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Bolívar según Richard Longfield Vowell

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¿Cómo describe al Libertador el voluntario británico que sirvió en la Guardia de Honor del Libertador en 1818, en San Fernando de  Apure?

Rafael Marrón González

III

Richard Longfield Vowell, voluntario británico que llegó a Angostura el 17 de enero de 1817, sirvió en la Guardia de Honor del Libertador en 1818, en San Fernando de  Apure,  por lo que lo conoció de cerca igual que al general Páez, a quienes describió en un libro que publicó en 1831, en Inglaterra: (Bolívar) “…Al pasar delante de nosotros contestó nuestro saludo con la sonrisa melancólica que le era habitual, era entonces de alrededor de treinta y cinco años, pero representaba más de cuarenta; corto de estatura, quizá cinco pies y cinco o seis pulgadas (1,62 – 1,65), pero bien proporcionado y notablemente activo. Su semblante, aún entonces, que era flaco y evidentemente consumido por la inquietud, con una capacidad de soportar la adversidad que antes y desde entonces ha dado amplia evidencia de poseer, no obstante que su fogoso temperamento pueda, a veces, haber contradicho esta suposición. Sus maneras no solamente parecían elegantes, rodeado como estaba de hombres inferiores con mucho a él por nacimiento y educación, pero debe de haber sido intrínsecamente así”.   

El Bolívar de José Antonio Páez

Páez conoce al Libertador en Chaguaramas el 30 de enero de 1818, y lo describe en sus Memorias: “Hallábase entonces Bolívar en lo más florido de sus años y en la escasa robustez que suele dar la vida ciudadana. Su   estatura   sin   ser   procerosa,   era no obstante suficientemente elevada para que no la desdeñase el escultor que quisiera representar a un héroe;  sus  dos principales distintivos consistían en la excesiva movilidad del cuerpo y el brillo de los ojos que eran negros, vivos, penetrantes e inquietos con mirar de águila, circunstancias que suplían con ventaja lo que a la estatura faltaba para sobresalir entre sus acompañantes. Tenía el pelo negro y algo crespo, los pies y las manos tan pequeños como los de una mujer, la voz aguda y penetrante.  La tez rosada por el sol de los trópicos, conservaba no obstante la limpidez y lustre que no habían podido arrebatarle los rigores de la intemperie y los continuos y violentos cambios de latitudes por los cuales había pasado en sus marchas. (…) Para los que creen hallar las señales del hombre de armas en la robustez atlética, Bolívar hubiera perdido en ser conocido lo que habría ganado con ser imaginado; pero el artista, con una sola ojeada, y cualquier observador que en él se fijase, no podría menos de descubrir en Bolívar los signos externos que caracterizan al hombre tenaz en su propósito y apto para llevar a cabo empresa que requiera gran inteligencia y la mayor constancia de ánimo. (…) A pesar de la agitada vida que hasta entonces había llevado, capaz de desmedrar la más robusta constitución, se mantenía sano y lleno de vigor; el humor alegre y jovial, el carácter apacible en el trato familiar; impetuoso y dominador cuando se trataba de acometer empresa de importante resultado; hermanando así lo afable del cortesano con lo fogoso del guerrero. Era amigo de bailar, galante y sumamente adicto a las damas, y diestro en el manejo del caballo: gustábale correr a todo escape por las llanuras del Apure, persiguiendo a los venados que allí abundaban. En el campamento mantenía el buen humor con oportunos chistes; pero en las marchas se le veía siempre algo inquieto y procuraba distraer su impaciencia entonando canciones patrióticas. Amigo del combate, acaso lo prodigaba demasiado, y mientras duraba, tenía la mayor serenidad. Para contener a los derrotados, no escaseaba ni el ejemplo, ni la voz, ni la espada. (…) Bajo de cuerpo; un metro con sesenta y siete centímetros. Hombros angostos, piernas y brazos delgados. Rostro feo, largo y moreno. Cejas espesas y ojos negros, románticos en la meditación y vivaces en la acción. Pelo negro cortado casi al rape, con crespos menudos. El labio inferior protuberante y desdeñoso. Larga la nariz que cuelga de una frente alta y angosta, casi sin formar ángulo. El General es todo menudo y nervioso. Tiene la voz delgada pero vibrante. Y se mueve de un lado a otro, con la cabeza siempre alzada y alertas las grandes orejas. (…) El General es decididamente feo y detesta los españoles…“.

