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El Bolívar de García Márquez/ Biografía VIII

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“Tenía una línea de sangre africana y era tan evidente en sus facciones que los aristócratas de Lima lo llamaban el Zambo”, dice el escritor en su libro “El general en su laberinto

Rafael Marrón González /VIII

El novelista, Premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez, en El General en su laberinto, lo describe: “Tenía una línea de sangre africana, por un tatarabuelo paterno que tuvo un hijo con una esclava, y era tan evidente en sus facciones que los aristócratas de Lima lo llamaban el Zambo (…) parecía mucho mayor de sus treinta y dos años, óseo y pálido, con patillas y bigotes ásperos de mulato, y el cabello largo hasta los hombros que los años habían vuelto de ceniza y tenía los huesos desordenados por la decrepitud prematura (…)”.

García Marquez tenía el deber de investigar más para no soltar esta sarta de sandeces, porque el común toma su novela como una obra histórica, tal como el Piar de Herrera Luque. García Márque fue un extraordinario narrador, pero muy lejos de ser un intelectual, carecía del rigor científico para ello. 

El Bolívar de carne y hueso de Francisco Herrera Luque 

Herrera Luque fue médico siquiatra y escritor; publicó varias novelas ambientadas en espacios históricos, como “Boves el Urogallo”, “En la casa del pez que escupe el agua”, “Manuel Piar caudillo de dos colores”, entre otros. Escribió un polémico ensayo titulado “Bolívar de carne y hueso” en el que analiza, desde el punto de vista psiquiátrico, la personalidad del Padre de la Patria:

“El Libertador era una naturaleza vital, cálida, resonante, carismática ante la cual nadie permanecía indiferente. Inervaba, contagiaba y seducía o provocaba frontales e irracionales rechazos por esa singularidad afectiva, tan presente y frecuente en profetas y caudillos. No sólo excede, desborda y avasalla el sentir de su interlocutor, sino que lo sacude, entusiasma, atemoriza por lo que de él no lleva implícitamente contenido.

Su palabra rompe esquemas, señala tentadores parajes insospechados, pero también alienantes y sobrecogedores. De allí que los hombres ante su influencia, se prosternen idolátricos o se afirmen rechazantes entre exorcismos y anatemas.

Bolívar por lo general, aunque nervioso siempre e intemperante a ratos, era afable, jovial y expansivo; llano en su lenguaje y trato, como un noble señor campesino; desposeído de afectación o de cualquier otra gala que viniese a robustecer su jerarquía y rango. Su lenguaje cotidiano era el mismo castellano del hombre común libre de rebuscamientos, salpicado de caraqueñismos y también de vocablos gruesos.

¿Cuán diferente es este Bolívar al que se nos ha vendido: solemne, sentencioso y grave, dejando caer sus palabras cual joyas hinchonas que recogen codiciosos y embobados amanuenses y tinterillos?

Bolívar además de estadista era un pedagogo que al paso desgranaba, compulsivo, juicios y sentencias profilácticos y correctivas. Pero de ahí a pensar que fuese su tono permanente es sencillamente absurdo y contraproducente a su imagen. Lejos de ser el semidiós envarado y distante, mitad oráculo, mitad ídolo de piedra salvo los momentos estelares, que exigían solemnidad y grandeza, fue un venezolano como cualquier otro; capaz de dialogar con su jardinero sobre las hormigas que arruinaban el rosal o de susurrarle pícaro, a su cocinera sus amoríos con el centinela. Es muy posible que saludase con una palmadita a sus conocidos o que pusiese en tela de juicio una reputación con una chuscada a la que seguía libre y suelta la carcajada. Es el hombre que a la vista de un burócrata solemne da rienda suelta a su maledicencia musitante y chisposa. Bolívar era piropeador y lleno de lugares comunes. ¿O es que se le supone domeñando a las bellas con sesudas reflexiones o con citas de Chateaubriand o de Lamartine? El Libertador se entremetía en la vida doméstica tanto de su casa como en la de su familia.

