En el ecosistema de los asesores del chavismo, el expresidente español no es un accesorio, es un pilar.
Humberto González Briceño
En el ajedrez internacional del chavismo, pocas piezas se mueven con tanta eficacia y sigilo como José Luis Rodríguez Zapatero. A diferencia de los operadores criollos que hacen del estruendo una profesión, Zapatero ha perfeccionado el arte de la influencia subterránea. Su papel no ha sido el de un mediador neutral —como ingenuamente creyó cierta oposición venezolana—, sino el de un agente activo, disciplinado y bien pagado del régimen.
No es casual su acceso directo y privilegiado a la cúpula del poder chavista. Su presencia en Caracas no obedece a la nostalgia bolivariana ni a la solidaridad internacionalista. Responde, más bien, a compromisos de otro índole, inconfesables, pero eficaces. Se sabe que ha facilitado la liberación de presos políticos venezolanos de alto perfil, pero no por humanidad ni principios democráticos. Cada liberación, según múltiples testimonios, ha sido resultado de una transacción: una factura pagada en divisas, favores o bienes, por las propias víctimas o sus entornos. No todos califican, por supuesto: sólo aquellos con capacidad financiera, porque el servicio de Zapatero, aunque disfrazado de gestión humanitaria, tiene tarifas.
Zapatero no solo sirvió de canal directo con Miraflores. También logró infiltrarse en la falsa oposición venezolana gracias a su pedigrí socialista. Los partidos del G4, seducidos por la idea de una Internacional Socialista que los protegía y comprendía, le entregaron sin recelos información, estrategias y hasta sus dudas más íntimas. El resultado era previsible: negociaciones estériles, elecciones amañadas, traiciones impunes. Y cuando el telón cayó, el actor mostró su rostro real. Su escena más sincera la protagonizó al reprender, con visible fastidio, a un desconcertado Julio Borges, quien aún no comprendía que Zapatero nunca fue un árbitro, sino un delantero chavista en uniforme neutral.
Ya sin disfraces, Zapatero llegó incluso a jactarse, en una videoconferencia que luego se filtró, de que “a Estados Unidos había que ponerlo de rodillas”. Declaración que hoy cobra un peso inédito, cuando la justicia estadounidense, lejos de inclinarse, afila sus instrumentos legales para investigarlo como pieza clave en la red de corrupción internacional tejida por el chavismo.
La posibilidad de una orden de captura internacional contra él no solo significaría una sacudida política en España. Sería, sobre todo, un golpe directo al régimen venezolano que lo ha protegido y premiado durante años. Pocos alfiles han sido tan eficientes. Y perderlo no sería un detalle menor.
No sabemos si Zapatero caerá. Pero sí sabemos que, en el ecosistema de operadores del chavismo, él no es un accesorio: es un pilar. Uno de los más eficaces. Y, quizás, uno de los más peligrosos.
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EL AUTOR es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto en California State University


