El 15 de agosto de 1805 se produce el juramento del Libertador en el Monte Sacro, aunque otras versiones señalan que fue en el Monte Palatino o en el Monte Aventino, de la misma Ciudad Eterna, la Roma de las siete colinas.
Rafael Marrón González
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En diciembre de 1804, según otro mito de O’Leary, Bolívar y que recibió del embajador español una invitación para asistir a la coronación de Napoleón en la Catedral de Notre Dame, se dice que la rechazó indignado y se encerró en un cuarto.
Imagínense ustedes, por lo selectivo que es en sus invitaciones un tropical acto protocolar de la toma de posesión de un Presidente latinoamericano, como sería lo difícil de lograr una invitación para la coronación de un Emperador como Napoleón. Los más conspicuos nobles y jefes de Estado se disputaban el derecho a estar presentes, y va a recibir un joven indiano sin relaciones con el Estado una invitación nada menos que del Embajador de España en Francia.
Estas leyendas distorsionan la realidad y alejan a Bolívar de su contexto humano. Bolívar sí presenció la coronación pero confundido entre el público, y posteriormente diría: «Desde ese día lo considero un tirano deshonesto». Y más tarde: «Desde que Napoleón se coronó a sí mismo, su fama me parece el reflejo del infierno». El 10 de mayo de 1828, confiesa a Perú de Lacroix, registrado en el Diario de Bucaramanga: «Vi en París, en el último mes del año 1804, la coronación de Napoleón. Aquel acto magnífico me entusiasmó, pero menos su pompa que los sentimientos de amor que un inmenso pueblo manifestaba por el héroe…. La corona que se puso Napoleón sobre la cabeza la miré como una cosa miserable y de moda gótica; lo que me pareció grande fue la aclamación universal y el interés que inspiraba su persona. Esto, lo confieso, me hizo pensar en la esclavitud de mi país y en la gloria que conquistaría el que lo libertase; pero cuán lejos me hallaba de imaginar que tal fortuna me aguardaba».
El amigo que acompañó a Bolívar a la coronación de Napoleón fue Fernando del Toro, quien también estuvo presente cuando el Juramento, porque fue a principios de 1805 cuando Simón Rodríguez se reúne con Bolívar, según Flora Tristán a petición de éste y a regañadientes, pero en la realidad producto del azar porque desde 1803 Rodríguez vivía en París donde se había registrado en el mes de julio como Samuel Robinson nacido en Filadelfia, no sólo se había cambiado el nombre sino que negaba su origen hispano.
Italia florece en Bolívar
El 6 de abril de 1805, Bolívar, Fernando Rodríguez del Toro y Simón Rodríguez, en plena primavera, salen a pie rumbo a Turín, Italia, y desde allí en diligencia hacia Milán, ciudad a donde llegan el 26 de mayo de 1805, y es cuando presencia, confundido entre la multitud, la gran revista militar presidida por Napoleón con motivo de su ascenso al trono de Italia.
De Milán, según Lecuna, «pasó a Venecia y luego a Ferrara, Bolonia, Florencia y Perugia y de aquí se dirigió a Roma».
El juramento
Y un día, el 15 de agosto de 1805, después de almorzar fueron a contemplar la ciudad eterna desde, supuestamente, la colina del Monte Sacro, en ella los tres paisanos conversan sobre la emancipación americana. Simón Bolívar que cuenta apenas veintidós años, se quedó pensativo durante un tiempo, imaginamos que con ese hermoso panorama y la historia que subyace en las ruinas dispersas a su alrededor influenciando su sentidos, y tal vez, sólo tal vez, analizando los acontecimientos que había experimentado en los últimos meses, su salida obligada de España que confrontó su realidad de súbdito español sin españolidad, su encuentro con el barón de Humboldt, la conversación más íntima con Aymé Bonpland, la apoteosis de Napoleón, y con todo ello girando en su cabeza, descubrió que sí tenía una Patria propia, pero que ella necesitaba ser libre y soberana, como las patrias europeas que tanta admiración causaron a su espíritu, para poder ofrecer dignidad a sus hijos.
Y, según nos cuenta el escritor colombiano Manuel Uribe en una publicación de 1883 basada en una antigua narración oral de Simón Rodríguez: «Se puso de pie, húmedos los ojos, palpitante el pecho, enrojecido el rostro, con una animación casi febril, y dijo: «¿Conque éste es el pueblo de Rómulo y Numa, de los Gracos y los Horacios, de Augusto y de Nerón, de César y de Bruto, de Tiberio y de Trajano? Aquí todas las grandezas han tenido su tipo y todas las miserias su cuna. Octavio se disfraza con el manto de la piedad pública para ocultar la suspicacia de su carácter y sus arrebatos sanguinarios; Bruto clava el puñal en el corazón de su protector para reemplazar la tiranía de César con la suya propia; Antonio renuncia los derechos de su gloria para embarcarse en las galeras de una meretriz; sin proyectos de reforma, Sila degüella a sus compatriotas, y Tiberio, sombrío como la noche y depravado como el crimen, divide su tiempo entre la concupiscencia y la matanza.
Por un Cincinato hubo cien Caracallas, por un Trajano cien Calígulas y por un Vespasiano cien Claudios. Este pueblo ha dado para todo; severidad para los viejos tiempos; austeridad para la República; depravación para los Emperadores; catacumbas para los cristianos; valor para conquistar el mundo entero; ambición para convertir todos los Estados de la tierra en arrabales tributarios; mujeres para hacer pasar las ruedas sacrílegas de su carruaje sobre el tronco destrozado de sus padres; oradores para conmover, como Cicerón; poetas para seducir con su canto, como Virgilio; satíricos, como Juvenal y Lucrecio; filósofos débiles, como Séneca; y ciudadanos enteros, como Catón. Este pueblo ha dado para todo, menos para la causa de la humanidad: Mesalinas corrompidas, Agripinas sin entrañas, grandes historiadores, naturalistas insignes, guerreros ilustres, procónsules rapaces, sibaritas desenfrenados, aquilatadas virtudes y crímenes groseros; pero para la emancipación del espíritu, para la extirpación de las preocupaciones, para el enaltecimiento del hombre y para la perfectibilidad definitiva de su razón, bien poco, por no decir nada.
