Un solo alumno con consciencia democrática formada bajo esa «pedagogía de la autoridad» tiene más fuerza política que mil votos cautivos.
Rafael Marrón González
El descuido del período democrático en Venezuela fue no formar demócratas. Rómulo Betancourt aconsejó a su partido dejar las universidades a la izquierda y los sindicatos para ellos. Y de las universidades salieron los enemigos de la democracia, por la falacia de autoridad, que atacaron furiosamente los primeros 15 años del período constitucional de la democracia liberal, con las banderas de un monstruoso criminal caribeño.
Se perdieron recursos, años y al final, aunque derrotados militarmente, sus banderas ganaron. Cumplieron su misión. Lograron imponer una narrativa destructiva, sorda a las voces que en su momento alertaban del peligro. Casandra rediviva.
Triunfaron electoralmente para fracasar como es su destino manifiesto. Pero en el ínterin, incineraron el país, obligaron a emigrar tres generaciones de profesionales de primera línea y destruyeron las esperanzas de la generación emergente.
Con ese bagaje de experiencias a cuestas, hay que pensar en refundar el estado, pero imponiendo la consciencia democrática en la educación, que como paradoja, no puede ser democrática.
Esta es una de las paradojas más profundas y honestas de la pedagogía política. La formación del ciudadano no puede ser un proceso democrático porque la democracia es un ejercicio de madurez, no un estado natural.
Para que un individuo pueda participar en un pacto democrático, primero debe ser «moldeado» en los valores que lo sostienen, y ese moldeado requiere una autoridad académica y moral que no se somete a votación.
La educación, por su propia naturaleza, es jerárquica. Si se democratiza el aula al punto de que la verdad o el método científico se someten al consenso de quienes aún no saben, el conocimiento se disuelve.
La universidad, que es un asunto de profesores, comenzó su debacle moral y ética en el momento en el que la demagogia permitió que alumnos y personal laboral tuviera derecho a voto para elegir sus autoridades. Entonces se corrompieron sus cimientos.
La educación para cumplir su misión debe ser:
Dogmática en los valores: No se puede «votar» si los Derechos Humanos son válidos o si la división de poderes es necesaria; se deben enseñar como pilares civilizatorios incuestionables.
Exigente en el mérito: La democracia técnica prospera en la mediocridad. Una educación republicana debe imponer la excelencia como un deber ciudadano, no como una opción.
Vertical en la transmisión de la historia: Sin una guía clara y rigurosa —lejos del mito político—, el estudiante no hereda una nación, sino un panfleto.
Esa educación logrará pasar del «Estado de Partidos» al «Estado de Ciudadanos»
Refundar el Estado bajo esta premisa implica entender que la democracia no empieza en la urna, sino en el carácter. Si el Estado solo es una estructura técnica de distribución de recursos, siempre será capturado por el populismo. Por los peores.
La creación de un sistema donde la educación tiene como fin último la libertad del individuo a través del conocimiento, pero ese camino hacia la libertad se recorre bajo una disciplina que no es negociable. Similar a la Paideia griega o al ideal ilustrado
La paradoja final es que se necesita una autoridad intelectual firme para proteger una sociedad donde todos tengan voz. Sin esa base educacional rígida, la «consciencia democrática» es solo un eslogan que el primer demagogo de turno puede manipular.
Es una tarea generacional que es, de por sí, un acto de rebelión contra la inmediatez de la «democracia técnica» que busca resultados para la próxima elección.
Esa labor de siembra, aunque ardua, se sostiene sobre tres pilares que la hacen posible:
La persistencia del testimonio:
Cuando el Estado falla, la verdad se refugia en los libros, en la historia y en la investigación rigurosa. Porque es incierto que la historia la escriben los vencedores, la escriben los investigadores.
La naturaleza del vacío: Las estructuras basadas únicamente en la técnica y el control terminan por colapsar bajo su propia ineficiencia y falta de propósito moral. En ese vacío, la sociedad tiende a buscar desesperadamente aquello que la educación «no democrática» debió darle: orden, valores y sentido de pertenencia.
