Cuando una potencia tiene negocios a ambos lados de una frontera, la paz deja de ser una virtud. Se convierte en una inversión
Humberto González Briceño
El anunciado acuerdo petrolero entre la administración de Donald Trump y el gobierno de Delcy Rodríguez, valorado en 65 mil millones de dólares, introduce una variable que podría alterar sustancialmente el conflicto entre Venezuela y Guyana por el Esequibo. No porque Washington haya descubierto súbitamente alguna virtud en los argumentos venezolanos, sino porque en política internacional los mapas suelen adquirir otro significado cuando debajo de ellos aparece petróleo.
El acuerdo ha sido anunciado, pero todavía no firmado. La diferencia no es menor. En el terreno del materialismo político, los comunicados y las buenas intenciones importan bastante menos que los recursos, las inversiones y las relaciones concretas de poder.
Para el gobierno de Delcy Rodríguez, el anuncio permite exhibir una ruptura del aislamiento internacional y ofrecer expectativas de recuperación económica. Para Trump representa la posibilidad de reincorporar plenamente el petróleo venezolano a la estrategia energética estadounidense y reducir la exposición de Estados Unidos a regiones mucho más inestables.
Entre ambos intereses aparece inevitablemente el Esequibo.
Hasta ahora Guyana disfrutaba de una extraordinaria ventaja: ExxonMobil y el bloque Stabroek habían convertido la defensa de sus intereses petroleros prácticamente en un asunto estadounidense. Georgetown podía contar con que cualquier amenaza venezolana contra sus operaciones sería también interpretada como una amenaza contra intereses estratégicos de Washington.
Pero ¿qué ocurre cuando Estados Unidos adquiere intereses petroleros todavía mayores del lado venezolano?
Allí comienza el verdadero problema.
Las versiones sobre una duración de 25 o 100 años para el acuerdo tampoco son necesariamente contradictorias. Veinticinco años pueden corresponder perfectamente al horizonte financiero y contractual de inversiones petroleras gigantescas. Cien años describen otra cosa: la pretensión estratégica estadounidense de asegurar por varias generaciones los recursos energéticos de la cuenca del Caribe.
Las empresas hacen contratos por años. Los imperios piensan en siglos.
Si este proyecto termina materializándose, Washington tendría intereses económicos esenciales a ambos lados de la frontera en disputa. Ya no sería solamente el protector indirecto de las inversiones de ExxonMobil en Guyana, sino también garante de inversiones considerablemente mayores dentro de Venezuela.
No significa que Estados Unidos vaya a respaldar la reclamación venezolana ni que Guyana perderá automáticamente su privilegiada relación con Washington. Significa algo probablemente más importante: que cualquier escalada militar alrededor del Esequibo podría convertirse en una amenaza contra los propios intereses estadounidenses.
En esas condiciones, Caracas y Georgetown descubrirían los límites reales de sus respectivas soberanías.
La Corte Internacional de Justicia seguirá produciendo documentos, los gobiernos continuarán desempolvando mapas y los patriotas de ambos lados seguirán invocando la historia. Todo eso tendrá su importancia.
Pero el destino político del Esequibo podría terminar decidiéndose en un lugar bastante menos romántico: una mesa donde Washington calcule cuánto cuesta interrumpir un barril de petróleo y quién está dispuesto a pagarlo.
Porque cuando una potencia tiene negocios a ambos lados de una frontera, la paz deja de ser una virtud. Se convierte en una inversión.- @humbertotweets

EL AUTOR es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto en California State University


