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La «revolución» siria vs. la revolución en India: un análisis comparativo de contraste

La revolución en India no sale por televisión. Precisamente por eso; porque es revolución


Tamer Sarkis Fernández

No hallamos orondos Emires surtiéndola de petrodólar, ni vemos a la Unión Europea armándola, ni a la CIA entrenando a “revolucionarios” desde suelo fronterizo. Israel, quien emplea la franja supuestamente “desmilitarizada” del Golán como trampolín, coladero, reserva y sanatorio de “revolucionarios” contra Siria, colabora al mismo tiempo con el Pentágono en la contratación de mercenarios anti-comunistas, algunos vía Pakistán, y los interna en la Península indostánica.

Loe la prensa del sionismo con mayor o menor ahínco a “los rebeldes sirios”, el mínimo común denominador presentado por estos medios de masas consiste en la demonización del ejército árabe sirio y de su función de defensa nacional frente a la agresión al país (“el ejército del Régimen”, “el ejército de Al-Assad”, “el ejército alawí”…). Paralelamente, leemos y escuchamos idéntica demonización periodística de los comités populares de defensa, población civil que pidió armas al Estado sirio para así proceder a la auto-defensa popular (“los paramilitares de Al-Assad”, “los leales armados”, etc.). A su vez, los periodistas y las ONGs (como el discurso mantenido por Médicos sin Fronteras) dan falaz estatuto de “bando sirio en conflicto” a los mercenarios del “Ejército” “Libre” “de Siria”, 100% desarraigados del Pueblo sirio (y de cualquier otro Pueblo) y ferozmente adversos al Pueblo.

Esta prensa del Imperialismo es la misma que, cuando en alguna contada ocasión se ha referido a India, oculta a las clases populares indias organizadas en el Ejército Popular de Liberación tras la Categoría casi metafísica de “los maoístas” en abstracto; como si la base social 100% india del movimiento y del proceso fuera cosa de cuatro “cabezudos” que juegan con “la desesperanza de los excluidos y los miserables” (un argumento recurrente en los “análisis” de los “expertos” imperialistas en India). O como si los naxalitas fueran una especie de alienígenas que se la tuvieran jurada a los militares indios por no se sabe bien qué etéreo empecinamiento ideológico utopista alejado de la base material de la sociedad india.

Hablar de la revolución naxalita en India es hablar del proletariado y semi-proletariado rural indios, de los campesinos sin tierra y de núcleos de apoyo popular urbano. Es también hablar de los autóctonos Adivasi, población tribal cosificada desde antiguo como Casta sirviente de la burguesía ciudadana, de los terratenientes feudales y de los cuadros hindúes que sucedieron a mongoles y a británicos entre el funcionariado estatal. Crecientemente expulsados de su hábitat por la actividad monopolista extractiva y agro-industrial, las poblaciones gentilicias Adivasi han comprendido la soldadura indisociable entre su emancipación particular gentilicia y la emancipación general del Pueblo indio sometido al Imperialismo, de modo que se han integrado en las fuerzas de la revolución.

Por el contrario, la mal-llamada “revolución siria” acumula y re-acumula sus fuerzas a partir de la tupida red-enjambre por la que transitan mercenarios de 143 enclaves, desde Filipinas a Ceuta pasando por Mongolia, Chechenia y Azerbayán[1]. Los armados de esta “internacional” no poseen en común internacionalismo que valga; poseen en común puro confesionalismo, que niega ideológicamente el derecho de los Pueblos mientras afirma la fuerza impositiva del “fiel” sobre el territorio-despensa “desherejizado”.

Aunque los símbolos no son por sí la radicalidad -lo profundo- ni pueden resumirla a ésta, sí que son manifestación coherente de la substancia, pues “toda forma es forma de un contenido” (Marx). Las masas proletarias y populares en pie en India sintetizan, allá donde pueden, su consciencia y su Horizonte como himnos comunistas y como bandera roja. También como hoz y martillo, el símbolo de la alianza de las clases explotadas productoras (proletariado y campesinado pobre), que son, ambas, Fuerza de Trabajo de facto (alienada como Capital Variable, el proletariado, y, el campesinado pobre, como productor, durante los periodos de plustrabajo, de excedente enajenado por el rentista). Pero que reivindican para sí consumar (realizar en Hegel) su Potencia(Aristóteles) como Fuerza Productiva de historia.

Pues bien: en Siria, las banderas rojas y la entonación de la Internacional, el rostro del Che en las enseñas, en las camisetas y en los carteles…, acompañan a las manifestaciones de sirios que, por millones, han salido y salen en acto de solidaridad social en favor de sí mismos como nación invadida que son. También llevan parches del Che los soldados en sus chaquetas, además de llaveros y mecheros con la efigie del combatiente internacionalista argentino, que muestran a las cámaras, jubilosos e ilusionados con su Pueblo, tras sus victorias en batalla contra las ratas.