Bolívar según el coronel inglés Gustavus Mathias Hippisley

Hippisley era un oficial retirado del ejército inglés contratado por Luís López Méndez para servir a Venezuela en la Guerra de la Independencia, con el grado de coronel. Exigió su ascenso a general de brigada, petición rechazada por Bolívar. Conoció al Libertador en la Campaña de los Llanos en 1818. Regresó a Londres el 29 de agosto de 1818, y escribió un libro lleno inexactitudes en el que daba salida a su despecho contra el Libertador. Cuando la libertad de la América española es un hecho, Hippisley escribe a Bolívar una mediocre carta plagada de alabanzas, y, por supuesto, pidiéndole dinero:  “…Habiendo dado vuelta, seguí, a través de una fila de centinelas, hasta la puerta del salón, donde estaban varios oficiales, el más viejo de los cuales avanzó hacia mí y, tomándome por la mano, me dijo en francés que se sentía feliz al verme. Pedí que se me condujera al general Bolívar, y experimenté una momentánea sorpresa cuando dijo “que era el general mismo quien había tenido el honor de recibirme”. Entonces me condujo a una pequeña pieza fuera del salón, y habiéndome abrazado con cierto calor, me rogó que me sentara… El general Bolívar era una persona de insignificante apariencia, a quien le darían cincuenta años de edad y no cuenta más que treinta y ocho. De unos cinco pies, seis pulgadas de estatura (1,65); delgado, de complexión cetrina, cara alargada, marcada con todos los síntomas de la ansiedad, la preocupación,  y hasta podría agregarse del desaliento. Parecía también haber sufrido gran fatiga. Sus oscuros ojos, estaban ahora apagados y pesados, aunque podía creer que poseyeran más fuego cuando su cuerpo estuviera menos fatigado. Cabello negro, flojamente amarrado por detrás con un trozo de cinta, grandes mostachos; negro pañuelo alrededor de su cuello, gran levita azul y azules pantalones, botas y espuelas completaban su indumentaria. A mis ojos podía haber pasado por cualquier cosa menos por lo que realmente era. A través de la cámara estaba suspendida una de esas hamacas criollas, sobre la que, de cuando en cuando, se acostaba y mecía mientras conversaba, y raramente permanecía en la misma postura dos minutos seguidos…”.   

Bolívar según George Laval Chesterton

Voluntario británico: (Bolívar) “… es bajo y delgado; su pelo es ahora gris. Sus ojos son grandes y muy vivos, y el efecto general de su aspecto es antipático en el más alto grado. Su voz es áspera y desagradable, y sus maneras son frías y repulsivas en extremo. En resumen, habiendo oído tanto de este hombre y habiéndose suscitado mi expectativa, mi desengaño fue, verdaderamente grande. Cuando conversa sus ojos permanecen abatidos, y nunca mira a nadie a la cara, contestando meramente sí o no, y pareciendo no desear ir más allá de estos monosílabos, a ser posible… Habla francés notablemente bien, pero muy pocas palabras en inglés. Es rápido en sus movimientos, y camina, o más bien se contonea, con un manifiesto aire de complacencia en sí mismo…”.     

Bolívar según Jhon N. Hambleton

En la segunda mitad de julio de 1819 subía por el Orinoco la goleta norteamericana “Nonsuch”, al mando del comodoro Oliver Hazard Perry, comandante del buque “John Adams” que, debido a su excesivo calado, no pudo entrar la barra del río.

Perry había sido designado por el Secretario del Estado John Quincey Adams para visitar Angostura y Buenos Aires y en­trar en negociaciones con los respectivos gobiernos republica­nos sobre algunos asuntos pendientes. De esta expedición, sobre la cual se hicieron varias conje­turas por parte de las autoridades españolas, quedó un diario llevado por el capellán del barco, John N. Hambleton, que co­mienza el 11 de julio y finaliza el 25 de agosto en Trinidad.

Este diario contiene detalles del viaje sobre el río, describe las re­giones recorridas, los indios, las poblaciones y las fortificacio­nes ribereñas e informa sobre la actividad del gobierno indepen­diente, sus recursos económicos y militares y sus objetivos polí­ticos.

Incluye la descripción de 22 líderes de la revolución, presentes y ausentes; los últimos, compañeros de Bolívar en la expedición al Nuevo Reino. Los retratos que ofrece Hambleton de estos últimos son especialmente interesantes pues, aunque no pueden considerarse completamente imparciales, se basan sobre datos recibidos en Angostura. Esto permite co­nocer el ambiente que allí reinaba cuando el Libertador se en­contraba en su célebre expedición.

Es probable que las pasadas desavenencias de Bolívar con el agente norteamericano Irvine influyeran en el cuadro nada favorable que ofrece Hambleton del Libertador: “El gobierno es extremadamente sanguinario y frecuentemente condena a muerte sin juicio previo, civil o militar. Por cierto, me pregunto si en este país existe ley alguna salvo la voluntad de Bolívar, dictador absoluto. Él fue quien ordenó el fusilamien­to de Piar, oficial galante, conquistador de Angostura, bajo la acusación de abrigar ambiciones personales, tratando de seducir a los soldados a su causa; pero se cree generalmente que el ver­dadero motivo fueron los celos por el talento y buena reputa­ción de que gozaba Piar.

Bolívar sostiene su propia reputación con muchos procedimientos semejantes. Es natural de Caracas, hombre no de mucha educación, pero de gran energía y consi­derables habilidades militares. Sus maneras son más bien cor­teses y pulidas”. Continuará.

EL AUTOR es escritor, poeta, historiador, docente y comunicador social. Autor de varios libros. Es, además, el presentador oficial del noticiero estelar de Washington TV. 

@RafaelMarronG

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