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La tercerización del estómago: El nuevo diseño del control fáctico

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La destrucción fáctica del valor del trabajo y el colapso de las finanzas públicas hicieron inviable el esquema cenPara el sistema es mucho más rentable y seguro controlar las aduanas, los peajes y las armas y dejar que el estómago de los ciudadanos sea administrado y financiado por las propias fuerzas fácticas de la calle.tralizado

Humberto González Briceño

La matriz de opinión convencional insiste en analizar la dinámica económica venezolana bajo el prisma falaz de una «apertura liberal» o una «flexibilización del modelo». Se celebra de forma cosmética la multiplicación de comercios privados, bodegones y redes de distribución informal en las barriadas como síntomas de una supuesta democratización del mercado. Esta lectura padece de una ceguera mecánica alarmante. Lo que la inocencia analítica interpreta como capitalismo de supervivencia es, en realidad, la mutación más perversa del aparato de control social diseñado por el chavismo para perpetuar su permanencia en el poder.

El statu quo no ha cedido terreno; ha rediseñado su ingeniería de dominación. En su etapa inicial, el modelo operaba mediante el subsidio estatal directo: las bolsas CLAP, los controles de precios y los bonos indexados a la nada eran los taladros utilizados para encuadrar políticamente a la población. Sin embargo, la destrucción fáctica del valor del trabajo y el colapso de las finanzas públicas hicieron inviable ese esquema centralizado. Ante el agotamiento del subsidio masivo, el aparato chavista mutó hacia una fórmula más eficiente: la tercerización del control social en el comercio privado tolerado.

Al destruir la moneda formal y permitir una dolarización caótica de facto, el régimen delegó el abastecimiento material en operadores privados e intermediarios informales. Este viraje táctico despoja al Estado de la carga financiera de alimentar a los ciudadanos, pero retiene el monopolio absoluto sobre las condiciones fácticas que permiten a esos comercios operar: el suministro de combustible, el control territorial de las autopistas, la asignación discrecional de divisas y la violencia legítima o criminal en las zonas periféricas. El comerciante privado no es un agente libre; es un operador logístico indirecto del sistema.

La consecuencia política de esta mutación es devastadora para las fuerzas de presión ciudadana. Al privatizar el acceso al alimento, el hambre deja de ser un catalizador de rebelión contra el poder central y se transforma en una parálisis operativa individual. El ciudadano común ya no protesta contra el burócrata por la escasez; consume su existencia y su energía diaria en el diseño de microestrategias familiares para captar los pocos dólares circulantes que le permitan comprar en el abasto de la esquina. La supervivencia individual ha atomizado la acción colectiva.

El diagnóstico forense de esta etapa revela que el chavismo ha logrado lo que parecía un absurdo teórico: mantenerse en la cúspide del poder político mientras simula abandonar la gestión económica. No estamos ante un replanteamiento ideológico ni una capitulación frente al libre mercado. Es el pragmatismo crudo de un sistema que entendió que es mucho más rentable y seguro controlar las aduanas, los peajes y las armas, mientras deja que el estómago de los ciudadanos sea administrado y financiado por las propias fuerzas fácticas de la calle.

@humbertotweets

EL AUTOR es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto en California State University

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