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Despiadada y humillante dolarización #LetrasAlMargen #GustavoLuisCarrera

Del inglés «dollar» surgió la grafía en español dólar. Era palabra prohibida en la administración del anterior mandatario. Inclusive, usarla públicamente se consideraba como un delito. Pero, ahora las cosas han cambiado, porque circula y se oye por todas partes, como si el país le perteneciera. Es algo tan sorprendente como avieso.

Gustavo Luis Carrera

ASALTO. De hecho, en la práctica cotidiana, el dólar ha tomado por asalto la realidad económica nacional. Comerciantes, vendedores de toda estirpe, inversionistas, profesionales, funcionarios gubernamentales, cada quien establece su tarifa y sus precios en la moneda extranjera dominante. Sienten, y hacen sentir, que más fácil es calcular en dólares, porque las sumas parecen menores; escondiendo la realidad de que lo que cuesta dos dólares equivale a medio millón de bolívares. Ha sido un vulgar y pernicioso asalto.

CRUEL IRONÍA. En el fondo, las cosas son simples. El dólar frente al bolívar: ¿hay alguna duda de quién será el vencedor? Pero, lo más grave es lo que se esconde detrás de esta usurpación. La realidad es que quien recibe su salario en escasos y devaluados bolívares debe enfrentar precios cotizados en poderosos y abusadores dólares. Con un salario mínimo de poco más de 1,5 dólares mensuales, ¿qué perspectiva hay, si no la de la pobreza extrema? El imperio del dólar es, para nosotros, la más cruel ironía.

HUMILLACIÓN. Todos quieren cobrar en dólares. Así en la venta de alimentos, de medicinas, de equipos y repuestos, en las consultas médicas, en los trabajos profesionales, y de su parte, en los beneficios de inversionistas oficiales y privados. ¡Hasta las comisiones de funcionarios públicos y sus secuaces se cobran en dólares! Es una inconsciencia del gobierno que arrastra a toda una colectividad. Y cabe preguntarse: ¿dónde
quedó el orgullo nacional?, ¿dónde se esconde la dignidad pública? Resulta innegable que el dólar se come el bolívar, lo corroe, lo invisibiliza. Y no hay rechazo público a este abuso antinacional. El gobierno mira para otro lado. El Banco Central calla ominosamente. Entre tanto, el bolívar desaparece, arrinconado, volatilizado. ¿No hay conciencia pública de la afrenta que se esconde ante una circunstancia que algunos consideran inevitable en la
actualidad? Es un deterioro incesante, y quienes advierten el hecho y reaccionan condenándolo, nada pueden hacer ante la generalización del fenómeno infamante. La lucha es desigual, entre un valor minimizado de nuestra moneda y una apreciación especulativa y desorbitada de la divisa invasora. ¡Peculan y especulan de una vez en dólares! Nuestro signo monetario fue instituido en 1879, durante el gobierno de Antonio Guzmán Blanco; y está claramente establecido en la Constitución. La actual administración gubernamental tendrá la responsabilidad de decretar la muerte del bolívar, ante el poderoso dólar globalizado. ¡Insólita humillación para la dignidad de una nación, de un pueblo todo!

VÁLVULA: «La progresiva invasión del dólar es una cruel ironía para quienes reciben su salario en escasos y devaluados bolívares, mientras todo se va tarifando en dólares siempre en ascenso. A fin de cuentas, el proceso sustitutivo es humillante para el orgullo nacional, en tanto se aniquila nuestro signo monetario de preclaro nombre».
(glcarrera@yahoo.com)

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(Cumaná, 1933) es doctor en Letras y profesor titular jubilado de la Universidad Central de Venezuela, donde fue director y uno de los fundadores del Instituto de Investigaciones Literarias. Fue rector de la Universidad Nacional Abierta y desde 1998 es Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua. Entre sus distinciones como narrador, ensayista y crítico literario se destacan los premios del Concurso Anual de Cuentos de El Nacional (1963, 1968 y 1973); Premio Municipal de Prosa (1971) por La novela del petróleo en Venezuela; Premio Municipal de Narrativa (1978 y 1994) por Viaje inverso y Salomón, respectivamente; y Premio de Ensayo de la XI Bienal Literaria José Antonio Ramos Sucre (1995) por El signo secreto: para una poética de José Antonio Ramos Sucre.