La civilización que ha soplado del Oriente, ha mostrado aquí todas sus fases, han hecho ver todos sus elementos; más en cuanto a resolver el gran problema del hombre en libertad, parece que el asunto ha sido desconocido y que el despejo de esa misteriosa incógnita no ha de verificarse sino en el Nuevo Mundo. Juro delante de usted (debió ser “delante de ustedes”, porque Fernando Rodríguez del Toro también estaba presente), juro por el Dios de mis padres, juro por ellos, juro por mi honor, juro por la Patria, que no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma hasta que se hayan roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español».
No le creemos a Uribe
Supuestamente todo este impecable y erudito discurso del juramento fue improvisado por un joven de 22 años, sin mayores luces. El propio Bolívar se encargó inadvertidamente de desvirtuar este romántico apócrifo, cuando en 1824 escribe al oficial de la marina estadounidense Iram Paulding, y luego de una serie de anécdotas sobre su viaje a Francia, le dice: “…De Francia fuimos a Roma: ascendimos al Monte Palatino, allí nos arrodillamos los tres y abrazándonos unos a otro juramos libertar a nuestra patria o morir en la demanda”.
Como vemos el juramento de Bolívar fue más escueto y conciso, algo así como: «¡Juro que dedicaré mi vida a liberar mi patria del poder español!», y fue un pacto entre tres amigos.
Simón Rodríguez o Manuel Uribe, para contribuir a la imagen romántica imperante en la época, creó la hermosa figura literaria del juramento shakespereano.
Los documentos que con mayor fidelidad reflejan el pensamiento político de Bolívar son «La Carta de Jamaica», «El Manifiesto de Cartagena» y «El Discurso de Angostura», y en ninguno de ellos se aprecia el romanticismo del Juramento.
¿Dónde fue el juramento?
Sobre la veracidad del lugar del juramento, el propio Bolívar se encarga de generar confusión porque mientras le escribe a Simón Rodríguez el 29 de enero de 1824: «¿Se acuerda Ud. cuando fuimos juntos al Monte Sacro en Roma, a jurar sobre esa tierra Santa la libertad de la Patria?»; le dice a Paulding, en el mismo año, en la carta arriba citada: “…ascendimos al Monte Palatino…”. El pintor Tito Salas en su cuadro alusivo al acto coloca en el fondo el Foro y el Coliseo, ruinas circundantes al monte Aventino, contribuyendo así con la confusión.
Por ello hablar del Juramento del Monte Sacro es especulativo, aunque el lugar en sí no revista ninguna importancia.
¿Quién fue Fernando Rodríguez del Toro?
Fernando Rodríguez del Toro e Ibarra, el inseparable amigo de Bolívar en su segunda estancia en Europa, era hijo del tercer marqués del Toro, nació en Caracas el 29 de mayo de 1772, muy joven viajó a España donde cursó sus estudios militares y perteneció al Cuerpo de Reales Guardias en Madrid.
En 1808 combatió contra los franceses y en recompensa, con el grado de coronel, fue enviado a Venezuela como Inspector General de Milicias. Es importante destacar que este aristócrata militar llegó a Caracas ya seducido por las ideas emancipadoras de Bolívar de cuyo juramento revolucionario había sido testigo, junto con Simón Rodríguez, en el Monte Sacro.
Amigo de Vicente Emparan desde España, le habla de «la necesidad de nuestra Independencia en el caso de que la Junta Central se disolviera o la España fuese subyugada…».
Fue, el 5 de julio de 1811, uno de los firmantes del Acta de la Independencia, y bajo las órdenes de Miranda actuó contra los disidentes de Valencia donde lamentablemente recibió heridas que le fracturaron ambas piernas, el médico debió amputarle una. Por su invalidez perdió la República un brillante y experimentado oficial, pero no la vida política. El 7 de enero de 1812 fue nombrado, al lado de Francisco Javier Ustáriz y de Francisco Espejo, integrante del nuevo Triunvirato Ejecutivo de la Confederación Americana de Venezuela.
Luego de la pérdida de la Primera República se asiló en Trinidad, desde donde el Gobernador le escribe a Pablo Morillo, en 1815: «…El marqués del Toro y el hermano de éste, Fernando, han manifestado su retiro y su disposición pacífica y espero que la continúen si no quieren ser expulsados…».
Regresó con su hermano a Venezuela, después de la batalla de Carabobo, a petición de Bolívar, que les había escrito: «…Vengan ustedes, queridos amigos, a morir por su país o por lo menos a morir en él…».
Tras la caída de la Primera República en 1812, fue arrestado por las autoridades realistas a pesar de su invalidez. Murió en 1813, poco después de ser liberado, debido a las complicaciones de sus heridas y los rigores de la prisión.
Sus restos reposan en el Panteón Nacional desde 1876, un reconocimiento a su papel como uno de los «padres fundadores» que sacrificó su linaje y salud por el ideal de una nación soberana.
Continuará.

EL AUTOR es escritor, poeta, historiador, docente y comunicador social. Autor de varios libros. Es, además, el presentador oficial del noticiero estelar de Washington TV. @RafaelMarron


