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Poemas de Tamer Sarkis Fernández

Poemas

A continuación una compilación especial de algunos poemas escritos por el autor


Tamer Sarkis Fernández

UNA FIESTA BAJO LA IGLESIA

Los focos visten de cava seco cada casa de Maalula
Cada edificio, cada cueva milenaria, cada iglesia, cada planta, cada calle
Casas en la montaña, parte de la montaña misma
Que están oscuras y quietas
Como si contuvieran el aliento para no ser descubiertas
Ni por turistas ni por traidores
Se celebra una fiesta bajo una iglesia ortodoxa coqueta
Destrozada por el neón azul eléctrico alrededor de la cruz.
Del campanario
Como el maquillaje estropea una belleza temprana
Los jóvenes bailan dabke volteando pañuelos al aire
Alrededor de la improvisada pista, niños palmean
Sentados sobre sillas de madera vieja
Añeja como la lengua de Jesucristo, que hoy preservan
Los adolescentes abandonan el baile frente a frente
Para tomarse las manos y trazar una serpiente gigante
Como una muralla humana gritando “¡jamás!”
A futuros lobos que, inhumanos, un día llegaran
De estepas extranjeras
Con encargo de liquidar todo vestigio de antigüedad
Para así realizar el sueño-leyenda “occidental”
De una tierra bárbara y ajena, a la que poder ordenar
Desde una superioridad producida en Despachos Ovales
A golpe venal de fanático mortero
Y cantan a voces viscerales y dulces
Entregando su explosiva alegría a la concordia patria
Una canción libanesa que suena en todo lugar
Saben bien que, haciéndolo, se han adueñado de la fiesta
Y de los corazones espectadores
Y más de un barbarizante, si hubiera estado allí aquella tarde
Habría girado su odio contra tierras de crematística
Que hoy, sin embargo, a él le ordenan

LA LUNA SOBRE LA TARDE AZUL SIRIA

Contemplaron la luna, uno y otro atardecer
Blanca, solitaria rompiente del azul eléctrico del cielo
La contemplaron en la quietud y la calma del paisaje
Y, con evidencia en los ojos, concluyeron
Que aquella majestuosidad mate, inmóvil
Grabada en luz
Debía de deterlo todo de divino
Vieron en ella la representación de Dios
Pues creyeron que Dios la tenía en representante
Y la cosieron a los estandartes
Y la colocaron en lugares sagrados
De rezo, reposo, encuentro y congregación

EL PASEO DE TARTÚS

Tubos delgados de neón verde
Enmarcan el minarete de la mezquita
La muralla oculta con muros de azúcar moreno
El casco antiguo: su cuidado un día confinado a los muertos
Y ahora defendido por las armas de independencia y vida digna
De ventanales y repisas milenarios, donde guardan las familias
El alma de su defensa armada
Por si llegaran, del norte turco, jinetes de espanto
De pasadizos y pendientes de luz tímida
De palomas blancas pasadas y de niños en su añoranza
De amplios patios
Porches sostenidos por pilares que sudan grava de esfuerzo antiguo
Tableros
Tazas humeantes de porcelana abrechaza, desdentada
De humos abundantes mezclando su blancura y olores
En abrazos más y más densos bocanada a bocanada
Y en el extramuros, el paseo es una línea fina
Que pugna con el mar por el amor de la arena dorada
Recubierto de siluetas morenas
Atractivas o insípidas
Esculturales o amorfas
Esbeltas o rechonchas
Cubiertas o destapadas

EL DAMASCENO VENDEDOR DE UVAS

Damasco es por la noche, admirada desde el monte Casium
Un trozo de ámbar en bruto
Hace pensar la ciudad encendida de brillos anaranjados
En el regalo al mundo, de un orfebre ebrio de suntuosidad

Mas, entre tanta riqueza, hay quien casi nada tiene
Poco más que unos racimos de uvas, expuestos para ser
Vendidos en la calle
Sin tienda ni escaparate
Ni vitrinas ni baúl
Donde presentar la fruta
Ya dulce antes de la venida del otoño

Y en la calle, entre racimos encajados
Les da las gracias por un precio “generoso”
A los primermundistas dadivosos
Besa las manos finas y tersas, nutridas
Por la explotación de otros
Bendiciendo las uvas que éstas van a llevarse
A la boca

Tal vez esas manos suaves y blancas
Maceradas con el salino sudor de los
“Negros” de la Tierra
Sientan un instante de urticaria
Culpable de mezquindad: por no comprarle unas uvas
Culpable de privilegio: por comprárselas
Con ese desprendimiento alegre de la holgura dineraria

Algo molestos, esos senderistas del estrago propio
Tal vez puedan sentirse por no poder vencer
La molestia -la contradicción remordida 

LAS COLUMNAS DE PALMIRA

(a los asesinados en Palmira, apenas empezando, los más jóvenes, a zambullirse en la vida, y que cayeron emboscados por los mercenarios venales de los enemigos de la patria)

El sol del verano golpea sin obstáculo interpuesto
Sin atenuante arbóreo ni gasa de nubes en el cielo
Toca y repasa los relieves esculpidos de los frontones
Y la piel curva de las columnas
Casi llega a hacer de ellas espejos que no quisieran para sí
El estorbo de rostros pasajeros
Columnas que alcanzan la dicha reflejando y reteniendo los camellos
Sus hermanas caídas por casi dos milenios de tormentas estacionales
Y, cómo no, la ardiente arena del desierto
Que en la piel de las columnas reflejada es la arena
De un reloj que marcará la noche con su agotamiento
Recostado sobre la muralla exterior del castillo del siglo XVII
Uno puede divisar las ruinas, la ciudad moderna, los restaurantes
Y los oasis ganados, por el Pueblo, al desierto

 

Y uno puede subir a través del puente levadizo
Reconstruído con tablas gruesas de madera
Para llegar a la parte alta y allí asomar la vista
Desde donde se ve más y mejor
Desde donde tal vez habrá que defender otra vez nuestros sueños
Frente a la pesadilla de quienes buscan
Apresarnos por siempre en tiempos sin remedio

El autor es vicedirector de Diario Unidad

Barcelona, España