Los rendimientos escolares de su sobrino Fernando lo preocupaban como una razón de estado, y sus conversaciones con María Antonia, su hermana, fueron largas, insustanciales y continuas. La historia no quiere imaginarlo echando largas parrafadas intrascendentes con un hombre del pueblo o preguntando a sus siervos y esclavos con cariñoso interés sobre la suerte de sus hijos. Este es el Bolívar de los “Buenos días” al amanecer, del que toma café negro, en pocillo, de pie y junto al fogón; del que protesta por haberle puesto comino a la carne; y del que celebra orgulloso la floración del níspero sembrado por sus propias manos.

Es este Bolívar de carne y hueso, el hombre común y corriente que no estamos acostumbrados a ver, atentos siempre a sus geniales estallidos. Este Bolívar jovial, cálido y afable es, sin embargo, asaltado frecuentemente por la ira, la tristeza y una arrebatada euforia.

Si en las circunstancias menos solemnes era inevitable vibrar ante su presencia en función de poder, su resonancia vital se acrecienta incontenible. La fuerza que arranca de las capas más profundas de la corporeidad vibra, trepidante y revulsiona a quien lo escucha, sea para subyugar o para provocar las más violentas reacciones encontradas.

En ese colorido y fuerza vital radica la clave de la comprensión humana del Libertador, y también de su gloria y de su tragedia”.

El Bolívar de José Martí

«… era pequeño de cuerpo. Los ojos le relampagueaban y las palabras se le salían de los labios. Parecía como si estuviera esperando siempre la hora de montar a caballo”.

El Bolívar de Herbert Morote, escritor peruano

«Sin Bolívar el Perú no se hubiera independizado en 1824. Pero sin él, el Perú hubiera sido más grande y fuerte. Nuestro Libertador sacrificó, expolió, engañó y cercenó al país a tal extremo que ninguna otra nación latinoamericana jamás llegó a pagar por su independencia lo que el Perú pagó por la suya, ninguna otra tampoco estuvo en tanto peligro de perder aún más. Sin Bolívar nuestra independencia hubiera demorado unos años. Con Bolívar nuestras pérdidas fueron irreparables. El venezolano fue ruin con San Martín; celoso feminoide con Sucre; vengativo con Luna Pizarro; cobarde con Guisse; traidor con Necochea; desleal con las tropas de Junín y Ayacucho y profundamente antiperuano». («Bolívar-Libertador y enemigo número 1 del Perú» – Primera edición. Lima, septiembre de 2007 – Jaime Campodónico / Editor).

La verdad es que el odio del Perú por Bolívar es porque el caraqueño llegó ese territorio precedido por el Decreto de Guerra a muerte, y el monarquismo salió en estampida cuando se anunció su llegada. Jamás le perdonaron les diera la libertad. Estaban felices bajo el dominio virreinal de España. Hasta tenían su “Perrichola”, bajo cuyo influjo el anciano virrey enamorado Manuel de Amat y Junyent, construyó algunas de las obras urbanas más bellas de la capital, orientadas hacia el distrito del Rímac, donde ella vivía.   

Bolívar usaba bigote

Ducourdray – 1813:  «… grandes bigotes y patillas».

Hippisley – 1818: … «Lucia grandes bigotes negros».

Robert Proctor – 1823: … «Tiene grandes bigotes y cabello negro y encrespado».

Alfonso Moyer – 1824: … «La boca está cubierta por un espeso bigote».

O’Leary: «… Las patillas y bigotes, rubios; se los afeitó par primera vez en el Potosí en 1825″.

El Almirante Rosamel, el 18 de marzo de 1825, citado por don Manuel Arocha en su Iconografía, lo describe con «el bigote abundante y negro».

José María Rey de Castro (Secretario de Sucre): «… su fisonomía respiraba más amabilidad, i hasta en su traje usual se notaba alguna diferencia: había cambiado la bota militar por el fino zapato, i ni aún quiso conservar el bigote».

