En Venezuela no hay elecciones. Hay repartos, acomodos, simulacros con escenografía de participación popular y guión escrito por el partido-Estado. En la gráfica, Maduro y el gobernador de «oposición» Alberto Galíndez (Estado Cojedes).
Humberto González Briceño
Lo ocurrido el pasado 27 de julio fue, una vez más, una representación teatral para justificar la continuidad del chavismo con la complicidad de una oposición domesticada. Ni siquiera fue necesario disimular demasiado: el régimen asignó gobernaciones y alcaldías como quien reparte cuotas en un club privado, reservándose, claro está, la mayoría abrumadora del botín.
De las 335 alcaldías, el chavismo retuvo 286. A la oposición le correspondieron 49, y 5 quedaron en manos de “factores independientes”, término que en la Venezuela de hoy traduce: funcionales al régimen o decorativos para el expediente internacional.
Así se consuma el fraude con barniz democrático. Nada nuevo. Lo que sí merece atención —y preocupación— es la normalización de este reparto como si fuese política legítima. Los voceros de la oposición electoral no solo aceptan los resultados, sino que los celebran como avances. Convertidos en contadores de alcaldías, pierden de vista que lo que está en juego no son cargos sino país. Y el país se les escapa mientras suman concejales.
Se podría pensar que la participación en estas elecciones era parte de una estrategia más amplia para acumular poder local y desafiar al régimen desde abajo. Pero no. No hay estrategia, solo rutinas. La oposición electoral se ha convertido en un aparato burocrático que sobrevive de participar, aunque perder sea parte del contrato. No juegan para ganar, sino para mantenerse dentro del juego. Por eso aceptan el fraude “bajo protesta”, como si la protesta maquillara la capitulación.
Del otro lado, la oposición abstencionista —rimbombante, radical y estéril— repite consignas vacías y espera un milagro insurreccional que nunca llega. Ni plan, ni liderazgo, ni organización. Solo nostalgia por el heroísmo de tiempos pasados y una pulsión testimonial que no incomoda a nadie, mucho menos al régimen.
Ambas oposiciones, la que participa y la que se abstiene, comparten el mismo pecado: la inoperancia. Incapaces de articular una vía creíble y sostenida para sacar al chavismo del poder, han convertido la política en un simulacro perpetuo. La primera es funcional al sistema. La segunda, irrelevante. El chavismo, mientras tanto, agradece la colaboración de unas y la inutilidad de otras.
El país, en consecuencia, permanece a merced de un régimen que lo devora sin oposición real. Una dictadura posmoderna, disfrazada de democracia electoral, que ha aprendido a administrar la miseria y a comprar tiempo con diálogos estériles, elecciones prefabricadas y represión quirúrgica. Nada de lo que pasa es improvisado. Todo responde a un plan meticuloso de supervivencia.
¿Hay salida? Sí, pero no por los caminos transitados hasta ahora. Seguir participando en elecciones sin condiciones mínimas es rendirse con papeleta en mano. Apostar por abstenciones sin músculo político es como intentar derribar una muralla con consignas. Venezuela no necesita ni más candidaturas “esperanzadoras” ni más radicalismos de escritorio. Necesita una oposición que entienda al régimen, que lo enfrente con inteligencia, que construya poder real y que no confunda votos con libertad.
Mientras eso no ocurra, el chavismo seguirá organizando elecciones a su medida. Repartirá cargos, fabricará opositores, exhibirá vitrinas democráticas y, cuando haga falta, echará mano del miedo. Todo con la bendición de algunos observadores internacionales, la resignación de otros gobiernos y la pasividad de una ciudadanía agotada.