¿Y qué símbolos vemos entre las ratas de “la revolución?: nada menos que la bandera colonial de los bantustanes, que había funcionado durante el periodo de la dominación gala: tres estrellas rojas, cada una por una minoría (cristianos, drusos, alawíes), simbolizando territorios separados y segregados, englobadas las tres por la hegemonía política a recaudo de los “cooperantes” cipayos para-coloniales[2], traduciéndose esto, en el plano simbólico, como franja verde superior de la bandera (sunna y hachemitas), franja blanca (califato omeya), y franja negra (califato abbasí). Eso…, en coexistencia física con las banderas de Alqaida, negras con la premisa coránica; la misma que luce en medio de su bandera verde el Reino de Arabia Saudí.

Eslóganes del tipo “cristianos al Líbano, alawitas a la tumba”, o “cristianos de Bashar, preparad vuestra cabeza para el mishaar” -pila de decapitación-, completan el acervo simbólico “revolucionario”, no sin olvidarnos del omnipresente y omnisonante “¡Allahu akbar!”, exclamación que en sí no tendría nada de objetable, si los energúmenos supieran decir otra cosa o pensar en algo más que en eso y en demoler la por ellos odiada nación árabe siria.

ONGs de la calaña de Amnistía Internacional, Médicos sin Fronteras o Cruz Roja (la primera un “tanque” hillary-clintoniano y ésta última fundada de la mano de la Sociedad de Naciones, esa “cueva de bandidos” en palabras de Lenin), son entidades muy generosas en empaquetar armamento “revolucionario” a los fascistas destructores de Siria camuflándolo como “ayuda humanitaria a los sirios”.

Y mientras, ¿qué hacen respecto a India?: codo a codo con el ejército indio, fuerzan el vaciado de las aldeas y poblados comunistas (o naxalitas) y deportan a las poblaciones a “campos de atención y de socorro”, ubicados junto a grandes carreteras y zonas llanas, donde el Estado dispone de más fácil control. Cohetáneamente, en estas zonas de tránsito y mercado el autóctono resulta más férreamente presionable por la concentración de colonos y de comerciantes, algunos de ellos con sus propias bandas privadas armadas a discreción. Si el autóctono se niega a abandonar su hábitat y su combate, es identificado automáticamente de comunista (naxalita), hecho que precede al barrido militar.

A los naxalitas indios no los recibe el ministro español Margallo ni tampoco la plana mayor del PP les prepara anfitrionazgo en Madrid, a diferencia del agasajo deparado a Moaz Al-Jatib -ex-Xeih frustrado de Mezquita en Damasco- y a su banda de “laicos y moderados”, tan infatigablemente dispuestos a hilvanar alianzas con Alqaida como puñaladas traperas (literalmente) reciben de los peones saudíes.

Por contraste a todas las páginas, foros y acampadas que le regalan los trotskistas a la fascista “revolución siria” ahijada del Proyecto “sirio” mafioso-comercial, anclado en Madrid, Londres, NY o París, impulsor de retroceso hacia la semi-feudalidad dependiente, lo cierto es que “nuestros” trotskistas no tienen a bien dedicar a la Guerra Popular en India ni una sola gota de tinta. Y es que, en efecto, en India sí hay revolución.

Atiéndase a la correlación y regla: Donde el trotskismo se dedica a dar la vara, con empeño confusionista a fin de arrimar el ascua a la sardina de sus invariantes Amos históricos[3], allí no hay revolución (ni el Libia, ni en Siria, ni en Túnez…). Y donde hay revolución, no escucharás trotskistas: no hay encargo, ni agenda pautada. Donde, en fin, la revolución se abre paso y hasta adquiere cuotas de empoderamiento o incluso toma el Poder Político, sí los escucharás…, pero cínicamente a la contra.

Dos años y pico de “revolución siria” fascista han fermentado con rapidez generando el revoloteo de numerosas aves de carroña: “activistas solidarios” a golpe de talonario qatarí, o reclutados ya hace años por los Hermanos Musulmanes en sus viajes por África del Norte, o devotos sin ir más lejos de los Presupuestos Generales del Estado para financiación a formaciones políticas, o fichados por fundaciones políticas cripto-PSOE, o por Antonio Gutiérrez (bombero pseudo-rojo cuya militancia real no es otra que Bildelberg) y su “Socialismo Internacional”, organización con filial británica matricial y española satelital, de todos sufrida en cualquier calle de la ciudad.

Y mientras tanto, ¿qué “activistas supuestamente espontáneos” ha encontrado para su apoyo la revolución en India?: ningún “activista” express, y ni mucho menos “espontáneo”. El internacionalismo con el movimiento naxalita en India recae sobre las minorías revolucionarias de cada país, que -saben- no cuentan más que con aquellos medios que puedan producirse a través de su propia actividad y combate.

