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Tradición de pueblo: La magia de los Reyes Magos #LetrasAlMargen #GustavoLuisCarrera

En Venezuela, la magia esplende y cautiva en la totalidad del país: culto, veneración, cantos, íntimo amor (que se proyecta sobre los pastores y demás figuras del “pesebre” o “nacimiento”)

Gustavo Luis Carrera

La tradición religiosa y popular concede capítulo especial a la “venida”, a Belén, de Gaspar, Melchor y Baltazar, los Tres Reyes Magos, “a adorar al Niño / que ha nacido ya”, como dice el prestigioso aguinaldo.

La hermosa imagen legendaria –¿no es la historia, en cierto modo, leyenda racionalizada?– establece que tres reyes, que eran magos, es decir: adivinos y premonitores, emprendieron una larguísima marcha, a través de pueblos y desiertos, para llegar a rendir honores al hijo de Dios, al hombre hecho Redentor, en su nacimiento, ocurrido en Belén.

Y su primer acto de magia fue adivinar que una fascinante y resplandeciente estrella era su guía, para llegar al portal donde reposaba el Unigénito, el Salvador encarnado. Una vez allí, le ofrendaron los símbolos que portaban como extraordinario homenaje: oro, incienso y mirra.

El oro, como el valor convenido en lo terrenal y como brillo de luz propia. El incienso, como fuente perfumada y sahumante de tributo establecido desde los tiempos inmemoriales. La mirra, como deliciosa ofrenda odorante de la naturaleza, en la resina exclusiva, al igual que el incienso, de árboles de lejanas tierras de Arabia y Abisinia. (Por cierto, la particularidad originaria de estas ofrendas permiten deducir de qué naciones partieron los inspirados y osados reyes en su fantástica odisea).

El Día de Reyes, 6 de enero, es fecha conmemorativa, llena de admiración y amorosa veneración, extendida por toda la comunidad cristiana mundial. En España tiene particular fuerza, siendo factor de primer orden en el festivo tiempo de la Pascua Florida; con la costumbre de ser el día en que reciben los niños sus regalos navideños.

Los cambios posteriores –venidos de otras culturas- no alteraron la significación trascendente de los tres reyes, montados en exóticos camellos y vestidos a la usanza arábiga. Este sugestivo conjunto ceremonial y profesante pasa, con las naturales variantes regionales, a tierras americanas.

En Venezuela, la magia de los Tres Reyes Magos esplende y cautiva en la totalidad del país: culto, veneración, cantos, íntimo amor (que se proyecta sobre los pastores y demás figuras del “pesebre” o “nacimiento”). Pero, seguramente la más admirable y profunda magia de los Reyes es la irradiada en el corazón y la ilusión de los niños; sobre todo como lo fue en el tiempo de antes; aunque todavía permanece la esencia de dicho encanto.

Pero, me refiero, particularmente, a que en mi infancia cumanesa los regalos los “ponían” los Reyes Magos. Y era la tradición dominante en el país; por evidente herencia hispánica. En Caracas fue donde conocí la delicada y hermosa costumbre de atribuir esta función dispensadora de regalos al Niño Jesús.

Mi esposa, en Caracas, agregó a este modelo caraqueño el de mi Cumaná infantil; y nuestros hijos se beneficiaron de doble regalo. Posteriormente, se importó de Estados Unidos una costumbre que allá, a su vez, tomaron, aparentemente, de la Europa del Norte: la de un San Nicolás, tan nórdico que se viste para enfrentar copiosa nieve; y que de pronto llaman, en lenguaje arbitrario, Santa Claus (pronunciándolo Santa Clos) y que nunca se sabrá por qué le dicen “Santa” si no es personaje femenino.

Pero, como quiera que sea, nada ni nadie puede opacar la magia popular de Tres Reyes Magos, que recorrieron un mundo de distancia para adorar al Niño Santo y Santificador.

Válvula: “Los Tres Reyes Magos / vienen del Oriente, / con su taparita / llena de aguardiente”. (No hay copla de aguinaldo a los Reyes más criolla y más sabrosa que ésta. ¡Ah!, y siempre disfruto pensando que vienen del Oriente venezolano, mi Oriente). 

glcarrera@yahoo.com

EL AUTOR es doctor en Letras y profesor titular jubilado de la Universidad Central de Venezuela, donde fue director y uno de los fundadores del Instituto de Investigaciones Literarias. Fue rector de la Universidad Nacional Abierta y desde 1998 es Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua. Entre sus distinciones como narrador, ensayista y crítico literario se destacan los premios del Concurso Anual de Cuentos de El Nacional (1963, 1968 y 1973); Premio Municipal de Prosa (1971) por La novela del petróleo en Venezuela; Premio Municipal de Narrativa (1978 y 1994) por Viaje inverso y Salomón, respectivamente; y Premio de Ensayo de la XI Bienal Literaria José Antonio Ramos Sucre (1995) por El signo secreto: para una poética de José Antonio Ramos Sucre. Nació en Cumaná, en 1933.

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