Las revoluciones envejecen igual que los imperios: terminan sacrificando a sus viejos dioses para prolongar un poco más la vida de sus administradores.
: Humberto González Briceño
Cada vez que Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez o Diosdado Cabello anuncian nuevas medidas económicas, purgas internas o reacomodos de poder, el discurso oficial insiste en la misma coartada: todo se hace para salvar la revolución y lograr la liberación de Nicolás Maduro. Pero mientras más se repite esa narrativa, más evidente resulta la fractura interna del chavismo.
Lo que hoy ocurre en Venezuela ya no parece una operación destinada a restaurar el madurismo. Se parece más a una transición silenciosa donde la nueva cúpula intenta sobrevivir desprendiéndose progresivamente de Chávez, de Maduro y hasta del propio relato fundacional de la revolución bolivariana.
El caso de Alex Saab es quizás la prueba más brutal de esa ruptura.
Durante años Saab fue presentado como héroe de la resistencia antiimperialista. El chavismo movilizó campañas internacionales, suspendió negociaciones y convirtió su liberación en asunto de Estado. Maduro lo llamó “diplomático”, “patriota” y víctima del imperialismo norteamericano cuando Washington lo acusaba de lavado de dinero y corrupción.
No era un funcionario cualquiera. Saab fue pieza clave para burlar sanciones, colocar petróleo venezolano en mercados opacos y mantener respirando financieramente al régimen en sus años más críticos. Sin operadores como Saab probablemente el aparato chavista habría colapsado mucho antes.
Y sin embargo hoy ha sido entregado a Estados Unidos como cualquier pieza descartable.
La ironía es extraordinaria: el mismo régimen que paralizó al país exigiendo “Liberen a Alex Saab” ahora intenta convencernos de que Saab nunca fue realmente venezolano. El chavismo ha comenzado a devorar sus propios símbolos con una frialdad burocrática notable.
Resulta difícil imaginar que Nicolás Maduro hubiese aceptado sin resistencia semejante humillación política hacia uno de sus hombres de mayor confianza. Y más difícil todavía creer que respaldaría la persecución y encarcelamiento de operadores civiles y militares históricamente vinculados a su entorno.
Lo que estamos viendo es otra cosa.
Delcy Rodríguez habla insistentemente de un “nuevo momento político”. Quizás allí esté la confesión involuntaria de lo que realmente ocurre: una nueva élite chavista intenta consolidarse desligándose del madurismo mientras conserva el aparato de poder.
Ya no se trata de liberar a Maduro. Se trata de sobrevivir sin él.
El chavismo parece entrar así en una fase inédita: primero fue el “Chávez vive”; ahora comienza el discreto “Maduro sobra”. Una especie de “Adiós Chávez” y “hasta nunca Maduro” ejecutado lentamente desde adentro, con uniforme revolucionario y lenguaje de continuidad. Porque las revoluciones envejecen igual que los imperios: terminan sacrificando a sus viejos dioses para prolongar un poco más la vida de sus administradores.

EL AUTOR es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto en California State University

