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El madurismo: fase terminal del castrochavismo

Nicolás Maduro, presidente de la República Bolivariana de Venezuela

Todo son sospechas en torno a Maduro y la más gruesa es que secundó a Raúl Castro en la conspiración que sacó de juego a Hugo Chávez


Manuel Malaver

El madurismo parecería no ser otra cosa que una palabreja de las tantas que surgen en el mundo sin causalidad ni consecuencia, y quedan ahí, colgadas en el tiempo, criando moho e insectos y en espera de que otra insignificancia venga a sustituirlas.

Sin embargo, no cayó de la nada, sino de la pesadilla del último socialismo, de uno que por aquí se llamó “Socialismo del Siglo XXI”, y el cual, enfrentado de nuevo a la inviabilidad de la utopía marxista, no procedió a decretar su defunción, sino a legársela a un payaso cuya peligrosidad mayor consiste en no conocer su identidad, ni la del tiempo ni el país donde transcurre.

Pero es que no tiene partida de nacimiento, –por lo menos no una conocida y legal–, y así, no sabemos si se llama Nicolás Maduro, si nació en Venezuela, Colombia o cualquier otro país, edad, educación, profesión, o los vericuetos que le permitieron devenir en presidente.

Todo son sospechas en torno a Maduro y la más gruesa es que secundó a Raúl Castro en la conspiración que sacó de juego a Hugo Chávez, el hombre que había designado al “nowhere man” (don nadie), ministro de Relaciones Exteriores, pero solo para darle la oportunidad de llamar la atención de quienes después lo utilizarían como una pieza, instrumento o herramienta.

Pero, insistimos, son sospechas, rumores, leyendas en torno a un “don nadie”, “nowhere man” u “hombre de ninguna parte”, igualmente, ambiguo en lo que se refiere a si es ateo o católico, percusionista o curandero, jugador de truco o bolas criollas y en tantas cotidianidades que Maduro no sabe explicar o confesar.

En lo que si no hay dudas es que, por órdenes de Raúl Castro —y quizá hasta del generalato de las FARC que desde hace meses pasa vacaciones en La Habana—, Maduro decretó y ejecutó la deportación de 10.000 colombianos que residían en cuatro municipios del estado fronterizo del Táchira, a quienes sacó a la fuerza de sus humildes viviendas, para ser aventados por trochas y baldíos y después cruzar un río que sería su tránsito final al territorio colombiano.

[quote_center]¿Qué llevó a Maduro a promover tal escándalo, a producir tal estropicio?[/quote_center]

Escenas que, durante 15 días han sacudido a Venezuela, Colombia y América, que recorren al mundo, que se hicieron acompañar con la demolición de las viviendas de los deportados previo marcaje con la “D” de demolición, del robo de sus pocas pertenencias, de los abusos a las mujeres y de un discurso oficial, asumido por Maduro, según el cual, “se les echaba” por “narcotraficantes, contrabandistas, y bachaqueros”.

Niños fueron separados de sus padres, esposos de sus esposas, hermanos de sus hermanos, escolares de sus escuelas, enfermos de sus tratamientos, amigos de sus amigos, y seres humanos del conjunto del lar donde hicieron patrimonios, hábitos y querencias.

Pero Maduro, el “don nadie”, “nowhere man” , u “hombre de ninguna parte” no andaba preocupado de estas minucias, como lo demostró la tarde del vienes 28 pasado frente a una turba que convocó para celebrar en un espacio cercano al palacio Miraflores, y donde, subiendo a una tarima, bailó una cumbia, para decirle al mundo que una suerte de Idi Amín Dadá había reencarnado en estas tierras.

“Sobre una tumba una cumbia” parafraseó esa misma tarde una aturdida ciudadanía caraqueña ante la revelación de tal pillaje que, recordaba a un son retro cubano muy de moda aquí en los 70, y cuya letra original decía: “Sobre una tumba, una rumba”.

Y el ensamble de escena, recuerdo y música no era arbitrario, si se toma en cuenta que con, las deportaciones, miles de vidas, destinos y sueños quedaron destrozados.

Pero fue solo el inicio de las celebraciones de Maduro, quien, al otro día anunció el comienzo de una larga gira por países de Asia Oriental, Asia Menor y Eurasia que ya cuenta semana y días y seguro culminará en La Habana, donde lo esperan Raúl Castro y el generalato de las FARC para que les informe de las deportaciones, los bonches y los últimos gritos de la moda.

