El 3 de enero y el 24 de junio las Fuerzas Armadas desaparecieron de la escena. No hubo reacción inmediata, operaciones visibles ni despliegues militares. Durante casi una semana el país no vio a la institución.
Si hubiera que resumir el año 2026 en Venezuela con dos acontecimientos, bastaría mencionar el 3 de enero y el 24 de junio. El primero corresponde a la extracción de Nicolás Maduro. El segundo, a los terremotos que sacudieron el occidente del país. A primera vista no guardan relación alguna. Sin embargo, ambos revelaron una misma realidad: la extraordinaria fragilidad de la estructura militar sobre la que descansa el régimen chavista.
Durante años se ha repetido que el verdadero soporte del chavismo no son las elecciones ni el respaldo popular, sino el monopolio de las armas. Esa afirmación sigue siendo válida. Lo que ahora comienza a ser discutible es la verdadera capacidad operativa de quienes administran ese monopolio.
La extracción de Maduro constituyó una prueba inesperada. Más allá de las distintas interpretaciones sobre cómo ocurrió, hubo un hecho imposible de ocultar: las Fuerzas Armadas desaparecieron de la escena. No hubo reacción inmediata, operaciones visibles ni despliegues militares. Durante casi una semana el país no vio a la institución que supuestamente garantiza la estabilidad del régimen. Solo aparecieron después los comunicados de solidaridad y las fotografías cuidadosamente preparadas para transmitir una sensación de normalidad.
Seis meses después, los terremotos del 24 de junio sometieron nuevamente a prueba esa misma estructura.
En cualquier país, una emergencia de semejante magnitud activa de inmediato la capacidad logística de las fuerzas armadas: ingenieros, transporte, hospitales de campaña, comunicaciones y equipos de rescate. En Venezuela ocurrió exactamente lo contrario. Las primeras labores fueron realizadas por familiares, vecinos y voluntarios. Posteriormente llegaron equipos internacionales de socorro. Los grandes ausentes volvieron a ser los militares venezolanos.
Y cuando finalmente aparecieron, en numerosos casos su actuación fue más cuestionada que reconocida. Diversos testimonios señalaron retrasos, obstáculos burocráticos y decisiones que dificultaron el trabajo de quienes ya estaban rescatando sobrevivientes.
La paradoja resulta evidente. Después de más de dos décadas destinando enormes recursos al aparato militar, el país descubrió que cuando necesitó soldados encontró ciudadanos organizándose por su propia cuenta.
Quizás el chavismo confundió durante demasiado tiempo lealtad política con capacidad militar.
Esta constatación trasciende ambos acontecimientos. El régimen ha perdido buena parte de su respaldo popular y su permanencia depende, esencialmente, del control de las armas. Pero una cosa es monopolizar el armamento y otra muy distinta disponer de una organización militar cohesionada y eficaz.
Los dos hechos más importantes de 2026 dejaron al descubierto que detrás de la imagen cuidadosamente construida de una fuerza militar todopoderosa existe una estructura burocratizada, desorganizada y sorprendentemente ineficiente.
Y cuando el último pilar sobre el que descansa un régimen comienza a mostrar semejantes grietas, el problema deja de ser militar para convertirse, inevitablemente, en político.

EL AUTOR es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto en California State University


