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BOLÍVAR SUPERSTAR

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Cuatro momentos estelares en la vida azarienta de Bolívar, tuvieron como escenario cuatro capitales iberoamericanas de culturas disímiles.

Rafael Marrón González / I

Fueron sus momentos de gloria y de exaltación a su comprensible vanidad humana. Pueblos enteros volcados hacia la admiración del Héroe americano por antonomasia, riquezas a sus pies y laureles en sus sienes y mujeres en su lecho,  a la antigua usanza romana, todo como tributo al valor, a la persistencia al sublime ideal de libertad, pero también con un costo trágico, dramático. El romántico escenario de la gloria, con sus fanfarrias, desfiles marciales y bailes, desdibuja los sangrientos campos de batalla, terribles escenarios de dolor, muerte y desolación. La exaltación de la muerte por la patria tiene como corolario el olvido para los más. En el altar de los héroes los pedestales tienen grados. Salvo uno que otro soldado de fortuna que obtuvo privilegios históricos, los más solo son datos estadísticos. 300 mil muertos no caben en ningún panteón. En este caso los honores también son representativos. En Bolívar la guirnalda de 300 mil heroicos cadáveres.   

El primer momento: La Nueva Granada

Victorioso Bolívar en Boyacá, dejó a Santander a cargo de los últimos detalles y el día 10 de Agosto de 1819, se dirigió con un reducido cuerpo de guardias hacia Bogotá, pero en el camino, por su nerviosismo particular, se les adelantó, y solitario se topó con el general Hermógenes Maza que había salido a encontrarse con el ejército Libertador, y que al ver el jinete solitario pensó que era uno de los realistas que habían abandonado precipitadamente la ciudad, y se le fue encima lanza en ristre y le conminó fieramente a identificarse. El jinete no le hizo el menor caso y pasó a su lado indiferente. Maza le dio alcance, le atravesó el caballo y le repitió: ¡Alto ahí. Quién vive! Y Bolívar, que no era otro el jinete, le respondió: ¡No seas pendejo! Maza se quedó con la boca abierta cuando lo reconoció y junto a sus acompañantes formó una improvisada comitiva para escoltar al Héroe hasta Bogotá en la que entraron a las cinco de la tarde de ese día.

Es que el gran Bolívar, el reciente Libertador de la Nueva Granada, vestía un uniforme de grana roto, sucio, lleno de manchas indefinibles, un trapo le cubría la cabeza, al estilo pirata, y llevaba la casaca sin camisa. Así fue su entrada triunfal a Bogotá y desfiló por la calle principal de la capital.

Se detuvo frente al suntuoso palacio virreinal, sin desmotar del caballo, y recibió a Justo Briceño y a Lucas Carvajal que buscaba caballos descansados para continuar la persecución de los enemigos.

En ese momento estelar, Bolívar pensaría, para sí, que acababa de pagar la inmensa deuda contraída con esta nación cuando puso a sus órdenes hombres y recursos para libertar a su patria, que se perdieron en una cruel guerra civil contra los venezolanos soldados de Boves y Morales.

Los patriotas de Bogotá no se habían preparado para recibir a Bolívar, sin embargo se le ofreció una suculenta cena en casa de doña Genoveva Ricaurte de París, para lo que tuvo que pedir alguna ropa prestada, y durmió esa noche en el palacio de los virreyes.

El general Carlos Soublette escribió su boletín de guerra: “El ejército liberador ha llegado al término que se propuso al emprender la campaña. A los setenta y cinco días de marcha desde el pueblo de Mantecal en la provincia de Barinas, entró S. E. en la capital del Nuevo Reino, habiendo superado trabajos y dificultades mayores que las que se previeran al resolver esta grande operación y habiendo destruido un ejército tres veces más fuerte que el que invadía. Puede decirse que la libertad de la Nueva Granada ha asegurado de un modo infalible la de toda la América del Sur”. Y Morillo escribe al rey: “El sedicioso Bolívar ha ocupado a Santa Fe y el fatal éxito de esta batalla ha puesto a su disposición todo el reino y los inmensos recursos de un país muy poblado, rico y abundante de donde sacará cuanto necesite para continuar la guerra en estas provincias, pues, los insurgentes, y menos este caudillo, no se detienen en fórmulas ni en consideraciones. (…) Bolívar en un solo día acaba con el fruto de cinco años de campaña. Y en una sola batalla reconquista lo que las tropas del rey ganaron en muchos combates”.          

