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El chavismo en preaviso

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La denuncia de “piratería internacional” y las acusaciones de agresión no alteran un hecho concreto: los activos del régimen en el mar están ahora bajo amenaza tangible.

Humberto González Briceño

La reciente incautación del buque Skipper por parte de fuerzas estadounidenses marca un giro significativo en la política de presión sobre el régimen de Nicolás Maduro. La operación, realizada con despliegue militar y transmitida con dramatismo desde Washington, se suma a nuevas sanciones contra empresas, buques y allegados del mandatario venezolano. A diferencia de medidas anteriores, esta vez el mensaje no es solo financiero, sino estratégico: el control del petróleo no solo se disputa en mercados, sino en alta mar.

La narrativa estadounidense vincula esta ofensiva con dos objetivos centrales: frenar el flujo de crudo fuera del marco sancionatorio y debilitar redes que, según Washington, financian actividades ilícitas y estructuras de poder autoritario. No es casual que se mencione a Hezbollah y la Guardia Revolucionaria iraní en los comunicados oficiales. Tampoco que el Tesoro haya ampliado el cerco a familiares del entorno presidencial. El concepto de “narco-Estado” reaparece como justificación operativa.

Desde una perspectiva geopolítica, esta acción se inserta en un contexto de creciente vigilancia sobre el Caribe y sus corredores energéticos. El reposicionamiento del portaaviones USS Gerald Ford, el más imponente de la flota estadounidense, confirma que el Caribe —y por extensión Venezuela— ha sido reubicado como área de interés directo en el tablero global.

Para Caracas, la situación presenta un dilema. La denuncia de “piratería internacional” y las acusaciones de agresión no alteran un hecho concreto: los activos del régimen en el mar están ahora bajo amenaza tangible. Si los buques petroleros pueden ser interceptados, se compromete la ruta alternativa que ha permitido mantener ingresos al margen del sistema financiero internacional. La disuasión ya no es teórica.

Una posibilidad es reforzar sus alianzas extrarregionales, consolidando vínculos con socios como Irán, Rusia o China, no solo en lo político, sino también en lo logístico. Esto implicaría reorganizar rutas, asumir mayores riesgos y costos, y depender más aún de actores que persiguen sus propios intereses geoestratégicos.

Otra salida es reducir el perfil de sus operaciones, restringiendo envíos fuera del radar sancionatorio y buscando mantener algún margen de ingresos sin provocar nuevas respuestas. Esta opción implica sacrificar volumen por seguridad, y asumir limitaciones operativas.

Una tercera vía, aún posible, sería reabrir canales diplomáticos para una negociación limitada. No sería nuevo: ya ocurrió con licencias condicionales otorgadas a empresas como Chevron. Sin embargo, el escenario ha cambiado. La presión actual exige gestos verificables, y Washington parece menos dispuesto a tolerar ambigüedades.

Lo cierto es que el petróleo venezolano, más que un recurso, se ha convertido en el campo de batalla. Y las decisiones que se tomen en los próximos meses no solo afectarán al régimen, sino al equilibrio regional. Porque cuando el petróleo se convierte en objetivo militar, las reglas del juego cambian.- @humbertotweets

EL AUTOR es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto en California State University

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