el aplauso de sus muchedumbres?
El chavismo, para negociar de verdad, tendría que renunciar al poder que aún le sostiene: las armas, no los votos. Y la oposición, para aceptar cualquier pacto, tendría que confiar en la integridad de su contraparte. Algo casi imposible después de 25 años de engaños.
Esta es una jugada de alto riesgo. Pero también es una jugada “marca Trump”: lanzar el globo de ensayo, ver cómo se agitan las aguas, y si funciona, asumir el mérito. Si no, que cada quien asuma lo suyo. Cualquier cosa que pase, incluso si no pasa nada beneficia a Trump y si no pues tampoco lo perjudica.
Sea como sea, la idea está flotando en Washington. Y como todas las ideas peligrosas, alguien podría intentar llevarla a cabo. ¿Sería ese el giro que necesita Venezuela? ¿O sólo otro capítulo en la larga tragicomedia de su descomposición política?
No hay respuesta definitiva. Por ahora, solo una certeza: en esta historia, los guiones más inverosímiles suelen convertirse en realidad.-

EL AUTOR es abogado y analista político, con maestría en Negociación y Conflicto en California State University.