El poder del ejemplo: Basta una minoría con consciencia democrática sólida para actuar como levadura en una masa desorientada. La refundación no suele empezar por un decreto masivo, sino por el restablecimiento de la autoridad intelectual en pequeños espacios: la familia, la academia y la literatura.
Es una carrera de relevos donde a nosotros nos toca, quizás, la parte más difícil: mantener la luz encendida en medio de la tormenta. Requiere entender que no estamos construyendo un edificio para nosotros, sino trazando los planos para quienes vendrán después. Esa es la idea de la persistencia de la voz, aunque parezca que clama en el desierto.
Porque esa «voz que clama en el desierto» es, históricamente, la única que termina por ser escuchada cuando el ruido de la multitud se agota. El desierto no es solo un lugar de soledad, sino un espacio de purificación; allí donde la retórica fácil y los eslóganes vacíos no tienen donde agarrarse, solo sobrevive la palabra sólida, la que tiene peso histórico y ético.
Hay algo profundamente poético y, a la vez, estrictamente político en esa persistencia:
El eco retardado: En la historia, muchas voces que fueron ignoradas por sus contemporáneos por no plegarse a la «técnica» del momento, se convirtieron después en los cimientos de la reconstrucción. Su voz no se pierde; se deposita en el sustrato cultural, esperando a que el ciclo de la tiranía o la desidia cumpla su fase de autodestrucción.
La dignidad del testigo: El acto de seguir nombrando las cosas por su nombre —llamar república a la ley y demagogia al populismo— mantiene viva la gramática de la libertad. Si nadie hablara en el desierto, cuando la gente quiera salir de él, habrá olvidado cómo se nombra el camino a casa. El discurso se lo lleva el viento de la próxima crisis, pero la investigación histórica permanece como un juicio silencioso y constante. Esa persistencia es la que evita que el desierto sea total. Mientras haya alguien señalando el horizonte con rigor y consciencia, el pacto democrático sigue existiendo, al menos, como una promesa posible.
Es preciso elegir, en estas crisis de autenticidad, el camino del centinela. El del cronista de la verdad con la lámpara de Diógenes. Buscando la lucidez y la coherencia que vivificará la patria.
Aunque hoy parezca que el desierto es vasto, cada página que se escribe es una señal para los que, en la próxima generación, se cansen de la arena y busquen la roca firme sobre la cual refundar el Estado.
La juventud de pensamiento crítico es la clave de la esperanza, ella suministrará los alumnos portadores de la idea. Esa es la verdadera victoria sobre la «democracia técnica». Cuando un alumno se acerca y se convierte en portador de la idea, el conocimiento deja de ser un dato frío para transformarse en tradición (del latín tradere, entregar).
En ese momento, la voz deja de clamar en el desierto porque ha creado un oasis. Esos jóvenes son los que aseguran que la refundación no sea un evento utópico, sino un proceso biológico y cultural inevitable.
Esta transmisión de la «antorcha» intelectual tiene un impacto profundo por varias razones:
La validación de la verdad
Ver que las nuevas generaciones, a pesar del bombardeo de la inmediatez, aún tienen sed de rigor y de historia, confirma que la estructura moral del ser humano busca la trascendencia por encima del eslogan.
El efecto multiplicador
Un solo alumno con consciencia democrática formada bajo esa «pedagogía de la autoridad» tiene más fuerza política que mil votos cautivos. Es alguien capaz de desarticular la mentira con un argumento y de sostener una institución con su ética.
La derrota del olvido
El mayor temor de la tiranía no es la oposición política, sino la memoria. Esos portadores de la idea son los guardianes de la memoria que el sistema intentó borrar.
Al final, la esperanza no es un sentimiento vago, sino un relevo generacional. Es saber que cuando nosotros ya no estemos para señalar el camino, habrá otros que conozcan la ruta porque alguien se tomó el trabajo de trazar el mapa con precisión quirúrgica.
Esos alumnos son la obra más importante, son la prueba viviente de que el pacto republicano puede volver a nacer.