Porque, el dizque presidente venezolano, tocó timbal y bailó salsa en Vietnam, en China, cuando apareció en un desfile militar dejó claro su gusto por las últimas creaciones de Chanel y Valentino, en Rusia y Dubai, y en compañía del seudoemperador ruso, Putin y de los jeques y primeros ministros de Qatar y Dubai, Abadullah bin Nasser bin Khalifa Al Thani y Mohamad bin Rashid Maktum, siguió el bonche y dio declaraciones estrafalarias sobre la crisis humanitaria que había desatado en la frontera colombo-venezolana.

En efecto, la ONU, la OEA, la UE, y ONGs e instituciones internacionales se apresuraron a condenar y a pedir cuentas del genocidio que el “don nadie”, “nowhere man” y timbalero había dejado en la frontera y amenazarle con una orden de captura que la procuraduría neogranadina envió al Tribunal Internacional Penal de La Haya en la idea de no permitirle el regreso a América de tan peligroso psicópata.

Mientras tanto, el presidente, Juan Manuel Santos, se convencía —¡al fin!— de terminar la relación “de comprensión” que durante todo sus dos períodos había sostenido con “los bárbaros de Caracas” y pasaba a denunciarlos, a exigir a la comunidad internacional que, al menos, los obligara a respetar las convenciones mínimas del trato humanitario y de respeto a los derechos humanos.

[quote_center]“No sabemos si se llama Nicolás Maduro, si nació en Venezuela, Colombia o cualquier otro país”[/quote_center]

En otras palabras que, toda una crisis binacional que ha provocado que, por primera vez, países e instituciones del continente tomen nota de que en Venezuela se ha instalado un gobierno forajido, al margen de la constitución y las leyes y, contra el cual, habría que adelantar políticas para condenar, aislar y, eventualmente, eyectar del poder.

Por todo ello, y por los costos enormes que le está significando al neototalitarismo la ya conocida como “Crisis de la Frontera”, la interrogante más socorrida entre analistas políticos de Caracas y Bogotá es: ¿qué llevó a Maduro a promover tal escándalo, a producir tal estropicio, a descomponer un escenario que, no le estaba resultando adverso y le convenía mantener con miras a imponer o camuflar los resultados de las elecciones parlamentarias que se celebrarán el 6 diciembre próximo?

En esta tesitura, una teoría que tiende a imponerse es que, la conmoción fue promovida desde Cuba, y por Raúl Castro, quien, trata a toda costa de que el tema de la reclamación del territorio Esequibo salga de la agenda del gobierno y el pueblo venezolanos, y sus aliados, los guyaneses, se alcen con los 159.000 kms2 que las administraciones nacionales mantienen en litigio desde los años 60.

Otra tesis, versa sobre la urgencia del madurismo de no contarse en las elecciones de diciembre, pues, todas las encuestas le auguran una derrota con más del 70 por ciento de los votos a favor de la oposición.

Y una última es que, se trata de un “malvinazo”, para cohesionar a una FAN cada día más dividida y molesta porque Maduro no termina de aclarar si es venezolano o colombiano, así como a un partido oficialista abrumado por el fracaso del modelo y del régimen.

Quiere decir que, el “don nadie”, “nowhere man”, u “hombre de ninguna parte” está haciendo un esfuerzo supremo por convencer a algunos militares de que “no es colombiano”, y mucho menos “cucuteño”, y por eso hace unas fintas de anticolombianismo extremo, demostraciones de que está dispuesto a ir con todo contra sus connacionales y así dar pruebas de limpieza de sangre venezolana y venezolanista.

Para quienes arruguen el seño con relación a esta hipótesis definitivamente estrafalaria, les advierto que algunos historiadores sostienen que el antisemitismo enloquecido de Hitler procedía de su empeño en borrar sospechas de que tenía gotas de sangre judía, así como Stalin extremó la represión contra los georgianos para hacer olvidar que no era ruso, sino caucásico.

Ello explicaría lo del baile, los timbales, el viaje por Asia, Eurasia y Medio Oriente y de otras extravagancias y exageraciones que lo veremos hacer en los próximos días, semanas o meses.

Pero eso si venezolanos, colombianos y la comunidad internacional no mandan a la cárcel o al manicomio a tamaño aberrado y descuartizado mental que promete ahora “deleitarnos” con un concierto en la frontera donde cantará joropos y vallenatos.