Tampoco puede descartarse que Washington termine privilegiando sus intereses petroleros y geopolíticos sobre las aspiraciones democráticas venezolanas. Mantener movilizada una sociedad empobrecida, fragmentada y ocupada en sobrevivir, constituye un desafío formidable.
El regreso de María Corina Machado a Venezuela no es simplemente el retorno de una dirigente política al país. Es la irrupción de un factor que altera los cálculos de quienes apostaban a administrar la transición chavista sin mayores sobresaltos. Su presencia física introduce una nueva variable en una ecuación política cuyos resultados nadie puede anticipar con certeza.
Los analistas de cafetín, siempre dispuestos a pronosticar el futuro con la precisión retrospectiva de Nostradamus, advierten sobre el inevitable desgaste del liderazgo de Machado si las elecciones presidenciales se postergan durante tres años. La hipótesis no es descabellada. Mantener movilizada una sociedad empobrecida, fragmentada y ocupada en sobrevivir constituye un desafío formidable.
Pero estos cálculos omiten una ley elemental de la física: el desgaste por fricción afecta a todas las piezas en movimiento. El tiempo no trabaja exclusivamente contra María Corina. También conspira contra Delcy Rodríguez y el aparato chavista que intenta perpetuarse bajo una nueva administración.
Mientras Machado debe preservar su capital político y transformar el entusiasmo popular en organización efectiva, Delcy enfrenta una tarea bastante menos romántica: mantener funcionando un Estado quebrado, administrar las ambiciones de las facciones militares y contener una crisis económica y energética que no desaparecerá por decreto de Washington.
Hay, sin embargo, una diferencia fundamental. Machado necesita conservar su liderazgo; Delcy necesita conservar el poder. Lo primero depende de una relación política con millones de venezolanos. Lo segundo exige mantener cohesionada una estructura de intereses, privilegios y lealtades cuya estabilidad descansa, en última instancia, sobre el aparato militar.
El retorno de Machado modifica además la dinámica de esta competencia. Una cosa es administrar desde Miraflores una oposición dispersa, con su principal dirigente en el exterior, y otra muy distinta enfrentar su presencia cotidiana en las calles venezolanas. La distancia geográfica permitía ciertas ficciones de normalidad. Su regreso las hace más difíciles de sostener.
Esto no significa que la presencia de Machado precipite automáticamente el derrumbe del chavismo. El entusiasmo no sustituye una estrategia de poder, como tampoco las multitudes reemplazan las fracturas que eventualmente puedan producirse dentro de las Fuerzas Armadas. Confundir popularidad con capacidad efectiva para provocar un cambio político sería repetir errores conocidos.
Tampoco puede descartarse que Washington termine privilegiando sus intereses petroleros y geopolíticos sobre las aspiraciones democráticas venezolanas. En esa eventualidad, tanto Machado como Delcy podrían descubrir que sus respectivos calendarios políticos se redactan en oficinas donde ninguna de las dos tiene la última palabra.
La política venezolana ha entrado en una carrera de resistencia entre dos fuerzas obligadas a administrar su propio deterioro. Nadie tiene garantizada la victoria por el simple transcurso del tiempo.
La pregunta quizás no sea cuánto puede resistir María Corina Machado, sino cuánto tiempo podrá el chavismo seguir financiando su propia supervivencia.
Y quién se desgastará primero.-

EL AUTOR es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto en California State University


