Por poco se suicida en Ocumare: Fue engañado por un edecán del general Mariño (Isidro Alzuru) y por marinos extranjeros que lo dejaron entre sus enemigos en una playa desierta.
Rafael Marrón González / III
El 6 de marzo de 1820 Bolívar le contaba a su amigo Fernández Madrid los acontecimiento que casi le cuestan la vida en Ocumare el 14 de julio de 1816:
“El hecho de Ocumare es la cosa más extraordinaria del mundo: Fui engañado a la vez por un edecán del general Mariño (Isidro Alzuru) que era un pérfido, y por los marinos extranjeros que cometieron el acto más infame del mundo dejándome entre mis enemigos en una playa desierta. Iba a darme un pistoletazo cuando uno de ellos, Mr, Bideau, volvió del mar en un bote y me tomó para salvarme”. Cuanto agradecimiento para este marino extranjero que protegió la vida de Bolívar para la inmortalidad.
Bermúdez lo salva en Barcelona:
También estuvo a punto de caer en manos de los españoles cuando se encontraba en Barcelona, ciudad a la que había llegado el 31 de diciembre de 1816, amenazado por fuerzas superiores del brigadier Pascual del Real aun cuando lo había rechazado el 8 de febrero. Solicita los auxilios de Mariño que se encontraba sitiando Cumaná, pero éste sólo coopera luego de recibir por intermedio del jefe de estado mayor Soublette, el mando del ejército bajo el título de Jefe de la Fuerza Armada de la República, conservando Bolívar sólo su autoridad política.
Mariño convence a Bermúdez, que se le había unido en noviembre de 1816, de acudir en auxilio de Bolívar, y éste a pesar de sus acciones en Güiria, emprende la campaña y al encontrarse ambos Jefes, se abrazan con nobleza sin cruzarse palabras, en aquel momento Bolívar llamó a Bermúdez el “Libertador de El Libertador».
El suceso de Quiamare
El 25 de marzo de 1817 sale Bolívar de Barcelona acompañado solamente de 15 oficiales y sus asistentes, después de convencerse de la inutilidad de tratar de ganar a Santiago Mariño para unir su ejército a un mando supremo, y dejando a Pedro María Freites al mando de 700 hombres en la defensa de Barcelona, decide trasladarse a Guayana para explorar el ánimo de Piar y los oficiales que le acompañan, consciente de que debe atravesar un territorio plagado de enemigos que en cualquier momento podrían capturarlo o matarlo, pero la situación política del momento exigía esta prueba de valor.
De hecho fue atacado en el sitio de Quiamare (un pueblo de indios del Estado Anzoátegui) y según él salvó la vida gritando órdenes a un inexistente batallón que hizo presumir a los atacantes una fuerza superior, pero la realidad la narra el oficial realista F. Montenegro Colón en carta enviada a Francisco Javier Yanes: “…Estaría saliendo Bolívar de Barcelona cuando Aldama recibió noticia exacta de su movimiento y celebró junta de guerra a que asistí: se convino despachar toda la caballería y algunos infantes a que le salieran al encuentro, a cuyo efecto se me encargó que la hiciera venir en aquella tarde: el aviso de la dirección y salida de Bolívar fue dado por uno de los que le seguían que se valió de un vecino de Barcelona y cuyos nombres excuso dar: aquella felonía de un patriota me hizo agorar muy mal de la suerte de los demás y aunque la causa que yo seguía era diferente, persuadido de que Bolívar no podía escapar y que lo matarían infamemente y con escarnio, y no pudiendo vencer mi natural inclinación hacia un sujeto que era mi pariente y condiscípulo, me decidí a libertarlo aunque exponiéndome mucho:
Méndez, capitán de indios de Píritu fue el instrumento; yo le hablé como gobernador y le dije: Vd. va a hace recoger la caballería pero la hacen traer para matar prisioneros y es necesario que Vd. lo retrase, de modo que no sea conocido nuestro proyecto que es evitar sangre. El indio que era compadre mío me sirvió completamente y la caballería no llegó hasta la noche siguiente. Luego tomo Aldama la Casa Fuerte quedando yo siempre con mi división en el Unare: a los dos días marché a Barcelona, que desocupaba Aldama quien me dejó orden escrita para hacer matar a los heridos y enfermos salvados por mí en número de 50…”. Así fue como se salvó Bolívar de la insania homicida de Juan Aldama, cuya locura obligó a Morillo a deportarlo a España.
Perdido en Angostura
El 20 de abril de 1817 Bolívar, que se encuentra en Aragua de Barcelona, emprende el camino de Angostura, lo acompaña un pequeño ejército integrado por 550 infantes, 150 jinetes y los oficiales Bermúdez, Valdez, Armario, Zaraza y Soublette, que abandonando a Mariño se le habían unido en el Chaparro, y Santander y los demás neogranadinos que se le habían unido en el Pao. En San Diego de Cabruticas recibió Bolívar la noticia del triunfo de Piar, y el 27 atraviesa el Orinoco por el Aro (río que desemboca en la margen derecha del Orinoco, frente a la isla Cusipa, unos 12 Km más abajo de Moitaco) y es atacado por tres flecheras españolas obligando a los expedicionarios a internarse en la selva ribereña y, guiados por el rumbero Mauricio Cedeño, después de sortear serias dificultades durante una semana de hambre y vigilia, en la que tuvieron que sacrificar mulas para comer, logran llegar al campamento de El Juncal el 2 de mayo donde lo recibe Manuel Sedeño.
El atentado del Rincón de los Toros
El 17 de abril de 1818, en el Rincón de los Toros, a unos quince kilómetros de San José de Tiznados en el Estado Guárico, el oficial realista Tomás Renovales, supuestamente oriundo de Calabozo pero llegado a Venezuela con el ejercito pacificador de Pablo Morillo en 1815, recibió del coronel Rafael López el encargo de asesinar a El Libertador.
