La muerte lo respeta tanto en el campo de batalla como en la intriga traicionera, tal como ocurrió la noche del 25 de septiembre de 1828 en el Palacio de San Carlos en Bogotá. Manuela Sáenz lo hizo huir por una ventana y pudo esconderse descalzo y semidesnudo.
Rafael Marrón González
XV
Tres veces escapa el genio de América a la muerte decretada por la traición. La primera en Jamaica, el 10 de diciembre de 1815, cuando un negro llamado Pío, de diecinueve años y que estaba con él desde los diez u once, apuñaló dos veces a José Félix Amestoy que se había quedado dormido en la hamaca que solía usar el Libertador, mientras lo esperaba por instrucciones para un viaje a los Cayos. Bolívar esa noche y sin avisar a nadie había cambiado de domicilio molesto con la dueña de la posada «una criada maldiciente, perversa y habladora», que había insultado a Ramón Chipía, uno de sus edecanes.
El negro Pío, que fue ahorcado, había recibido por su traición tres mil pesos de parte de Salvador de Moxó, gobernador de Venezuela para esa fecha de 1815, a través de un español que fue identificado y expulsado de Jamaica como única pena por falta de pruebas suficientes.
Según Level de Goda, la responsabilidad de esta infame acción criminal fue probada a Pablo Morillo, quien reconoce en un memorial haber dado la orden al débil de Moxó.
En el Rincón de los toros, la segunda vez
El segundo atentado fue el 17 de abril de 1818, en el Rincón de los Toros, a unos quince kilómetros de San José de Tiznados en el Estado Guárico, y esta vez correspondió al oficial realista Tomás Renovales, supuestamente oriundo de Calabozo pero llegado a Venezuela con el ejercito pacificador de Pablo Morillo en 1815, recibir del coronel Rafael López el encargo de asesinar a El Libertador.
Para llevar a cabo su acción Renovales con algunos soldados aprovechó la oscuridad de la madrugada para sorprender a los centinelas y penetrar hasta el sitio donde minutos antes dormía Bolívar y descargar sus fusiles contra su hamaca vacía. Paradójicamente en la acción del día siguiente el coronel Francisco Infante dio muerte a López y llevó su caballo a Bolívar que montaba una mala cabalgadura por haber huido la suya en la confusión del atentado.
En la Nueva Granada la tercera escapada pero su primera muerte
Y el tercer atentado, obra de Pedro Carujo, y el conocimiento de Santander, entre otros militares traidores y algunos burgueses enemigos de El Libertador por las medidas económicas tomadas para sacar al país de la crisis en la que lo había encontrado a su regreso de Perú por la ineficiencia administrativa de Santander recientemente destituido, se realizó en la noche del 25 de septiembre de 1828 en el Palacio de San Carlos en Bogotá.
Bolívar se salvó porque Manuela Sáenz lo hizo huir por una ventana y pudo esconderse descalzo y semidesnudo debajo del puente del Carmen, mientras los conjurados eran sometidos no sin antes asesinar al coronel Férgunson y al coronel José Bolívar, a quien fusilaron en el patio de la prisión por oponer resistencia a la liberación del almirante José Padilla, que estaba preso por conspirador, y que sería ejecutado por este cobarde acto criminal que degradó su gloria militar obtenida en la batalla naval de Maracaibo.
Fue su primera muerte política porque el atentado fue el resultado de la tensión entre el modelo centralista y autoritario (la Constitución de Bolivia) que Bolívar defendía para mantener la unión, y el modelo federalista y liberal encabezado por Francisco de Paula Santander.
Para los jóvenes intelectuales de Bogotá, Bolívar ya no era el «Libertador», sino un «Dictador». El grupo estaba compuesto por figuras jóvenes de la élite intelectual y militar, como Pedro Carujo. Mariano Ospina Rodríguez, Vicente Azuero y el aventurero francés Auguste Horment.
Estos jóvenes representaban la nueva generación que buscaba instituciones civiles por encima del caudillismo militar del cual Bolívar era el máximo exponente.
