La Casa Blanca ha reducido la presión sobre operadores esenciales del régimen chavista. El desenlace no vendrá por un derrumbe súbito de la cúpula del poder y no habrá escena final, ni balcón, ni helicóptero, ni redención televisada.
Humberto González Briceño
La exclusión de Jorge y Delcy Rodríguez de la lista de sancionados de la OFAC no es un gesto administrativo. Es un mensaje político escrito en el idioma más brutal de Washington: el de los hechos consumados. Y frente a ese mensaje la Plataforma Unitaria tendrá que decidir si sigue rezándole a una épica vencida o si, por una vez, acepta que la política también ocurre cuando se pierde el libreto.
Lo escribe quien durante años ha sostenido la tesis extrema de que en tiranía no se vota, precisamente para no alimentar falsas ilusiones que terminen legitimando al régimen. Pero también hay que admitir que si una parte del diagnóstico no ha funcionado, debe ser triturada sin piedad antes de convertirse en catecismo. La política venezolana de los últimos veinticinco años exige revisar sus marchas, contramarchas y derrotas sin sentimentalismo de capilla.
Durante años buena parte de la oposición venezolana construyó su estrategia sobre una premisa cómoda: la presión internacional haría el trabajo que sus partidos no podían o no querían hacer dentro del país. Las sanciones, las declaraciones, las cumbres, los comunicados y los emisarios terminaron convertidos en una suerte de providencia laica. Pero la providencia, como suele ocurrir, se cansó primero que los creyentes.
Al normalizar la interlocución con los hermanos Rodríguez, la Casa Blanca no sólo reduce la presión sobre operadores esenciales del régimen chavista. También le informa a la oposición que el desenlace no vendrá por un derrumbe súbito de la cúpula del poder. No habrá escena final, ni balcón, ni helicóptero, ni redención televisada. Lo que se anuncia es más áspero: una convivencia institucional prolongada con el chavismo administrando el tablero y la oposición buscando rendijas donde todavía pueda respirar.
Esto clausura, al menos por ahora, la fantasía maximalista. La idea de condicionar toda acción política a una repetición presidencial o a la suerte de candidaturas personales luce cada vez más como una consigna para consumo interno que como una estrategia. El calendario real no lo marca la indignación, sino la correlación de fuerzas. Y esa correlación empuja a la Plataforma Unitaria hacia el terreno menos glamoroso, pero más concreto: municipios, gobernaciones, concejos, testigos, estructuras, barrios.
El dilema ya no consiste en participar o no participar. Esa discusión, tan cómoda para quienes hacen política desde la pureza retórica, pertenece a otra temporada. La pregunta real es bajo qué condiciones técnicas se compite, con cuáles liderazgos locales y con qué capacidad de impedir que el chavismo vuelva a convertir la dispersión opositora en mayoría oficialista. Porque el PSUV no necesita entusiasmo popular para ganar. Muchas veces le basta con una oposición dividida, moralmente exhausta y estratégicamente vanidosa.
Aquí aparece el verdadero problema. Los sectores moderados verán en este deshielo una invitación a pactar candidaturas unitarias y acumular fuerza territorial desde abajo. Los sectores doctrinarios, especialmente los del exilio inflamado, denunciarán la misma operación como claudicación. Entre unos y otros se abrirá el espacio favorito del chavismo: la fractura.
Sin garantías, y sin fabricar entusiasmo de utilería, hay que preguntarse si el tutelaje de Washington abre resquicios reales para forzar al chavismo a cumplir su propio cronograma y recuperar espacios por etapas. No sería la salida limpia que muchos hubiésemos querido. Sería, más bien, una operación larga, incómoda y probablemente ingrata. Pero la historia política rara vez premia a quienes confunden dignidad con inmovilidad.
La oposición venezolana tendrá que aprender, de una u otra forma, que no se reconstruye un país desde comunicados internacionales sino desde la organización interna. Testigos formados, partidos con presencia real, liderazgos municipales, defensa del voto, conexión con los problemas cotidianos. Menos épica de aeropuerto y más política de calle. Sobre todo ahora que el tutelaje de Washington le impone unos frenos inhibitorios al régimen chavista que podrían impedir un resultado grotesco como el del 28 de julio de 2024. Aunque con el chavismo garantías plenas nunca habrá.
La decisión de la OFAC no libera al chavismo de su naturaleza autoritaria. Pero sí libera a la oposición de una ilusión: nadie vendrá a sustituir su propia debilidad. Y en política, cuando las ilusiones se caen, queda lo único verdaderamente incómodo: asumir la cruda realidad como referencia material para construir una propuesta viable y sostenible de poder. En 1998, al entonces díscolo principiante Hugo Chávez se le plantearon dilemas parecidos. Y los supo resolver a su favor.

EL AUTOR es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto en California State University


