Bastó la abrupta salida de Nicolás Maduro para que muchos de los antiguos guardianes de la revolución descubrieran súbitamente las virtudes del diálogo, la moderación y la paz.
La historia venezolana tiene una extraña habilidad para cambiar de uniforme sin cambiar necesariamente de naturaleza. Durante años el chavismo convirtió el color rojo en una identidad política, una religión civil y una frontera moral. Quien no era rojo estaba condenado a ser enemigo. Sin embargo, bastó la abrupta salida de Nicolás Maduro para que muchos de los antiguos guardianes de la revolución descubrieran súbitamente las virtudes del diálogo, la moderación y la paz.
Agustín Blanco Muñoz advirtió tempranamente sobre esta mutación. Se preguntaba si Venezuela transitaba de la revolución rojo-rojita hacia una suerte de “Movimiento Azul”, una nueva narrativa destinada a presentar al país como una nación conciliadora, abierta al mundo y particularmente amistosa con Estados Unidos. La pregunta sigue siendo pertinente.
Lo primero que cambió fue el discurso. Las consignas antiimperialistas que durante décadas justificaron errores, abusos y fracasos económicos fueron desplazadas por un lenguaje tecnocrático centrado en la recuperación económica, la inversión extranjera y la estabilidad. Los mismos actores que denunciaban la amenaza permanente del “imperio” comenzaron a celebrar acuerdos comerciales y entendimientos diplomáticos que antes habrían calificado como traición.
Pero los cambios más importantes no ocurrieron en las palabras sino en las estructuras. La salida de Maduro permitió desmontar parte del aparato personalista que dominaba el poder, aunque no necesariamente las redes burocráticas y clientelares construidas durante años. Como suele ocurrir en estos procesos, muchos sobrevivieron al naufragio cambiando oportunamente de bandera.
La paradoja es evidente. La revolución que prometió construir un modelo alternativo terminó buscando su supervivencia mediante mecanismos que durante años combatió. El socialismo del siglo XXI desapareció del vocabulario oficial mucho antes de desaparecer de los documentos partidistas.
Sin embargo, la pregunta de fondo permanece abierta. ¿Estamos ante una verdadera transformación histórica o simplemente frente a una adaptación pragmática de las élites que administraron el poder durante décadas?
Quizás el color haya cambiado. Quizás el rojo cedió espacio al azul. Pero la experiencia venezolana enseña prudencia frente a las conversiones repentinas. En política, como en la literatura, los personajes suelen cambiar de vestuario con mucha más facilidad que de convicciones.- @humbertotweets

EL AUTOR es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto en California State University

