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El Bolívar de don José Vallarino

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Su cuello estaba un poco hundido entre sus hombros. La espalda un poco cargada. El pecho un poco fatigado. Una tos tenue, pero bastante frecuente; tardío en discurrir y sus pasos vacilantes”.

Rafael Marrón González / ¿CÓMO ERA BOLÍVAR VII

Nacido en La Villa de los Santos, (Panamá) el 8 de Julio de 1792, don José Vallarino fue senador de la República de 1826 a 1828. Delegado por Panamá a la Convención de Ocaña. Santanderista ferviente fue compañero del General Santander en la Logia Masónica en la cual éste ocupaba el puesto de Muy Sabio Maestro y Vallarino era Gran Orador. Fue Consejero de Estado, Miembro de Congreso Admirable. Gobernador de las Provincias de Mariquita, Santa Marta y Riohacha.

Implicado en la conspiración septembrina por las declaraciones del vil conjurado venezolano Pedro Carujo, por ser amigo de Santander. No se le comprobó nada y fue absuelto de todo cargo. Después de ser rehabilitado, en 1828, fue nombrado prefecto de Panamá. Tesorero General de la República durante el gobierno del General José María Melo.

A través de toda su vida pública deja ver la admiración y simpatía que siempre sintió por Bolívar: las que le fueron correspondidas por el Libertador. Murió el ilustre istmeño en Bogotá, el 25 de Julio de 1864.

En su Diario, con fecha 10 de Noviembre de 1830, escribió: “Llegué a Barranquilla a las 3 y media de la tarde. Un cuarto de hora después estuvo a verme el General Carreño, el Coronel Wilson, Edecán del Libertador, y el Comandante de artillería Glen, que me convidó a comer para el día siguiente.

A las cuatro y media de la misma tarde pasé a la habitación del Libertador, me anunció el Coronel Wilson. S.E. me recibió en su alcoba, muy amistosamente. Estaba en traje de casa, cubierta la cabeza con un gorro de seda color de cáscara de almendra. Al darme la mano y conduciéndome hacia uno de los sillones que estaban frente a la puerta del balcón cerca de su cama, de los que él tomó uno y yo otro, me dijo lo siguiente, delante del Coronel Wilson, que tomó asiento cerca de nosotros: “Ud. hizo muy bien en haberse excusado para la comisión, yo en el caso de usted hubiera hecho lo mismo; sólo a un canalla como Espinar se le habría ocurrido mandar a felicitar al mismo tiempo a quien había rehusado entregar la magistratura que él se había arrogado; es preciso desengañarnos, amigo mío, del que no tiene buen origen no puede esperarse procedimientos nobles; a mí me ha tenido engañado ese mentecato, yo estaba creído que tenía un corazón sano, porque siempre se manifestaba con sentimientos generosos; pero si ahora todo está trastornado, hasta los hombres han sufrido una revolución en los corazones”.

Continuábamos hablando del Istmo, de cuyos sucesos se manifestó S.E. muy disgustado, cuando anunciaron la comida. S.E. me convidó y me sentó a su lado derecho. Después de la sopa bebió conmigo. Estuvo muy obsequioso. Al servirse un poco de lentejas advirtió que estaban preparadas con aceite, y se manifestó enojado con el cocinero, contra quien profirió algunas especies, y volviéndose a mí me dijo: – Ud. notará que estoy algo impertinente, qué quiere Ud., no aciertan a complacerme, y mi estado de salud me hace intolerante. La comida fue de corta duración. Nos levantamos y a poco sirvieron el café a la mano. Ya oscurecía y el mosquito empezó a ser molesto; S.E. salió conmigo al balcón habiéndose abrigado antes con una caperuza de paño azul bordada y forrada de terciopelo carmesí que le cubría la cabeza, después pidió sus botas porque el mosquito lo molestaba por los pies. Continuamos hablando del Istmo y de negocios políticos hasta las nueve de la noche, en que me retiré. S.E. tuvo la bondad de acompañarme hasta cerca de la escalera. Advertí en la fisonomía de S. E mucha languidez. Sus ojos se fijaban y no brillaban como siempre y del lagrimal le supuraba con alguna frecuencia un humor craso que se limpiaba cuando lo sentía descender. Su cuello estaba un poco hundido entre sus hombros. La espalda un poco cargada. El pecho un poco fatigado. Una tos tenue, pero bastante frecuente; tardío en discurrir y sus pasos vacilantes”.