El Bolívar de Rafael Pineda

El célebre crítico de arte, escritor y periodista guayanés Rafael Pineda dedicó importantes páginas a la iconografía de Simón Bolívar, analizando con agudeza cómo la pintura y la escultura capturaron no solo las facciones físicas del Libertador, sino también su psicología y la evolución de su mito político.

En sus profundos estudios sobre el arte nacional, Pineda solía diseccionar la transición de la imagen de Bolívar: desde los primeros retratos de perfil de corte neoclásico y las interpretaciones ingenuas o populares, hasta los lienzos académicos más solemnes y consagrados del siglo XIX, como los de Martín Tovar y Tovar, Arturo Michelena o Tito Salas.

Para Pineda, la representación pictórica de Bolívar no era una mera copia de la realidad, sino un reflejo del alma de la nación y de las tensiones estéticas de cada época.

El Libertador descrito a través de la mirada de Rafael Pineda es un personaje de contrastes: el guerrero de mirada penetrante, pómulos marcados y frente amplia, pero también el hombre cargado de la melancolía y el desgaste de sus últimas campañas, atrapado entre la gloria heroica y el peso de la condición humana.

El Bolívar de Rafael Marrón González

Los detractores de Bolívar suelen sufrir de ucronía, lo juzgan desde sus particulares perspectivas y hasta desde la comodidad del disfrute de la obra realizada por su entrega a la causa de la libertad de un continente, sin considerar las características de la época que le tocó vivir y luchar.

Al Bolívar guerrero se le critica su decreto de Guerra a muerte, sin embargo no consideran que fue una respuesta a la crueldad inaudita de los españoles y canarios, que aplicaban penas infamantes para satisfacer su vesania. No fue una invención caprichosa de Bolívar, sino la constatación de una realidad preexistente: la carnicería sistemática desatada por figuras como Zuazola, Antoñanzas y luego Boves. El decreto cumplió una función jurídica e histórica crucial: delimitar los bandos, forzar la definición de una identidad nacional que aún no existía y, paradójicamente, pavimentar el camino hacia la regularización de la guerra en Santa Ana (1820) con Morillo.

Y fue gracias al recuerdo de ese decreto, ya suspendido con el Tratado de regulación de la guerra, que Bolívar logra en el Perú, quebrar la resistencia de un virreinato que se aferraba con fervor a la Corona.

Se erigen paradigmas como Páez o Piar como superiores en cuanto el número de victorias, obviando las batallas definitivas que liberaron la Nueva Granada, Venezuela y Perú, logradas por su estrategia militar. Es como comparar a Einstein con Casius Clay.

Pero el Bolívar que exalto, es el intelectual, el hombre capaz de vislumbrar Colombia como unidad política con un territorio de dos millones de kilómetros cuadrados, y la proyección de una tercera potencia entre Europa y los Estados Unidos, con el Canal de Panamá como recurso fundamental para el intercambio comercial.

Es al Bolívar constitucionalista, fundador de repúblicas e instituciones republicanas, el que promulgó en la Constitución de Angostura, la propiedad privada como un derecho fundamental junto a la vida y la libertad, al que debemos culto hoy en día.

Fue un ser humano con sus contradicciones, equivocaciones y aciertos, que trascendió su época, primero con sus innegables dotes de líder militar, y luego con su inteligencia y capacidad visionaria.

Yo abogo por la estatua civil con la espada al piso y una Constitución tiranicida bajo el brazo. Es el retorno al «átomo moral», al individuo como sujeto fundacional y límite infranqueable de cualquier proyecto cívico. Un Bolívar que, más que un guerrero de bronce que vigila desde las alturas, es un legislador que camina al lado de sus ciudadanos, exigiéndoles la madurez de gobernarse a sí mismos bajo el imperio de la ley. Fin

EL AUTOR es escritor, poeta, historiador, docente y comunicador social. Autor de varios libros. Es, además, el presentador oficial del noticiero estelar de Washington TV. 

@RafaelMarronG

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