La ruptura del canal Trump-Maduro no marca el inicio de la guerra, pero tampoco su negación.
Humberto González Briceño
En el teatro de sombras de la geopolítica, el silencio diplomático puede ser más elocuente que un misil lanzado. Y en Venezuela, donde la política es un vodevil sangriento, los tambores de guerra suenan no por volumen, sino por insistencia.
Con la diplomacia bilateral formalmente disuelta —lo ha dicho el propio Maduro— y con Washington desplegando buques, soldados y discursos inflamados contra el narcotráfico, la escenografía de la “fase dos” parece sacada de un guion escrito para impresionar votantes estadounidenses más que para alterar de raíz el equilibrio del poder en Caracas.
Porque no nos engañemos: lo que ocurre entre Venezuela y Estados Unidos tiene más que ver con las dinámicas internas de cada país que con una auténtica cruzada por la libertad. Trump, necesitado de victorias simbólicas, puede vender la narrativa del narcotráfico como un enemigo útil. Y el chavismo, fiel a su instinto de supervivencia, necesita también una amenaza externa que justifique su existencia interna. Se alimentan mutuamente.
¿Pero hay algo más allá de las maniobras?
Quizás sí. Pero por ahora, todo indica que son maniobras per se. Ejercicios, despliegues, declaraciones altisonantes, golpes quirúrgicos, todo medido, todo calculado. La estrategia no parece ser invadir Venezuela, sino empujar al chavismo hasta el borde del abismo sin hacerlo saltar. ¿Para qué? Para que mire hacia abajo… y tal vez negocie en silencio.
Lo importante aquí no es tanto la fuerza desplegada, sino la narrativa construida: el chavismo como epicentro del narcotráfico hemisférico. No se trata (aún) de derrocarlo con bombas, sino de cercarlo con legitimidad perdida, con presión militar simbólica y con la promesa de sanciones más severas o intervenciones selectivas.
Pero si todo esto falla —y parece que ya ha fallado en más de una ocasión—, ¿qué queda?
Las hipótesis de una intervención directa no deben descartarse con ligereza, aunque tampoco asumirse como inminentes. No por miedo, sino por cálculo. Porque el chavismo, más que un gobierno, es un régimen con anclaje militar, narcótico y regional. Tocar una pieza sin saber cómo reaccionan las demás podría detonar un dominó no solo venezolano, sino continental.
Mientras tanto, la tragedia sigue su curso. Y si algo enseña la historia reciente es que, en Venezuela, ni la diplomacia trae paz ni la guerra promete libertad. La política estadounidense se mueve por intereses, no por redenciones, y el chavismo se atrinchera cada vez más en la fuerza armada, verdadero pilar de su supervivencia.
Quizás por eso, la mayor amenaza para el régimen no esté en los portaaviones del Caribe, sino en el colapso silencioso de su propia estructura de lealtades. Eso sí sería una fase dos digna de atención.- @humbertotweets

EL AUTOR es abogado y analista político, con maestría en Negociación y Conflicto en California State University.