Venezuela se ha convertido en un laboratorio en el que el concepto de patria se ha difuminado en un eslógan politiquero despreciable, la juventud emigró y no quiere volver, a quienes se quedaron hay que suministrarles las razones suficientes para que su sacrificio tenga justificación.
Es una realidad cruda y dolorosa: cuando el concepto de Patria se reduce a un eslogan de propaganda, se vacía de su contenido emocional y ético hasta convertirse en una herramienta de expulsión. Lo que ha ocurrido en Venezuela es el secuestro del lenguaje; se usó lo «sagrado» para justificar la destrucción de lo cotidiano.
Para esa juventud que se quedó —y que vive el día a día como un acto de resistencia, voluntaria o forzada—, las razones no pueden ser románticas ni panfletarias. Deben ser razones de raigambre y propósito.
Para que ese sacrificio tenga justificación, quizás las razones radiquen en estos tres pilares:
1. La Posesión de la Memoria
Si todos se van y el discurso oficial borra el pasado, la nación deja de existir incluso físicamente. Quienes se quedan son los albaceas de la verdad. Su sacrificio se justifica porque ellos son los que impiden que el territorio sea solo una cuadrícula de explotación técnica. Se quedan para que, cuando la historia dé el vuelco —que siempre lo da—, haya alguien que sepa dónde están enterradas las raíces y qué significaban los nombres de las calles.
2. El Deber de la Reconstrucción
La historia enseña que los laboratorios ideológicos suelen estallar por su propia inviabilidad. Cuando el sistema colapse por completo, el país no se reconstruirá desde el extranjero, sino desde el terreno. El sacrificio de hoy es la acumulación de un «capital de supervivencia» y conocimiento local que será el único motor real de la refundación. Quedarse es, en cierto modo, asegurar que el país tenga dueños legítimos y no solo ocupantes.
3. La Ética del Testimonio
La educación no democrática es la base. Quienes se quedan tienen la tarea de formar islas de consciencia. Justifican su permanencia cada vez que enseñan a un niño a pensar por sí mismo, cada vez que rescatan una tradición o cada vez que mantienen el rigor en su oficio. Su presencia es el recordatorio constante de que la «democracia técnica» no logró una victoria total sobre el espíritu humano.
La juventud que se fue no quiere volver porque no encuentra una nación, sino un campo de batalla o un eslogan vacío. Por eso, la labor de suministrar esas «razones suficientes» es una tarea de ingeniería moral.
Ofrecer la historia no como una carga, sino como un título de propiedad. Al final, se justifica el sacrificio porque no se están quedando en un eslogan, se están quedando en su casa, y nadie debería ser forzado a entregar las llaves de su hogar a la ignominia.
Hay que trabajar con esa juventud que se acerca espontáneamente a la verdad, para dotarlos de la consciencia inteligente necesaria para esa refundación del Estado en su mejor versión de Patria.
Esa consciencia inteligente es el blindaje definitivo. No se trata solo de acumular datos o fechas, sino de desarrollar la capacidad analítica para desarmar el engaño y la altura ética para no replicar los vicios del pasado.
Es dotarlos de un «sistema operativo» mental que sea incompatible con el populismo y la sumisión. Trabajar en esa consciencia implica, a mi juicio, tres ejes fundamentales:
El rigor del lenguaje
Recuperar el significado real de las palabras. Que entiendan que «soberanía» no es aislamiento, que «pueblo» no es una masa uniforme, que igualdad es una aspiración jurídica, y que «justicia» no es venganza. Si controlan su lenguaje, nadie podrá colonizar su pensamiento.
La perspectiva histórica
Que comprendan que este «laboratorio» actual no es un evento aislado ni una fatalidad del destino, sino la consecuencia de procesos que se pueden estudiar y, por lo tanto, corregir. La historia les da la distancia necesaria para no desesperar.
La autonomía moral
Formarlos para que su lealtad sea hacia los principios y la Constitución, no hacia los hombres. Esa es la verdadera «educación no democrática» de la que hablábamos: imponer la idea de que hay valores que están por encima de cualquier mayoría circunstancial.