Bogotá despierta del estupor

Bolívar ocupado en cuestiones de alta política, no se preocupó por homenajes, y fue el 18 de Septiembre, cuando ya tenía más de un mes en Bogotá, cuando la Alta Corte de Justicia, designada por él, organizó un desfile en su honor. El pueblo adornó sus puertas y ventanas con guirnaldas de flores. Los batallones hicieron descargas de artillería. La Iglesia le ofreció un Te Deum al que acudieron las enlutadas familias de las víctimas de Morillo.

En el colorido desfile militar, Bolívar iba flanqueado por Santander y Anzoátegui, dos de los más destacados héroes de aquella jornada. “Bellas jóvenes llevaban sobre cojines de terciopelo las condecoraciones decretadas a los héroes y una corona de laurel destinada a las sienes del Libertador.

Sobre una plataforma decorada con flores, que se levantó en la plaza mayor, en el mismo lugar donde fueron sacrificados el doctor Camilo Torres, Policarpa Salavarrieta y Ríos, Rodríguez Torices y tantos más, un coro de jóvenes vestidas de blanco entonó himnos y cantos alusivos. (…) Fue coronado el Libertador, quien puso los laureles sobre las sienes de Santander y de Anzoátegui y luego los arrojó sobre el batallón Rifles: Ellos son quienes los han merecido”. No podía faltar el concurso de los poetas de la ciudad y la Gaceta de Santa Fe comenzó a circular con el poema “La Campaña de Bolívar” del vate José María Salazar.

El baile

Por la noche tuvo lugar un suntuoso baile. El Libertador vestía casaca de paño negro, de las llamadas cola de pajarito, calzón cambrón blanco, botas de caballería y corbatín de cuero. (…) Alta la frente tostada, bajo sus cejas brillaban eléctricos sus ojos; usaba patillas y bigotes color de azabache. Al romper la orquesta los oficiales sacaron las parejas de lindas muchachas que no desdeñaban danzar con la oscura rudeza de Infante y de Carvajal. Santander bailó con doña Nicolasa Ibáñez y el Libertador con su hermana Bernardina”. (Guillermo Ruiz Rivas).                     

Segundo momento: Caracas

Justamente al año, diez meses y diecisiete días de Boyacá, Carabobo se erige como un nuevo tributo a Bolívar. Con este triunfo indiscutible su Colombia se corporifica. Cuatro días después de recoger sus muertos y atender sus heridos, el 28 de Junio, Bolívar entra en su ciudad natal. Caracas lo recibe de nuevo. Es la segunda vez que le honra como su hijo pródigo. Pero esta vez sin el boato de la Apoteosis de 1813 ocho años ha, «campaña en la que todo se perdió menos el honor», no hay arcos triunfales, ni repiques de campana, ni decretos como aquel que lo designara Libertador, ni paradas militares, ni niñas vestidas de blanco con ramos de flores, y no está Pepita Machado, aquella que lo embrujara en aquella hora de su Campaña Admirable. Paradojas de su destino. Sin embargo, aunque llegó de noche en esta oportunidad, y discreto, acompañado solamente de su Estado Mayor y del general Páez grandes multitudes delirantes se aglomeraron frente a su casa para verlo y vitorearlo. “Era medianoche cuando pudo escapar de los abrazos y de las felicitaciones” de los suyos. A un mes de cumplir sus 38 años, en la plenitud de su tercer ciclo de madurez mental, para Bolívar este es su tercer momento de gloria estelar, y no piensa en laureles, sino en la necesidad de ampliar los espacios de la libertad en su América. Es la hora de la verdadera grandeza, la del hombre en silencio frente a la inmensidad de sus posibilidades. Y su pensamiento vuela hacia los confines del Perú del que solo sabe que hay enemigos que vencer.   Continuará.