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El Septiembrazo

El gran reto consiste en manifestar con la presencia multitudinaria de cientos de miles, millones de personas, cuyo único objetivo sea avanzar contra los violentos, los envenenados y armados


Manuel Malaver

“Nada es más poderoso que una idea a la cual le ha llegado su hora”, escribió alguna vez Víctor Hugo, y creo que este mes de septiembre del cual nos separan apenas 12 días, se aproxima con un sabor de historia, con un brillo de heroísmo que, no dudo, se inscribirá en la memoria de Venezuela como una de las fechas para no olvidar y conmemorar.

No obstante, no es una fecha inédita, porque incontables son los días en que el pueblo venezolano se alejó de la rutina para ir a derrotar a una dictadura, y, una vez cumplida la tarea, regresar a la fábrica o la tierra para que la libertad y la democracia reinaran grandes y fuertes.

Sueños, no siempre realizados, porque la mano de los dictadores puede extenderse larga y llegar hasta destruir los frutos del trabajo y los surcos de donde brotan salud y vida.

Como nunca, Venezuela enfrenta hoy a esta clase de dictadores, a los destructores, a los dictadores del socialismo, a los que destruyen todo, para que solo existan ellos.

De modo que, la tarea no es fácil, ni breve y emprenderla obliga aprovechar todas las ventajas disponibles, para que Venezuela no salga aun más maltrecha de la crisis a que la han empujado a Maduro y quienes han querido traspasarla a manos extranjeras.

«El Septiembrazo consiste en llevar a los manifestantes a manifestar, en la presencia de millones de personas, cuyo único objetivo sea avanzar contra los violentos, los envenenados y armados»

Es el reto que, en toda la extensión la idea, tienen planteado los venezolanos, porque no se trata solo de salir de Maduro y su abominable dictadura socialista, sino de hacerlo en el menor tiempo y desgaste posibles.

La Constitución ofrece, a los efectos, la vía más apropiada para lograrlo, y que no es otra, que el Referendo Revocatorio que debería celebrase en los primeros o mediados días de noviembre, pero que Maduro trata a toda costa de escamotear, de bypasear, de evitar, como conviene a un dictador cobarde, falaz y ladrón.

“El Septiembrazo” es, entonces, la primera batalla para obligarlo a respetar y acatar la Constitución, pero previendo que, de continuar en rebeldía, se le debe aplicar el Art. 350 de la Constitución que llamar a los venezolanos a desconocer su gobierno y a derrocarlo por todas las formas legalmente posibles.

¿Ingreso entonces a la guerra civil, a una división del país en dos mitades que saldrían a matarse la una a la otra?

Ni tanto, porque se trataría del enfrentamiento de una mayoría del 80 por ciento del país, contra un 20 por ciento o menos y que no puede concluir sino con el resultado de que “los más” arroparían a “los menos”.

En otras palabras que, la diferencia esencial, sustancial, vendría dada, porque, el 80 por ciento es una mayoría desarmada, electoral y pacífica cuyo poder fundamental reside en los votos y no en las balas, en la ley y no en la fuerza.

Cuenta, sin embargo, con dos plataformas de conducción poderosísimas: la Asamblea Nacional, cabeza del Poder Legislativo, y la Mesa de Unida Democrática, MUD, organización que agrupa a todos los partidos democráticos del país.

El 20 por ciento, por el contrario, es una minoría armada, agrupada en torno al Poder Ejecutivo que encabeza Maduro, y en teoría con el control de la Fuerza Armada Nacional y de cuerpos de civiles armados, paramilitares o policiales que saldrían a matar, a jugarse el pellejo por horrores y desequilibrios que no caben en ninguna escala de los comportamientos humanos.

Choque, pugna o refriega que, en el siglo de la guerras, los militares y los dictadores, no hubiera dejado dudas en cuanto a sus resultados, pero que en los tiempos de la ley, las constituciones, y los derechos humanos, da por perdida toda causa que no se abrace a principios que pueden llamarse emblemas de la paz y la civilización.

Por eso “El Septiembrazo” transcurre en un orden de política internacional, donde, ya no caben Maduro y sus militares, donde lucen como fósiles sobrevivientes de una especie extinguida, pero a la cual hay que fumigar y desaparecer, no sea que anomalías biopolíticas determinen su reproducción y propagación.

La oposición democrática, por el contrario, por el solo hecho de ser democrática, electoral y pacífica -y renunciar a toda lucha basada en la fuerza, las armas y la violencia-, puede decirse que tiene más de la mitad de la batalla ganada y no puede recurrir a otra estrategia donde los violentos no sean violentos y los pacíficos, pacíficos.

De ahí que, el gran reto de “El Septiembrazo” consiste en llevar a los manifestantes a manifestar, en la presencia multitudinaria de cientos de miles, millones de personas, cuyo único objetivo sea avanzar contra los violentos, los envenenados y armados.

Típica batalla del siglo XXI, donde los guerreros, si son inteligentes y quieren ganar, no pueden mostrarse como tales, si no como apóstoles de la paz que no toman las armas ni siquiera para imponer la guerra.

Y no quiere decir que, no haya violencia y guerras en el mundo, como la exportada a Europa desde el Medio Oriente, o la desparramada por el Medio Oriente mismo, o los brotes que cada día se vuelven mas frecuentes en Estados Unidos y México, pero sin olvidar que en las civilizaciones emergentes de Asia y Sudamérica, los estallidos que recientemente buscaron amenazarlas, hoy lucen poco menos que apagados.

Maduro y sus militares son un residuo de esa violencia, una flor tardía y marchita que, pasados la primavera y el verano de su timming políticos, cae ahora en un invierno de cuyas bajas temperaturas no sobrevivirá.

Un ejército de corruptos alucinados y enfermos que, se dudará llevarlos a la cárcel o al manicomio de tan desquiciados que son los delitos y los disparates que cometen.

El sainete de Maduro por hacer valer a la fuerza una membresía en el Mercosur que no le correspondía, es un problema de psicología clínica y no de política, así como también lo será detener por la fuerza a cientos de miles, millones de manifestantes que se movilizaran desde el interior del país a la “Toma de Caracas”.

Y, más todavía, verlo constituirse en el jefe de una minoría de matones, que le impone el terror a 28 millones de personas que lo abominan, no solo por haberle arrebato sus derechos, sino por convertir a su país en un paisaje de ruina, hambre y desolación, en el cual, solo se permanece porque después de septiembre y los meses finales del 2016, tendrá que abandonar Venezuela para ir a refugiarse en el único país que le garantizaría, si no vivir tranquilo, si el abrigo de la justicia internacional que no le perderá pistas: Cuba.

Pero hasta allá podrían ir a buscarlos los jueces del Tribunal de La Haya, si es que los carcamanes que gobiernan la isla desaparecen de este mundo y unas nuevas autoridades que pretendan civilizarse tiran semejante lastre al basurero.