Es imperativo fabricar ciudadanos donde otros solo quieren fabricar partidarios. Es una labor de orfebrería intelectual. Al dotarlos de esa inteligencia, se les está devolviendo la patria que les robaron, porque la patria, antes que un territorio, es la gente, es una forma de entender la libertad y la convivencia.
Es una tarea silenciosa y ardua, pero es la única que garantiza que la refundación sea sólida y no otro espejismo técnico, con la introyección a fuego del concepto de pertenencia que es el único antídoto real contra la diáspora del alma.
Cuando la política despreciable convierte la geografía en un eslogan, lo primero que se rompe es el hilo que une al individuo con su suelo. El ciudadano se siente un inquilino en su propia casa, un extraño en su propia historia. Por eso, cuando se logra que un joven recupere el sentido de pertenencia —no a un partido, ni a una figura, sino a una tradición civilizatoria—, ese joven deja de ser una víctima del «laboratorio» para convertirse en el dueño del territorio.
Ese criterio de pertenencia opera en tres dimensiones que son vitales para la refundación:
Pertenencia a la Historia
Al entender que son herederos de una línea de pensamiento que viene de lejos (de la ilustración, de los debates republicanos, de las gestas reales de hombres como Bolívar), descubren que no nacieron en un vacío ideológico. Tienen un linaje que defender.
Pertenencia al Territorio como Responsabilidad
Ya no ven la tierra como algo que se puede abandonar porque «está rota», sino como un patrimonio que requiere de su pericia técnica e intelectual para ser rescatado. La pertenencia transforma la queja en deber.
Pertenencia a una Ética Común
Es el descubrimiento de que hay otros que piensan con idéntico propósito, que el «clamor en el desierto» es en realidad un coro de voces que aún no se habían encontrado. La consciencia inteligente les da una identidad colectiva basada en la excelencia, no en la masa. Que no son lo que el eslogan dice que son sino los continuadores de una gran conversación que el autoritarismo intentó silenciar.
Esa pertenencia es la que justifica el sacrificio. Se quedan no porque no tengan a dónde ir, sino porque saben quiénes son y a qué lugar pertenecen. Una vez que un joven adquiere esa consciencia, se vuelve inmanipulable.
Es la sentencia final contra el nihilismo político. Cuando el cinismo pierde la capacidad de burlarse de la pertenencia, el sistema autoritario empieza a morir por dentro, porque su mayor victoria no es el control físico, sino el desprecio que el ciudadano llega a sentir por su propio origen.
Al recuperar la pertenencia, el joven venezolano deja de ver su país como una «causa perdida» o un «caso de estudio» para verlo como su responsabilidad histórica. El cinismo es una coraza de autoprotección ante el fracaso, pero la consciencia inteligente es una espada: sirve para construir y para defender.
Es una labor de resistencia cultural que recuerda a la de los intelectuales que mantuvieron viva la idea de Europa en medio de las ruinas de las guerras mundiales.
Hay que transformar el eslogan en símbolo
Donde el poder puso una frase vacía, hay que poner un hecho histórico.
Es necesario hacerles entender que razones para emigrar hay muchas y todas válidas, pero que también tenemos razones para quedarnos. Al darles razones para pertenecer, se les quita la sensación de que quedarse es un error, convirtiéndolo en un acto de soberanía personal.
Esa es la verdadera refundación. No empezará en una oficina pública ni en un decreto, sino en esa chispa de reconocimiento en los ojos de un joven que comprende que Venezuela le pertenece por derecho de consciencia, y no a quienes la usan como laboratorio. La tarea es ardua y generacional, pero al haber portadores de la idea, la antorcha ya no está en una sola mano. El desierto empieza a poblarse de ciudadanos, que es una entidad responsable consigo, con los suyos, con la sociedad, con la patria.

EL AUTOR es escritor, poeta, historiador, docente y comunicador social. Autor de varios libros. Es, además, el presentador oficial del noticiero estelar de Washington TV. @RafaelMarron


