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Simón Rodríguez: «La democracia se fundamenta en la educación del pueblo»

Propugnaba sabiamente la formación de ciudadanos conscientes de sus derechos.

Gustavo Luis Carrera I LETRAS AL MARGEN

No se nace demócrata. La conciencia democrática resulta de un aprendizaje, de una experiencia, hasta que se convierte en una convicción. Y este convencimiento no es un estado, un logro inamovible. La práctica nos lleva al ajuste racional de la idea de democracia y a su adaptación a los imperativos históricos y sociales. Y la fe democrática puede ser difundida colectivamente. Es lo que una mente preclara como la de Simón Rodríguez percibió a plenitud. Veamos algunos aspectos en referencia.

LA DEMOCRACIA ES UNA ESCUELA. La democracia adquiere su justo sentido si la concebimos como un aula educativa, donde cada día recibimos una lección de cómo superar sus fallas y prevenir el ataque de sus enemigos. Es, pues, un proceso dinámico. Pero, en ambos sentidos: es escuela para quienes aprenden sus beneficios; y lo es, también, para quienes imparten la enseñanza. Esta idea primaria, y sin duda esencial, particularizó el pensamiento original -revolucionario, en el mejor sentido intelectual de la palabra- de Simón Rodríguez, el esclarecido caminante de América. Así como él tenía la certera convicción de que la educación redime al ser humano -de cualquier edad, etnia o país- de las limitaciones que la ignorancia impone, de igual forma estaba seguro de la responsabilidad que corresponde a los dirigentes políticos y de gobierno en el devenir cultural de la colectividad. En su pensamiento resaltaba el hecho de que el proceso educativo es el único camino valedero hacia la supervivencia de los valores de una sociedad que realmente merezca ese calificativo, dejando de ser un abandonado grupo humano. «Nadie hace bien lo que no sabe», decía, y con ello explicaba la equivocación a que puede conducir la ignorancia. Y esto no sólo a nivel del trabajo, sino por igual en cuanto a las ideas y los preceptos sociales.

TODO EL PUEBLO SOMOS LOS ALUMNOS. Así como la democracia es una escuela, los alumnos somos todos los integrantes de una colectividad. El ejercicio de la democracia es su mejor enseñanza: la acción practicada convence más que el postulado de lo posible. Para Simón Rodríguez el pueblo todo -donde él insistía en incluir igualitariamente a indígenas, mestizos, blancos y negros- recibe, a través de la educación, la formación necesaria para advenir a la democracia. Hay que situar estos planteamientos en su tiempo, para ver su condición de originalidad realmente innovadora, de ostensible modernidad. El eje central de su prédica pedagógica es la de construir la sociedad alrededor de la educación, que representa el acto de quitar la venda de la ignorancia de los ojos de un pueblo, mostrándole el camino a la democracia. Sin duda es una concepción distinta de la de muchos analistas actuales, que consideran el desarrollo de un país como reflejo de sus estadísticas económicas. Pero, ¡cuánta razón tenía el Maestro, decimos, al contemplar la decadencia de pueblos y países por falta de desarrollo educativo!

EL GRAN ENEMIGO ES LA IGNORANCIA. Simón Rodríguez vierte su profunda conciencia democrática en su afirmación: «La democracia se fundamenta en la educación del pueblo». Su convicción viene de la experiencia: sabe que el desconocimiento de sus derechos elementales hace que las personas se sometan al ejercicio de la dictadura. Convicción, por cierto, que brota en su discípulo privilegiado, Simón Bolívar, cuando éste

sentencia: «Moral y luces son nuestras primeras necesidades». Y surge la pregunta natural: ¿por qué son necesarias las luces del conocimiento? El mismo Bolívar da la respuesta más contundente posible: los pueblos ignorantes se someten a las tiranías. Es un solo ideario, donde el maestro Simón Rodríguez desarrolla, como buen docente, su programa de acción difusora de toma de conciencia y de prevención del peligro de la dictadura. Su innovador proyecto, históricamente avanzado, es el de fomentar, desde las primeras letras, la formación de ciudadanos, para la República, y no súbditos para un rey. Y estos ciudadanos, conscientes de sus derechos y de sus deberes, serán los constructores y los guardianes de la democracia. Es decir, formar conciencias y no apariencias. «Nunca se hará república con quienes permanecen en la ignorancia», decía, llamando la atención de políticos y gobernantes. Y a los maestros recomendaba «no sólo instruir, sino educar», entendiendo por educación la formación de una capacidad de pensamiento y de decisión de la defensa de los derechos humanos fundamentales. En la segunda década del siglo XIX, Simón Rodríguez se destaca como el máximo exponente continental de las más avanzadas tesis educativas y sociales. ¿Un pensador excepcional? Sin duda. Y un penetrante previsor del futuro de la democracia americana.

VÁLVULA: «El ideario democrático es un bien adquirido, no es connatural con las personas. Resulta de un aprendizaje; y la propia democracia es una escuela para los ciudadanos y para la supervivencia de ella misma. El aserto de una mente brillante como la de Simón Rodríguez ha de ser un alerta para toda la sociedad: la educación del pueblo es la base una democracia. Y, como él sabiamente propugnaba, la formación de ciudadanos conscientes de sus derechos significa el enrumbamiento de la fe democrática hacia su acrisolada permanencia».

glcarrerad@gmil.com

EL AUTOR es doctor en Letras y profesor titular jubilado de la Universidad Central de Venezuela, donde fue director y uno de los fundadores del Instituto de Investigaciones Literarias. Fue rector de la Universidad Nacional Abierta y desde 1998 es Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua. Entre sus distinciones como narrador, ensayista y crítico literario se destacan los premios del Concurso Anual de Cuentos de El Nacional (1963, 1968 y 1973); Premio Municipal de Prosa (1971) por La novela del petróleo en Venezuela; Premio Municipal de Narrativa (1978 y 1994) por Viaje inverso y Salomón, respectivamente; y Premio de Ensayo de la XI Bienal Literaria José Antonio Ramos Sucre (1995) por El signo secreto: para una poética de José Antonio Ramos Sucre. Nació en Cumaná, en 1933.

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