De pronto, Chevron dejó de ser una expresión del “imperialismo depredador” para convertirse en socio indispensable
Hay derrotas políticas que no se anuncian en cadena nacional. Ocurren lentamente, entre rectificaciones silenciosas y decisiones que contradicen todo lo que antes se defendió con fanatismo. Eso es exactamente lo que vive hoy el chavismo. Y los encargados de administrar esa mutación son Delcy y Jorge Rodríguez.
Porque lo que está ocurriendo en Venezuela ya no puede describirse como simples “ajustes” económicos. Se trata del desmontaje progresivo del modelo político y económico construido por Hugo Chávez desde 1999. Un desmontaje ejecutado, paradójicamente, por dirigentes formados en el núcleo más duro de esa misma revolución.
Las señales son demasiado evidentes para seguir ocultándolas detrás de propaganda. La reactivación de mecanismos de cooperación con Estados Unidos, la apertura a las grandes transnacionales petroleras, la flexibilización económica, la revisión de la deuda externa y las maniobras orientadas hacia un eventual entendimiento con el Fondo Monetario Internacional representan una ruptura frontal con el catecismo chavista original.
De pronto, Chevron dejó de ser una expresión del “imperialismo depredador” para convertirse en socio indispensable. El capital extranjero pasó de enemigo ideológico a necesidad urgente. Y el Fondo Monetario Internacional, aquel demonio neoliberal que Chávez denunciaba en interminables discursos, comienza a aparecer discretamente como interlocutor inevitable.
La conclusión resulta incómoda pero imposible de evitar: si el chavismo necesita ahora aplicar políticas opuestas a las que defendió durante más de dos décadas para sobrevivir, entonces el modelo original fracasó.
La revolución que prometió independencia económica terminó destruyendo el aparato productivo nacional. El socialismo petrolero arruinó la industria petrolera. La retórica antiempresarial pulverizó la economía privada. Y el supuesto modelo alternativo al capitalismo terminó dependiendo nuevamente del capital internacional para intentar estabilizar el país.
Hay algo casi literario en esta tragedia política venezolana: quienes incendiaron la economía ahora intentan presentarse como sus reconstrucores.
Pero nada de esto ocurrió por convicción ideológica. El chavismo no rectificó porque descubriera las virtudes del mercado. Rectificó porque estuvo realmente en peligro. Fue necesaria la salida de Maduro de Venezuela, el deterioro terminal de la economía y la amenaza creíble de perder el poder para que finalmente apareciera algo parecido al pragmatismo.
Allí es donde Delcy y Jorge Rodríguez emergen como operadores de una transición interna dentro del propio chavismo. Una transición orientada no hacia la democratización sino hacia la supervivencia. Ambos parecen haber entendido algo elemental: ningún proyecto político resiste indefinidamente sobre ruinas económicas.
Sin embargo, conviene no dejarse seducir por el espejismo reformista. El desmontaje económico del chavismo no ha venido acompañado de una transformación política equivalente. Persisten los abusos contra los derechos humanos, la persecución política, el control judicial y los mecanismos de intimidación del poder.
El chavismo parece dispuesto a liberalizar parcialmente la economía mucho antes que liberalizar el sistema político.
Es el modelo híbrido que tantos regímenes autoritarios han intentado antes: apertura económica administrada desde un poder cerrado. Negocios sin democracia plena. Inversión extranjera sin garantías institucionales reales. Pragmatismo económico combinado con control político férreo.
Por eso la verdadera conclusión de este proceso resulta tan devastadora para el relato chavista. Para mantenerse en el poder, el chavismo necesita dejar de ser chavismo. O al menos abandonar casi todas las políticas que definieron su identidad histórica.
El antiimperialismo terminó negociando con Washington. El socialismo petrolero necesita de las petroleras privadas. Y la revolución bolivariana sobrevive corrigiendo silenciosamente aquello que durante años presentó como verdad absoluta.
Quizás allí reside la mayor ironía política de este tiempo venezolano. El chavismo ya no puede gobernar con el chavismo. Y Delcy Rodríguez, acompañada por Jorge Rodríguez y bajo la sombra pragmática de Donald Trump, parece haber entendido que la única forma de preservar el poder consiste precisamente en desmontar, pieza por pieza, la revolución que juraron defender.-

EL AUTOR es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto en California State University


