Nueve millones de venezolanos han huido. El país ha sido literalmente expulsado de sí mismo. Pero el régimen sigue ahí, firme en el lodo, sostenido por su petróleo, sus militares y su sistema de control.
Humberto González Briceño
Venezuela, con sus pozos de petróleo en mano, es una paradoja viviente: dueña de un recurso que la arrastra hacia la ruina. La renta petrolera no ha sido palanca, sino látigo: mantiene con vida al régimen, pero condena a muerte a la economía.
Mientras Maduro se distrae en remodelaciones cosméticas de gabinete y leyendas urbanas de fábulas conspirativas, el país entra en recesión sin necesidad de anunciarlo. En el primer semestre de 2025, la economía no petrolera cayó un 2 %. La inflación cabalga entre 25 y 27 % mensual, con una proyección anual de 229 %. El tipo de cambio oficial ronda los 111 bolívares por dólar. Y como si el colapso no fuera suficiente, el régimen se endeudó en 2024 por 892.000 millones de dólares más, con miras a duplicar esa cifra para 2034.
El economista Luis Oliveros —uno de los pocos en no perder el sentido de la gravedad en medio del desvarío contable oficial— advirtió hace poco que la frase “no podemos estar peor” es, en realidad, una trampa: claro que podemos estar peor. Solo basta hacer memoria. La crisis venezolana no ha tocado fondo porque el fondo, en regímenes de esta naturaleza, siempre es móvil.
Según Oliveros, lo responsable no es repetir los mantras de la “recuperación”, sino preparar escenarios para una situación económica aún más compleja. Incluso cuando en 2024 se registró un crecimiento del 8,5 % en el primer semestre y una inflación contenida (en apariencia) del 12 % hasta septiembre, la advertencia fue clara: los números no cuentan toda la historia. Persisten distorsiones cambiarias, fiscales y estructurales que impiden hablar de mejora real. Se trata, más bien, de un espejismo sostenido en controles, opacidad y propaganda.
En petróleo, la situación es peor. El régimen ha revocado licencias a empresas claves como Chevron, Repsol y Maurel & Prom, y ha perdido compradores esenciales como Reliance. Eso significa menos producción, menos divisas y más presión tributaria. De hecho, la recaudación pasó del 5 % al 12 % del PIB en una década: una hazaña contable que solo revela la asfixia.
El salario mínimo oficial ronda los cuatro o cinco dólares mensuales, mientras la canasta básica supera los 500. El resultado: pobreza estructural, desnutrición, informalidad. Pero el chavismo se felicita: el desempleo “oficial” es apenas del 5,5 %. Otra estadística para el museo del cinismo.
Manuel Sutherland, economista y director del Centro de Formación Obrera, ha sido más directo: “el salario mínimo de un dólar pulverizó el poder adquisitivo del venezolano”, sentencia. Y no exagera. En sus estimaciones, para que el país recupere el nivel de PIB de 2013, necesitaría crecer durante 32 años seguidos a un ritmo del 5 % anual. Es decir, no solo se cayó el modelo, también se enterraron las posibilidades inmediatas de reconstrucción. La economía venezolana, afirma, “está en el hueso”.
Y si aún faltaban razones para el pesimismo, Sutherland advierte que sin un acuerdo político profundo —económico, social y humanitario—, la salida no será posible. Cada año perdido se multiplica en décadas de retroceso. La deuda externa, que ya asfixia, sigue aumentando. El reciente fallo del CIADI que obliga al Estado a pagar 8.700 millones de dólares a ConocoPhillips es, en sus palabras, impagable. Pero, más grave aún, es que el país no tiene cómo ni con qué defenderse ante el embate judicial. Porque no hay economía, ni institucionalidad, ni estrategia.
Venezuela hoy es deudora crónica, productora en declive y administradora de ruinas. Cada ingreso petrolero que logra captar —cada barril exportado bajo descuentos y triangulaciones— apenas sirve para mantener con vida una maquinaria clientelar y represiva. El Estado no se sostiene; se arrastra.
Nueve millones de venezolanos han huido. El país ha sido literalmente expulsado de sí mismo. Pero el régimen sigue ahí, firme en el lodo, sostenido por su petróleo, sus militares y su sistema de control. No hay colapso súbito. Hay una agonía administrada. Y mientras el poder se aferre al crudo como salvavidas, Venezuela seguirá hundiéndose con él. Lenta, dolorosamente. Sin redención.

EL AUTOR es abogado y analista político, con maestría en Negociación y Conflicto en California State University.


