La verdadera batalla se libra en la caja del supermercado y en el transporte público, allí donde el bolívar ya no vale y el dólar no alcanza.
Humberto González Briceño
Sigue la incertidumbre de los venezolanos por la tensión en el Caribe, con partes militares, rumores diplomáticos y amenazas veladas que se turnan en el primer plano de la noticia. Pero, mientras los radares miran al norte, la única certeza diaria no está en el mapa sino en el bolsillo: el bolívar se sigue desplomando frente al dólar. No es la divisa extranjera la que “sube”, es la moneda nacional la que se encoge, se devalúa, se diluye. Y cada punto que pierde en la pantalla del tipo de cambio se traduce, sin metáfora posible, en menos comida en la nevera, menos medicinas en la mesa y más angustia en la fila del punto de venta.
En enero de 2025 el dólar oficial rondaba los 52–58 bolívares, con un promedio cercano a 55. Hoy, en los últimos meses del año, la misma unidad se mueve alrededor de 255–260 bolívares. Mismo dólar, casi cinco veces más caro en moneda local. La aritmética es sencilla: quien en enero necesitaba unos 550 bolívares para comprar 10 dólares, ahora requiere más de 2.500. Eso que las autoridades llaman “fluctuaciones” es, para el ciudadano de a pie, una amputación silenciosa del salario. Todo ello con un salario mínimo oficial de apenas Bs 130.06, es decir, menos de lo que vale un solo dólar a la tasa oficial.
La vida cotidiana, sin embargo, es aún más cruel que la estadística. Si usted paga en bolívares, paga más. Los precios en muchos comercios se inflan cuando el cliente saca la tarjeta: se aplican “tasas internas” muy por encima del tipo oficial, recargos disfrazados, redondeos oportunos. El mismo producto cuesta menos si se paga en dólares en efectivo. El bolívar dejó de ser una moneda para convertirse en un castigo: quien cobra en bolívares entra al negocio ya en desventaja.
El supuesto refugio es tener dólares. Pero para acceder a ellos, el trabajador común debe acudir al mercado negro, donde la cotización supera ampliamente la oficial y ya pasa con comodidad la barrera de los 300 bolívares por dólar. Es decir: se le exige al ciudadano que se defienda con una divisa a la que sólo accede, en muchos casos, violando las normas que el propio Estado impone. Y mientras tanto se persigue, se amenaza o se judicializa a quienes publican la tasa paralela que todos usan para fijar precios.
El diseño es coherente con la lógica del régimen: salarios en bolívares, precios referenciados al dólar, dólares escasos para la mayoría y abundantes en ciertas burbujas de poder. El costo de la devaluación se socializa; los beneficios del arbitraje cambiario se privatizan en una élite político-militar y empresarial que vive en una economía aparte.
Se puede hablar de soberanía, de conspiraciones externas, de tensión bélica en el Caribe. Pero la verdadera batalla se libra en la caja del supermercado y en el transporte público, allí donde el bolívar ya no vale y el dólar no alcanza. Esa guerra, a diferencia de la otra, ya tiene un perdedor claro: el venezolano atrapado entre una moneda que muere y una moneda que no puede comprar.

EL AUTOR es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto en California State University


