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Chavismo y oposición negocian desde la ambigüedad  

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El desenlace dependerá menos de la retórica diplomática que de cuál de esas interpretaciones logre imponerse cuando llegue la hora de convertir los comunicados en decisiones

Humberto González Briceño

El aplazamiento del inicio del diálogo entre el chavismo y la Asamblea Nacional de 2015 no parece obedecer únicamente a problemas de agenda. Más bien confirma que las partes todavía negocian sobre dos concepciones distintas de la transición política. Coinciden en las palabras; discrepan profundamente en su significado.

El comunicado conjunto habla de «fortalecimiento de la democracia». Sobre el papel existe consenso. En la práctica, no. Para el chavismo, esa expresión parece significar la estabilización del actual orden político, preservando el aparato institucional construido durante más de dos décadas y administrando una apertura compatible con su permanencia como actor determinante del poder. La democracia sería, en ese lenguaje, estabilidad.

Para la Asamblea de 2015 ocurre exactamente lo contrario. El fortalecimiento democrático supone reformas institucionales, un nuevo árbitro electoral, garantías para todos los actores políticos y la convocatoria de elecciones libres y competitivas. Es decir, la estabilidad sería la consecuencia de la democratización y no su sustituto.

Las diferencias continúan cuando ambas partes hablan de garantías políticas. El oficialismo parece entenderlas como garantías para un proceso de negociación sin amenazas externas, acompañado incluso por el levantamiento de las sanciones internacionales, asunto que ya ha colocado sobre la mesa.

La oposición, por el contrario, las interpreta como la liberación de presos políticos, la restitución de derechos, la legalización plena de las organizaciones políticas y un cronograma electoral verificable.

Incluso el retraso del diálogo resulta revelador. Mientras el chavismo insiste en administrar cuidadosamente los tiempos de la negociación, distintos reportes señalan que sobre el proceso pesa la presión de Washington para producir resultados concretos y verificables. Esa diferencia de ritmos refleja también una diferencia de objetivos: unos buscan administrar la transición; otros aspiran a acelerarla.

Paradójicamente, la verdadera coincidencia consiste en que ambos reconocen que el problema venezolano ya no puede resolverse sin algún tipo de negociación política. Sin embargo, negociar no significa necesariamente compartir el mismo destino.

Como ha ocurrido tantas veces en Venezuela, el conflicto no está en el texto del comunicado sino en sus entrelíneas. Las mismas palabras sirven para construir dos proyectos políticos distintos. El desenlace dependerá menos de la retórica diplomática que de cuál de esas interpretaciones logre imponerse cuando llegue la hora de convertir los comunicados en decisiones.- @humbertotweets

EL AUTOR es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto en California State University

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