La capa rasgada de Bolívar
El general colombiano Posada Gutiérrez en sus “Memorias» opina que de haber muerto Bolívar esa noche del 25 de septiembre, sus asesinos hubieran sido perseguidos y linchados por la enardecida multitud: «No hay que dudarlo, si Bolívar hubiera muerto, habrían muerto sus enemigos, no sólo en Bogotá sino en toda la República. La capa rasgada de Bolívar habría causado el mismo efecto que la túnica ensangrentada de César. Tal era la decisión del ejército y de la masa popular».
Santander implora por… su vajilla y su oro
Los hombres se conocen por su conducta en desgracia. Santander, comprobado autor intelectual de la conjura, fue enviado al castillo de Bocachica para librarlo de la ira popular, pero pretendió sacar de Cartagena una valiosa vajilla de plata y una fuerte cantidad de doblones de oro que llevaba consigo, y, ante la negativa de las autoridades, con la mayor desfachatez le escribe a El Libertador: «Me veo forzado a dirigirle la presente con motivo de estar indefinidamente detenido en esta insalubre fortaleza… Si resulté complicado en el suceso del 25 de septiembre, no fue porque tuviera ánimo de conspirar contra el orden establecido. Señor le suplico encarecidamente me permita salir de Colombia… Conozco su corazón y sé que su alma es generosa y compasiva. ¡Cuántas veces le oí decir que temblaba de horror con solo pensar en los proscritos de Sila!… Santander jamás ha sido enemigo del general Bolívar, ni lo será nunca». Al regreso de su destierro, patearía la tumba de Bolívar.
Bolívar se arrepiente del perdón concedido a Santander
El 7 de noviembre de 1828 Santander fue condenado a muerte como autor intelectual del frustrado asesinato, pero a solicitud del Consejo de Estado la pena le fue conmutada por el destierro. Pero fue condenado a muerte, es decir que los jueces encontraron pruebas de su infame participación en el frustrado magnicidio, aunque en exhaustiva revisión histórica solo se ha podido determinar que Santander conocía los planes de los conspiradores y su culpa se reduce a no haberlos denunciado.
El 16 de noviembre de 1828 Bolívar le escribe a Briceño Méndez: «Ya estoy arrepentido de la muerte de Piar, de Padilla y de los demás que han perecido por la misma causa; en adelante no habrá justicia para castigar el más atroz asesinato, porque la vida de Santander es el perdón de las impunidades más escandalosas. Su crimen se purificará en el crisol de la anarquía».
Y el 14 de diciembre de 1828 en carta a Rafael Urdaneta, presidente del Consejo de Guerra y que siempre se opuso a los indultos, Bolívar ratifica su posición: «Cada día me parece más imprudente haber salvado a Santander; este hombre será la última ruina de Colombia; el tiempo lo verá».
El juicio de un compatriota de Santander
El estadista colombiano Laureano Gómez expresó que “Santander fue un hombre inicuo y doloso, impío y sanguinario. Jamás puede aceptársele como símbolo de la Patria».
Fallecido el Libertador, el presidente colombiano Domingo Caicedo, le restituyó a Santander, el 6 de junio de 1831, todos sus honores, grados militares y derechos ciudadanos. En 1833 fue electo presidente de la República, y el 23 de junio de 1833 fue descubierta una conspiración en su contra dirigida por el oficial español al servicio de la República, José Sardá. Fueron ajusticiadas diecinueve personas y diecisiete fueron exiliadas o condenadas a prisión. Sardá logró huir pero un año después fue apresado y asesinado por sus captores.
¡Cuánta diferencia con la magnanimidad de Bolívar! Santander murió el 6 de mayo de 1840 de una afección hepática, tenía 48 años. Continuará.

EL AUTOR es escritor, poeta, historiador, docente y comunicador social. Autor de varios libros. Es, además, el presentador oficial del noticiero estelar de Washington TV.
@RafaelMarronG


