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Del madurismo al rodriguismo

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se trata de una adaptación forzada por la realidad. La crisis venezolana terminó demostrando que ninguna consigna sustituye la producción, ningún discurso reemplaza la inversión

Humberto González Briceño

Durante más de dos décadas el chavismo construyó su legitimidad sobre una narrativa de confrontación permanente contra el imperialismo, el capitalismo y las élites tradicionales. Bajo esa bandera se justificaron controles, expropiaciones, persecuciones políticas y una creciente concentración del poder.

Sin embargo, algo parece estar cambiando. No necesariamente la naturaleza del régimen, pero sí su discurso.

La revolución que se proclamaba vanguardia del socialismo continental habla ahora de inversión privada, estabilidad económica, emprendimiento y convivencia política. Conceptos que durante años fueron presentados como expresiones del neoliberalismo hoy forman parte del lenguaje oficial.

No estamos ante una conversión ideológica. Más bien se trata de una adaptación forzada por la realidad. La crisis venezolana terminó demostrando que ninguna consigna sustituye la producción, ningún discurso reemplaza la inversión y ningún aparato propagandístico puede derrotar indefinidamente las leyes de la economía.

La cuestión de fondo no es si el chavismo está cambiando, sino cuánto está dispuesto a reconocer sobre sus propios errores. Porque resulta difícil defender hoy muchas de las decisiones que durante años fueron presentadas como conquistas revolucionarias. La destrucción del aparato productivo, la pulverización del salario y la emigración masiva no pueden atribuirse exclusivamente a factores externos. También son consecuencia de políticas adoptadas por quienes gobernaron sin contrapesos.

Por eso el nuevo lenguaje oficial plantea contradicciones inevitables. Si hoy se promueve la inversión privada, ¿fueron equivocadas las expropiaciones? Si ahora se busca estabilidad monetaria, ¿qué ocurrió con las políticas que destruyeron el bolívar? Si se habla de reconciliación nacional, ¿qué explicación merece la polarización que marcó buena parte de estos años?

Quizás estemos asistiendo al abandono silencioso de muchas de las banderas que definieron al chavismo original. No mediante una rectificación abierta, sino a través de una práctica cada vez más distante de sus postulados fundacionales.

La incógnita sigue abierta: ¿se trata de una estrategia temporal para preservar el poder o del reconocimiento implícito de que el proyecto original fracasó? Mientras tanto, el país observa cómo la revolución descubre las virtudes del pragmatismo que durante años se empeñó en condenar.-

@humbertotweets

EL AUTOR es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto en California State University

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