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Un adiós a Nicolás y Edmundo / Opinión

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Maduro parece estorbar en el chavismo y la oposición ha decidido decir adiós a su propia figura presidencial, Edmundo González Urrutia, presentado como presidente electo, quien ha sido rápidamente relegado al olvido.

Humberto González Briceño

Hay despedidas que no se anuncian. Ocurren sin discursos, sin honores y, sobre todo, sin responsabilidad. En la Venezuela de hoy, el chavismo parece haber optado por ese tipo de ruptura: una que no se declara, pero que se ejecuta con precisión. Nicolás Maduro comienza a parecerse más a un estorbo que a un líder.

Durante años, la cohesión del chavismo descansó en una fórmula relativamente estable: control militar, hegemonía institucional y relato ideológico. Hoy, las tres muestran fisuras. Y como ocurre en todo sistema de poder —aunque se disfrace de revolución—, cuando el equilibrio se rompe, las lealtades se reacomodan.

Las señales son evidentes. Mientras Maduro pasa el resto de sus días preso en Brooklyn, el equipo de Delcy Rodríguez impulsa una política económica que en otro tiempo habría sido denunciada como traición: privatizaciones discretas, apertura al capital extranjero, desmontaje progresivo del modelo estatista y una reconfiguración del negocio petrolero que admite socios antes considerados enemigos. El “imperio” ha pasado de amenaza existencial a aliado circunstancial.

No es una contradicción: es una confesión. El chavismo nunca fue un proyecto doctrinario coherente, sino un mecanismo de poder adaptable. Lo ideológico fue siempre accesorio. Y ahora, despojado de su retórica, ensaya una transición silenciosa hacia un modelo donde la supervivencia sustituye a la revolución.

En ese proceso, Maduro estorba. No por lo que es, sino por lo que representa: una etapa agotada que el propio chavismo parece dispuesto a archivar. Algún día tendrán que agradecerle a Trump que los haya librado de Maduro.

Pero conviene no engañarse. Este no es un relevo institucional, sino un ajuste interno dentro de un sistema donde el poder real sigue anclado en lo militar. Porque, como se ha advertido, en la Venezuela del momento son las armas de fuego las que deciden el poder político, no los votos ni la popularidad. Todo lo demás —incluyendo liderazgos y elecciones— es accesorio.

Lo interesante es que este desprendimiento no es exclusivo del chavismo.

La oposición también parece haber decidido decir adiós a su propia figura presidencial. Edmundo González Urrutia, presentado como presidente electo, ha sido rápidamente relegado al olvido. Sin debate, sin resistencia, sin consecuencias. Como si su existencia política hubiese sido apenas un trámite.

El 28 de julio de 2024 se disuelve así en la memoria como otra farsa electoral. No se discute su validez; se le ignora. Y en ese olvido hay una señal inequívoca: en Venezuela, las elecciones han dejado de producir hechos políticos vinculantes.

La nueva apuesta gira en torno a María Corina Machado. Las bases opositoras —esas que en otros momentos han castigado a sus dirigencias— parecen acompañar este giro con entusiasmo. Ya antes se ha visto cómo las bases y clientelas migran masivamente hacia liderazgos que encarnan una ruptura, aunque esta sea más emocional que estructural .

El problema no es el liderazgo, sino la premisa. Apostar nuevamente por una salida electoral sin garantías implica repetir un esquema cuyo desenlace es conocido. Insistir en que el voto puede imponerse a un aparato que controla árbitro, reglas y fuerza no es estrategia: es voluntarismo. Sobre todo mientras el árbitro del norte mira al cielo mientras se desarrollan las jugadas.

Se configura así una simetría inquietante: chavismo y oposición desprendiéndose de sus respectivos presidentes, como si se tratara de piezas prescindibles. Ambos bloques, debilitados y desgastados, se lanzan a una nueva apuesta incierta.

El punto de choque será, inevitablemente, electoral. ¿Habrá nuevas elecciones? ¿Serán distintas? ¿Existe la capacidad interna o externa para obligar al chavismo a aceptar un resultado adverso?

La experiencia sugiere lo contrario. El régimen ha demostrado su capacidad para manipular procesos y blindar resultados que luego terminan siendo “aceptados bajo protesta” por una oposición atrapada en su propia narrativa .

Por ahora, el statu quo se mantiene. Maduro sigue preso en los EEUU, aunque cada vez menos imprescindible. Edmundo en su exilio ya pertenece al archivo de lo irrelevante. Y el país, fiel a su rutina, se prepara para otro ensayo sin garantías.

Tal vez lo único constante sea la facilidad con la que sus protagonistas se dicen adiós sin rendir cuentas.

Como si nada hubiese ocurrido.

O como si, en el fondo, todo fuese perfectamente reemplazable.

@humbertotweets