En Venezuela el poder no se disputa: se sostiene por la fuerza y se adorna con votos.
Humberto González Briceño
En Venezuela, el régimen ha logrado una proeza digna de los más ingeniosos dictadores tropicales: banalizar la democracia hasta convertirla en trámite burocrático, jornada cívica anodina, liturgia sin fe ni resultado. A falta de legitimidad real, el chavismo se ha dedicado a producir elecciones como quien imprime panfletos: muchas, inútiles y reciclables. La cuarta «consulta popular» pautada para el 23 de noviembre no es más que otro capítulo de esta tragicomedia nacional, escrita a cuatro manos entre el PSUV y su oposición satelital.
Detrás de la puesta en escena —convocatoria, propaganda, testigos, tinta indeleble— se oculta una verdad que no por repetida deja de ser devastadora: el chavismo no consulta al pueblo, lo domestica; no compite, escenifica; no gobierna, administra la ruina. Y lo hace con la complicidad entusiasta de una oposición «electorera» que ha hallado en el eterno retorno a las urnas su forma de vida y su coartada moral.
A esta altura, resulta conmovedor —por no decir grotesco— el optimismo con que María Corina Machado ha terminado abrazando la ruta electoral, esa misma que durante años denunció con lucidez como fraude sistemático. «En tiranía no se vota», decía con razón. Pero parece que los principios, como las candidaturas, también pueden ser inhabilitados administrativamente.
Hoy, Machado y su partido, ese Vente Venezuela tan celeste y flamante, orbitan cómodamente en la galaxia de la Plataforma Unitaria Democrática, junto a los mismos partidos a los que durante años acusaron —y con razón— de pactar con el régimen. Es la reconciliación del radicalismo con la chequera; de la dignidad con el cálculo; del “todo o nada” con el “algo es algo”.
Porque votar, en este contexto, no es ejercer soberanía sino validar una farsa. Y mientras se discute si la consulta es legítima o no, si votar bajo protesta es heroico o cobarde, el chavismo avanza, blindado por un aparato político-militar que no necesita votos sino obediencia. Las «pruebas» del fraude ya están impresas; los testigos están elegidos; las auditorías, aprobadas con sonrisas técnicas. ¿Y después? El CNE declarará lo que deba declarar, el TSJ bendecirá, y la FANB, esa milicia disfrazada de institución, ejecutará. Todo en nombre del pueblo, claro está.
Las consultas populares, como las elecciones, se han convertido en los simulacros que justifican la perpetuidad. Cada evento electoral es una estación en la ruta de la desmoralización colectiva. Y el voto, que debería ser un acto de afirmación ciudadana, ha sido degradado a trámite ritual donde se pide permiso para ser humillado.
Frente a esto, la oposición colaboracionista —que va desde los partidos del G4 hasta los recién llegados convertidos en estrellas de TikTok y mártires de Instagram— ha optado por lo más cómodo: aceptar la trampa y convertirla en estrategia. “Participar para no ceder espacios”, dicen. Pero los espacios ya fueron cedidos hace años. Y lo que se preserva es apenas la ilusión de un juego en el que sólo uno escribe las reglas.
La consulta del 23 de noviembre es, como todas las anteriores, una jugada calculada del régimen para simular pluralismo, desmovilizar la protesta y seguir ganando tiempo. No busca resolver nada, porque en Venezuela el poder no se disputa: se sostiene por la fuerza y se adorna con votos.
¿Y la oposición verdadera? Esa que aún conserva algo de dignidad, si es que queda, debería al menos tener la decencia de no prestarse para nuevos fraudes. Pero pedir coherencia en este paisaje es casi un acto de fe.
Mientras tanto, los venezolanos, cada vez más huérfanos de política, ven pasar otra consulta, otro llamado a las urnas, otro amanecer de papel mojado. En este país de ficciones democráticas, lo único verdaderamente popular es el hastío.

EL AUTOR es abogado y analista político, con maestría en Negociación y Conflicto en California State University.