Ay de ustedes, señores trotskistas, señores en las Corrientes paratrotskistas de la “neo-izquierda” con la granítica jeta de auto-titularse “anti-capitalistas”, señores “activistas revolucionarios”, pajarracos carroñeros, que, como buenos representantes de la Aristocracia obrera parasitaria, sorben con alegría del banquete sanguíneo sobre ruinas de las naciones oprimidas por el imperialismo, y de los cadáveres de su proletariado (practicando ustedes necrofilia en nombre de esos proletarios mismos). Traten de saciarse mientras puedan. En India, los parias de la tierra, la genuina famélica legión, van hoy en camino de consolidar bastión proletario; de ganar la patria socialista. ¡Mañana, procedentes de aquí y de allá, de todos los continentes como un puño cerrado en su unión internacional, los parias de la tierra tocarán a la puerta de ustedes, recordando a sus hermanos iraquíes, sirios, libios, libaneses…!. ¡Les sacarán a ustedes por los pelos y con “juicio” ya deliberado, para pasarles cuentas!.

La cínicamente llamada “revolución siria” traduce la “alternativa” importadora en masa de paramilitares, “frente” al intento primigenio -marcadamente infructuoso- por parte del Hegemonismo yankie tanto como de su extensión coaligada el Bloque Imperialista sionista-anglosajón, en pro de movilizar unas energías internas al país que aún reposan sobre el espíritu de cuerpo tribalista (la Assabiya de Jaldún). Dicho plan a través de la función de enlace (neck-lace en Teoría sociológica de Redes) externo-interno que recae sobre el constructo sionista trans-territorial llamado divulgativamente “islam político”.

Este movimiento ya había ido recibiendo un relativo poder transferido desde aquellas viejas entidades imperiales (primitivamente desde Inglaterra, madrina paralelamente del proyecto estatal sionista) que lo hubieron delineado (Hermandad Musulmana) durante el primer cuarto del siglo XX (concepto de Bonacis Power en Teoría sociológica de Redes), entre otras cosas como muro de contención ideológica a la temida internacionalización de la joven revolución bolchevique tras haber derrotado en suelo soviético a la conflagración imperialista (1918-1921).

La revolución naxalita india resulta la antítesis de ese tenebroso proceso dirigido contra el Pueblo sirio por el demo-fascismo. En India es el comunismo organizado el actor que se comporta, a imagen de la definición que le diera Marx, como “el movimiento real que suprime las relaciones sociales existentes”. El proceso en India actúa inversamente a la promoción del “islam político” ocupante, que trata de trocear a naciones y a Pueblos en una trans-identidad fragmentaria recluida en su propio bucle de naturaleza reactiva (se auto-define a partir de un gesto negativo, a la contra del No-Yo, del hereje, del comunista, del sujeto nacional, del ser humano).

En India es el sujeto de casta (perteneciente a una o a otra), de campo o de urbe, participante de la religión oficial de Estado o bien miembro de “minorías” religiosas, “tribal” o “ciudadano”, sujeto gentilicio o individualizado en el seno de la familia más o menos nuclear, etc., quien, en su propia dialéctica con el comunismo organizado y así en su compenetración y creciente síntesis, cobra consciencia de su Ser social común de fondo. Identifica con ello a su antagonista general, cuya derrota histórica ha de permitirle asentar las premisas para la resolución de sus contradicciones y sus opresiones distintivas y “particulares”.

La vieja identidad cosificada -reflejo mecánico del orden oligárquico-imperialista- es así trascendida, a la vez que incorporada (Aufheben) en un plano de identidad superior, a un tiempo síntesis -pues las relaciones materiales de existencia habrán superado la alienación- y multiplicidad -pues los modos materiales de existencia, con todo su bagaje de historicidad, se habrán desembarazado del sistema que los embutía reduciéndolos a piezas cosificadas, unilateral y pasivamente “ordenadas”, alienadas de donarse socialmente y así, en dialéctica de la parte con la Totalidad, alienadas de mutar, de afirmarse con mayor plenitud y de desarrollarse.

Nuestra especie humana se juega, hoy, en simétrico e indisociable reverso, su curso histórico tanto en Siria como en India, y, más generalmente, tanto en el Mundo Árabe como en otros países donde igual que en India existe también Guerra Popular (Turquía, Perú y Filipinas). A muerte contra el Imperialismo y contra todos sus agentes para que el comunismo pueda vivir en núcleos y territorios de la humanidad y, la humanidad entera, un día pueda vivir en comunismo. Hoy es India, mañana la Revolución Proletaria Mundial. ¡Naxalbari, laal salaam!

[1]País donde, por cierto, la Tsahal israelí ha abierto recientemente bases militares con la complicidad gubernamental de sus marionetas centro-asiáticas.

[2]Las viejas élites de la burguesía comercial y del latifundismo feudal sunní, finiquitado por la revolución democrática dirigida por el Baaz.

[3]Del sionismo de fondo y sus contratados venales, lo sepan los peleles “de base” o no.

Barcelona, España.
El autor es vicedirector del diario Unidad