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La manera autoritaria y delictiva de gobernar

En América Latina, Cuba es el país que mejor representa esa forma de regir


Oscar Battaglini

Esa es la forma generalmente asumida por los gobiernos que en todo el mundo han pretendido ejercer la dirección política de la sociedad a nombre de la izquierda, y en algunos casos también del socialismo.

La manera autoritaria y delictiva de gobernar es, podría afirmarse, el rasgo más resaltante de los regímenes surgidos en nuestro tiempo bajo la determinante influencia de los modelos políticos fascista y estalinista.

Así fue, sin excepción, en la Rusia de Stalin, en la Europa Oriental, en China, en la Cuba de los hermanos Castro, en la Nicaragua de Daniel Ortega, en Bolivia, en Ecuador, y así es en la Venezuela chavista, etcétera.

En todos estos países sus respectivos gobiernos se dotaron de constituciones en las que se consagran los derechos democráticos de los trabajadores y de la ciudadanía en general, y además se ofrece un presente y un porvenir lleno de realizaciones económicas y sociales capaces de producir tanto el desarrollo interno como la felicidad de todos los integrantes de la sociedad.

Pero en la práctica, nada de eso se ha visto plasmado en la realidad.

Rusia, que constituye el caso más emblemático de esas experiencias, no obstante haber alcanzado el estatus de “superpotencia”, se derrumbó estrepitosamente, dejando ver que todo fue un espejismo que terminó en una lamentable frustración de la cual no ha podido recuperarse en medio de los afanes de la mafia que gobierna en ese país por hacer expresión de sus “viejas glorias”, y por seguirse presentando como un factor incidente en la política internacional.

La verdad es que la Rusia actual bajo el poder omnímodo de Putin, no pasa de ser un país de tercera o cuarta categoría si lo comparamos con otros del llamado primer mundo.

Su economía está reducida a la producción y venta de armas, y a la extracción y comercialización de petróleo como materia prima.

En el plano político interno el pueblo ruso sigue sometido a un régimen dictatorial que Putin maneja a su antojo en lo que viene siendo su determinación de perpetuarse en el poder como en el pasado lo hicieran los zares y el propio Stalin.

La China actual es otro espejismo. Su crecimiento económico, que la ha convertido en la segunda economía planetaria, es un crecimiento artificial provocado por las inmensas inversiones de capital realizadas por las transnacionales de todo el mundo –particularmente norteamericanas.

A eso se debe –es necesario insistir- dicho crecimiento, pero al mismo tiempo conviene decir que la expansión de la economía china no significa o no ha implicado un mejoramiento de las condiciones de vida del conjunto de la población de ese país.

Tanto es así que de los casi 1.400 millones de chinos, más de 900 millones siguen siendo pobres.

Al lado de esta realidad, se da la existencia de un Estado despótico (autoritario) regentado por una burocracia encargada fundamentalmente de la conservación del orden imperante mediante un ejercicio represivo, totalitario, primitivo y barbárico.

Se trata de una represión de la cual son objeto básicamente los trabajadores de ese país, los cuales son obligados (incluidos niños) a trabajar más de 16 horas diarias, y a devengar los salarios más bajos del mundo.

En América Latina, Cuba es el país que mejor representa esa forma de gobernar.

Aquí, desde un principio, la burocracia encabezada por la familia Castro, ofreció hacer un gobierno para las mayorías populares, con desarrollo económico y libertades democráticas, pero nada de eso ocurrió en la realidad.

En Cuba, esa burocracia que ya tiene casi 60 años en el poder, impuso un orden dictatorial que no sólo privó de derechos políticos al grueso de su población, sino que esta se ha visto forzada a vivir durante todo ese tiempo, en la más absoluta pobreza, producto entre otras cosas de la incapacidad de esa burocracia para generar un proceso económico que dotara a la sociedad cubana de una economía productiva autosuficiente y permanente.

En su lugar, lo que hizo a lo largo de ese mandato dictatorial y despótico, fue dedicarse a vivir parasitariamente de los recursos que durante un buen tiempo le fueron aportados por la burocracia post estalinista de Rusia, y por el régimen que ha imperado en Venezuela durante casi 18 años.

En nuestro caso no es mucha la diferencia que puede establecerse con los modelos anteriores.

Aquí también se instaló un régimen político que levantó las más diversas expectativas acerca de la posibilidad de superar el estado calamitoso que la sociedad venezolana ha venido arrastrando desde siempre.

No pasó mucho tiempo para que se viera que el chavismo no tenía o no representaba ningún proyecto de cambio de tal estado de cosas.

En el período que cubre su presencia en el poder, ni uno sólo de los problemas que el país ha padecido, ha sido resuelto; de manera contraria, al tiempo que se han agravado, se da la circunstancia de que han surgido nuevos problemas que también se han venido agravando, tal es el caso:

1.- de la inflación que ha pulverizado los salarios y el ingreso familiar.

2.- El desabastecimiento y la escasez de alimentos y medicinas que ha condenado a numerosos venezolanos a morir de hambre o de enfermedades curables.

3.- De la inseguridad personal, que se ha convertido en una de las principales causas de muerte en Venezuela, etcétera.

Paralelamente a esa situación, se está frente a un gobierno que ha derivado abiertamente o que ya se ha acostumbrado a actuar al margen de la ley; esto es, a actuar no sólo de manera autoritaria, sino también de manera delictiva.

La expresión más representativa de esta conducta, son las actuaciones del TSJ en contra de las resoluciones de la AN, y de las maniobras del CNE para tratar de impedir las maniobras del RR en contra de Maduro.

Así están las cosas hoy en nuestro país, se trata de un conflicto en el que a la larga, el gobierno madurista lleva las de perder.

Se trata, en definitiva, de un conflicto entre la inmensa mayoría de un pueblo y un gobierno forajido que en la actualidad aparece completamente desacreditado y deslegitimado ante ese mismo pueblo.