Bolívar según el pintor José María Espinoza

Hacia 1830 el pintor José María Espinoza realizó una miniatura de El Libertador y basado en los rasgos de ese cuadro Alfredo Boulton en su obra “Los Retratos de Bolívar” describe el cambio físico que había sufrido el Padre de la Patria para ese momento: “El cabello más escaso, las mejillas se hundieron más y por último los ojos perdieron su fuerza y brillo… parecía ser otro hombre… hubo en su organismo un relajamiento general de los músculos y de los tejidos… las glándulas palpebrales (de los párpados) se destacaron con precisión, los carrillos flácidos se acentuaron con profundos surcos. La piel de la frente se volvió reseca y marchita. La quijada, antes potente y bien delineada, se desdibujó en un cuello venoso y delgado. El cabello se escaseó aún más y casi no llega a cubrir la parte alta del cráneo”.     

Bolívar según Alberto Urdaneta

Es de mediana estatura/ El cuerpo enjuto de carnes/ los ojos negros y hundidos/ la mirada centelleante. Alta la frente y surcada/ por ondas arrugas grandes/ los pómulos levantados/ la cutis morena y suave. No usa barba – los cabellos/ sobre las sienes se abaten/ eran negros y rizados/ hoy son escasos y caen. Arqueadas y espesas cejas/ velan la luz penetrante/ que despiden sus pupilas/ y que fascina y atrae. La boca grande – imperfecta/ de voz desigual – ya grave/ ya aguda/ – instrumento débil/ a sus tumultuosas frases. Cruzados los brazos tiene/ con ademán arrogante/ hundido el pecho/ las manos y los pies esculturales. Un sencillo uniforme/ sin bordados ni almares (botones de lazo o presillas de cordón trenzado generalmente en forma de trébol o herradura que se cosen a la orilla de una prenda para abrocharla con un botón o un olivón) / y sólo el busto de Washington/ al cuello pendiente trae.

Charreteras españolas/ desde los hombros le caen/ y lleva ceñido al cinto/ no una espada sino un sable. Altas botas casi ocultan/ sus rojos calzones de ante/ y finas espuelas de oro/ de los tacones le salen. Así has pintado a aquel hombre/ de nuestra raza el más grande/ Y tu nombre haces eterno/ unido a su excelsa imagen.

Bolívar según Miguel de Unamuno

Miguel de Unamuno (1864-1936) llama a Bolívar “uno de los más grandes y más representativos genios hispánicos, sin el cual la España Máxima estaría incompleta”. En su artículo Don quijote Bolívar, escribe: “…El quijotesco amor a la gloria, la ambición, la verdadera ambición, no la codicia, no la vanidad del pedante, no el deseo de obtener pasajeros aplausos, sino la alta ambición quijotesca de dejar fama perdurable y honrada, le movía. (….) Bolívar se preocupaba de lo que de él dijera la Historia, como los héroes homéricos y como también los condenados dantescos. Amores, amoríos más bien, tuvo varios Bolívar; no le faltaba algo de Don Juan. Basta recordar a Josefina, a Anita Lenoir, a Manuelita Sáenz, a la niña del Potosí (…) Pero acaso el recuerdo de aquel amor de sus dieciocho años fue lo que se le transformó en amor a Dulcinea del Toboso, a la Gloria”.

Bolívar según Juan Montalvo

El escritor ecuatoriano Juan Montalvo (1832-1890) nos presenta a Bolívar como uno de los grandes héroes de la humanidad, comparable a Julio César o a Napoleón y superior a Washington y San Martín. Lo llama «el protagonista de la Ilíada semibárbara». Todos sus referentes para definirlo, incluso físicamente, son europeos: “Bolívar no era blanco, más aun de tez curtida al sol del ecuador, moreno, aristocrático, algo como la resultante del mármol y el bronce que figuraban los bustos de los emperadores romanos; rostro bajo cuya epidermis corría ardiente el caudal de su noble sangre. (…) era de pelo negro y ensortijado, semejante al de lord Byron (…) más que el guerrero tiene cuidado de atusar, como quien sabe que nada de femenil conviene al heroísmo”.

El Bolívar de Guillermo Valencia

El poeta y ensayista colombiano Guillermo Valencia (1873-1943) también nos presenta un Bolívar producto de Europa: “La vida formó a Bolívar para la lucha heroica (…) Doctrinóle Europa en la difícil ciencia de conocer a los hombres; instruyóle en las artes de la frivolidad elegante; (…) mostróle el ejemplo de instituciones que le ampliaron la visión del futuro; (…) enseñóle, en fin, a amar, a olvidar, a pensar, a desconfiar, a comparar, a intentar, y a prever y a sufrir. (…) Dos sabios, Bello y Humboldt, depositaron en su alma fecunda la simiente de una aventura prodigiosa, y el trashumante don Simón Rodríguez le inspiró un estoicismo escéptico que nos recuerda a Séneca. Ante la gloria del Corso diose cuenta de que los plumones de su ambición naciente podían velar el prodigio de los remos del águila… y comenzó el Libertador…”. Continuará.

EL AUTOR es escritor, poeta, historiador, docente y comunicador social. Autor de varios libros. Es, además, el presentador oficial del noticiero estelar de Washington TV. 

@RafaelMarronG

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