Para llevar a cabo su acción Renovales con algunos soldados aprovechó la oscuridad de la madrugada para sorprender a los centinelas y penetrar hasta el sitio donde dormía Bolívar y descargar sus fusiles contra su hamaca donde éste se hallaba sentado poniéndose las botas mientras hablaba con Santander y su edecán Diego Ibarra.
Milagrosamente no les acertaron y lograron correr en la oscuridad hasta ponerse a salvo.
Lo del Rincón de los Toros en la voz del propio Bolívar
El Libertador narra así el episodio del Rincón de los Toros donde casi pierde la vida:
«En la campaña de 1818, que así como la del año de 14 fue Una mezcla de muchas victorias y reveses, pero que no tuvo los resultados funestos de aquélla, sino consecuencias favorables e importantes para mi ejército y la nación, marché un día de San José de Tiznados, con poco más o menos 600 infantes y 800 hombres de caballería, con el objeto de ir a reunirme con las tropas que mandaba el general Páez.
Había dado orden para que mi división acampara en una sabana del Rincón de los Toros, donde llegó como a las cinco de la tarde; yo llegué al anochecer, y fui enseguida a situarme con mis edecanes y mi secretario, el actual general Briceño Méndez, bajo una mata que conocía yo, y en donde colocaron mi hamaca. Después de haber comido algo, me acosté. Encargué al general Diego Ibarra, mi primer edecán, de situar la infantería en el punto que le había indicado, y después se había ido, sin que lo supiera yo, a un baile que había no sé en qué lugar, para regresar después de media noche a mi campamento.
Apenas hacía dos horas que estaba durmiendo, cuando llegó un llanero a darme parte de que los españoles habían llegado a su casa, distante dos leguas de mi campamento, y que eran muy numerosos y los había dejado descansando. Según las contestaciones que me dio, y las explicaciones que le exigí, juzgué que no era el ejército del general Morillo, pero sí una fuerte división, mucho más numerosa que la mía. El temor de que me sorprendiesen de noche, me hizo dar órdenes en el momento para que se cargasen las municiones y todo el parque y se levantara el campo, con el objeto de ir a ocupar otra sabana, y engañar así a los enemigos que seguramente vendrían a buscarnos en la que estábamos.
Dos de mis edecanes fueron a comunicar aquellas órdenes y a activar el movimiento, debiendo avisarme cuando empezara. Volví a acostarme en mi hamaca, y en aquel mismo momento llegó mi primer edecán quien, por no despertarme, se acercó sin ruido y se acostó cerca de mí, en el suelo, sobre una cobija; yo le oí, lo llamé y de di orden de ir a donde estaba el jefe de Estado Mayor, para que se apresurase el movimiento. El general Ibarra fue a pie a cumplir aquella disposición, más apenas hubo andado un par de cuadras en la dirección en que estaba el Estado Mayor, cuando oyó al general Santander, jefe entonces de dicho E.M., y habiéndose acercado a él, le comunicó mi orden, y entonces Santander le preguntó, en voz alta, dónde me hallaba yo. Ibarra le enseñó y Santander, picando la mula, vino a darme parte de que todo estaba listo y de que las tropas iban a empezar el movimiento.
Ibarra regresó en aquel momento; yo estaba sentado en mi hamaca, poniéndome las botas; Santander seguía hablando conmigo; Ibarra se acostaba, cuando una fuerte descarga nos sorprende, y las balas nos advierten que habían sido dirigidas sobre nosotros: la oscuridad nos impidió distinguir los objetos.
El general Santander gritó en el mismo instante: el enemigo. Los pocos que éramos nos pusimos a correr hacia el campo, abandonando nuestros caballos y cuanto había en la mata. Mi hamaca, según supe después, recibió dos a tres balazos; yo, como he dicho, estaba sentado en ella, pero no recibí herida ninguna, ni tampoco Santander, Ibarra ni el general Briceño, que estaban conmigo; la oscuridad nos salvó.
La partida que nos saludó con sus fuegos, era española. Se ha dicho que los enemigos, al entrar en la sabana, encontraron allí un asistente del padre Prado, capellán del ejército, que estaba cuidando unos caballos; que lo cogieron y amarraron, obligándolo a conducirlos a la mata, donde me hallaba y que estando ya muy cerca de ella vieron al General Santander sin saber quién era y le siguieron los pasos, y después, los del general Ibarra».
“Su Excelencia continuó diciendo que aquella misma noche tuvo que andar a pie hasta que José, su Mayordomo, le consiguió una mala mula, la cual cambió después por el caballo del General Ibarra, en el que éste había podido ponerse; que por la mañana fueron atacados por los españoles y derrotados, porque la caballería suya no quiso batirse y huyó cobardemente; que perseguido, se quitó la chaqueta militar que llevaba y la tiró al suelo para no ser blanco único de los enemigos; que estos recogieron dicha chaqueta y la enseñaban en los pueblos con su hamaca, con el objeto de acreditar con aquellos mudos testigos, su muerte que estaban publicando; que el comandante en jefe de la división española se llamaba López y fue matado y cogido su caballo por el Coronel Infante, éste se lo dio (al Libertador) quien así montado fue como se retiró a Calabozo». (Diario de Bucaramanga).
Santander en sus Memorias se atribuye haberle salvado la vida a Bolívar en este trance “cuando todos sus amigos lo habían abandonado”. Continuará

EL AUTOR es escritor, poeta, historiador, docente y comunicador social. Autor de varios libros. Es, además, el presentador oficial del noticiero estelar de Washington TV.
@RafaelMarronG


