El antiimperialismo terminó convertido en una pieza decorativa, completamente subordinada a la necesidad de permanecer en el poder
Humberto González Briceño
Dar las gracias sigue siendo una norma elemental de convivencia humana. A uno le hacen un favor, le conceden un beneficio o simplemente le permiten seguir ocupando un espacio que parecía perdido y lo menos que corresponde es expresar agradecimiento. El chavismo, pese a todas sus deformaciones autoritarias y su retórica de barricada, ha entendido perfectamente ese principio. Por eso hoy una parte importante de la nomenclatura revolucionaria se siente sinceramente agradecida con Donald Trump.
Porque más allá de los discursos incendiarios sobre el imperialismo, las consignas antiyanquis y las viejas cadenas de Chávez golpeando el podio contra Washington, la realidad terminó siendo mucho más práctica y terrenal. Trump, que llegó prometiendo mano dura definitiva contra Maduro, acabó encontrando un espacio de coexistencia perfectamente funcional con el régimen venezolano. Y en política internacional coexistir suele ser mucho más importante que simpatizar.
Los chavistas agradecidos lo entendieron rápido. Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez, Diosdado Cabello y toda la burocracia que vive del Estado revolucionario comprendieron que los tiempos heroicos quedaron atrás. Hoy lo importante no es exportar revoluciones ni desafiar al capitalismo mundial sino sobrevivir. Administrar el poder. Conservar privilegios. Y para eso cualquier flexibilización estadounidense vale oro.
¿Cómo no agradecer entonces cuando las sanciones comenzaron a relajarse? ¿Cómo no responder “¡Yes, Sir!” cuando Washington permitió nuevamente oxígeno financiero y petrolero? ¿Cómo no mostrar entusiasmo cuando el régimen dejó de sentirse bajo amenaza inmediata de colapso?
El chavismo práctico —que es el que realmente manda— descubrió que la ideología se puede doblar sin romperse. Hoy el mismo aparato político que durante años presentó a Estados Unidos como la encarnación del mal absoluto se adapta con sorprendente facilidad a negociar licencias petroleras, flexibilizaciones económicas y acuerdos discretos de convivencia. El antiimperialismo terminó convertido en una pieza decorativa, útil para discursos internos, pero completamente subordinado a la necesidad de permanecer en el poder.
Y hay que admitir que en eso han mostrado una flexibilidad admirable. Porque no cualquiera pasa del socialismo revolucionario a una especie de capitalismo mafioso tropical sin sufrir demasiados conflictos existenciales. El chavismo lo logró con notable naturalidad. Cambiaron de discurso, de prioridades y hasta de enemigos sin el menor pudor ideológico. Como corresponde a toda burocracia que ya no cree demasiado en sus propias consignas.
Por supuesto, siempre quedan los malagradecidos. Esa incómoda minoría de fanáticos que todavía sueña con convertir a Venezuela en una mezcla improbable de Cuba, Irán y Corea del Norte con arepas subsidiadas. Son los que siguen hablando de resistencia antiimperialista con entusiasmo adolescente y quisieran empujar al país hacia una confrontación suicida con Estados Unidos.
Parecen no entender algo elemental: la superioridad militar, tecnológica y financiera norteamericana no le permitiría al chavismo ni una hora de aventura épica. Ni una. Bastaría un vistazo superficial a la historia reciente para comprender que jugar a la guerra revolucionaria contra Washington no pasa de ser una fantasía tropical bastante peligrosa.
Los chavistas agradecidos sí lo entienden. Por eso son pragmáticos. Saben que la prioridad ya no es la revolución sino la supervivencia del aparato burocrático. Y para conservarlo están dispuestos a todo: cambiar de ideología, de relato histórico, de aliados y hasta de himno si fuese necesario.
En el fondo, el chavismo actual se parece menos a la revolución cubana de los años sesenta y más a esos viejos regímenes agotados de Europa del Este poco antes de la caída del Muro de Berlín: estructuras sin fe ideológica real, sostenidas únicamente por intereses, negocios y miedo.
Menos mal que los fanáticos son minoría. Porque si los chavistas malagradecidos dominaran verdaderamente el poder, Venezuela probablemente ya estaría convertida en un campo de ruinas geopolíticas, atrapada entre delirios militares, sanciones absolutas y aventuras revolucionarias terminales.
Afortunadamente para el régimen —y quizás también para el país— terminaron imponiéndose los agradecidos. Los pragmáticos. Los que entendieron que cuando alguien te deja gobernar en paz, afloja la presión y te concede tiempo para reorganizarte, lo mínimo que corresponde es decir gracias. Aunque sea murmurando “¡Yes, Sir!”.-

EL AUTOR es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto en California State University


