, , ,

El bombardeo que nunca llega

Comparte en tus redes

La verdadera guerra se libra dentro del régimen: entre generales hambrientos, entre facciones que compiten por los últimos contratos, entre traiciones discretas y lealtades negociadas

Humberto González Briceño

En cada ciclo electoral estadounidense, como en una mala telenovela repetida hasta el hastío, regresa el rumor de un inminente ataque militar a Venezuela. Esta vez, según reporta  The New York Times  (4/11/2025), ha sido Donald Trump quien, en su retorno como candidato en plena efervescencia nacionalista, volvió a barajar la carta de una intervención armada contra el régimen chavista. La idea: utilizar al «narcoestado» venezolano como blanco geopolítico conveniente, carne de cañón retórica, para galvanizar una base electoral ávida de testosterona imperial.

Pero como siempre, la operación no pasa de ser un globo de ensayo. Un suspiro más en la ópera bufa del intervencionismo gringo.

Desde los tiempos de Chávez, y con mayor intensidad bajo Maduro, el régimen chavista ha sido útil para Washington como enemigo funcional. Una dictadura caribeña, pintoresca y corrupta, provee la coartada perfecta para mostrar “preocupación” por los derechos humanos mientras se reparten los dividendos del petróleo en otros tableros. No es un rival estratégico como China o Rusia, ni una amenaza directa como lo fue el terrorismo islamista. Es apenas un síntoma molesto, una verruga en el hemisferio, pero no una gangrena.

A Trump y a otros halcones de la política exterior les encanta el ruido de sables en el Caribe. Sirve para reforzar el mito del “macho americano” defensor de la libertad en el patio trasero. Pero como diría cualquier general sobrio del Pentágono, invadir Venezuela no es ni necesario, ni barato, ni popular. Ni siquiera rentable.

Supongamos —por un instante— que el capricho se convierte en orden ejecutiva. ¿Qué encontrarían los marines en suelo venezolano? Una FANB degradada, desprofesionalizada, más corrupta que convencida, plagada de células leales no a la patria sino a sus propios feudos y negocios ilícitos. Un ejército convertido en empresa privada, donde cada general administra su coto de caza, y donde el uniforme vale menos que un pasaporte diplomático de Antigua o San Vicente.

Pero cuidado: un ejército descompuesto no es necesariamente un ejército inofensivo. Los regímenes autoritarios como el chavista han convertido la lealtad armada en el único seguro de vida. De ahí que cualquier amenaza externa sea útil para reforzar la disciplina interna. Trump, con su fanfarronería habitual, alimenta el relato del enemigo externo que el chavismo necesita para justificar represión, miseria y censura.

En el fondo, el bombardeo que nunca llega es la bendición que mantiene viva a la dictadura.

A estas alturas, nadie sensato en Caracas se toma en serio el cuento del ataque estadounidense. Ni siquiera los generales en pijama que recitan sus lealtades al amanecer. Pero la amenaza —vaga, recurrente, melodramática— es funcional para ambos extremos: para Washington, que la usa como recurso de campaña; y para Miraflores, que la recicla como excusa de control social.

La oposición venezolana, por su parte, flota en su propio laberinto. Algunos sectores aún sueñan con una intervención tipo Panamá ’89, como si el comandante de turno del Comando Sur tuviera tiempo y ganas de arreglar nuestros asuntos. Otros, más pragmáticos, entienden que el “voto mata fraude” es apenas otra consigna sin músculo. En el fondo, todos saben que ni el voto, ni las balas vendrán a liberar a Venezuela.

La lógica es simple. Venezuela, más allá del escándalo, no es prioridad estratégica. El petróleo venezolano, aunque siempre citado, no representa hoy una urgencia energética para Estados Unidos. Los migrantes venezolanos han sido instrumentalizados en la política interna estadounidense, pero tampoco alcanzan el nivel de crisis que justifique una intervención. Y los vínculos de Caracas con Irán, Rusia o China —aunque inquietantes— no justifican una guerra hemisférica.

Además, ¿quién asumiría la reconstrucción? ¿Quién pagaría por la posguerra en un país con 30 millones de habitantes, sin infraestructura, con mafias armadas hasta los dientes y sin clase política viable? Si algo ha aprendido Washington desde Irak, es que las guerras fáciles terminan siendo las más costosas. Y Venezuela no tiene ni el atractivo de una primavera árabe ni el glamour mediático de Ucrania.

En suma, la idea de atacar militarmente al chavismo no es más que un fetiche político. Una suerte de McGuffin narrativo para movilizar pasiones y distraer la atención. Ni Trump lo hará (aunque lo desee), ni Biden lo haría (aunque lo necesite). Y el chavismo, mientras tanto, se atrinchera en su teatro de guerra interna, fabricando conspiraciones y montando shows judiciales para mantener a raya a los suyos.

La verdadera guerra se libra dentro del régimen: entre generales hambrientos, entre facciones que compiten por los últimos contratos, entre traiciones discretas y lealtades negociadas. Es ahí, en esa alcantarilla sin épica, donde se juega el poder. No en el Pentágono, ni en Mar-a-Lago.

La amenaza de un ataque estadounidense a Venezuela es, como tantas otras cosas en nuestra política, una mentira útil. Un relato que conviene mantener, pero que nadie desea ejecutar.

Y como toda buena amenaza, su eficacia radica precisamente en que nunca se cumple.- @humbertotweets

EL AUTOR es abogado y analista político, con maestría en Negociación y Conflicto en California State University.

https://larazon.net/category/humberto-gonzalez-briceno