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La educación, las ciencias, los centros de investigación y el desarrollo

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En el área de la salud, estamos lejos de producir prótesis, válvulas, marcapasos, ni equipos diagnósticos de imagen u otros de elevada calidad y complejidad

Luis Fuenmayor Toro

Desde siempre, hemos dirigido nuestros esfuerzos por alcanzar en Venezuela, un desarrollo importante de las ciencias y la tecnología, que soporte el crecimiento ininterrumpido de la producción nacional de materiales, mercancías y equipos de muy alta complejidad y elevado valor agregado, indispensable para obtener un grado amplio de bienestar social de toda la población del país y lograr una nación fuerte, pujante, verdaderamente independiente y soberana. Esos objetivos no sólo siguen hoy presentes en el escenario nacional, sino que han adquirido especial relevancia a partir de los lamentables acontecimientos del 3 de enero pasado, cuando fuimos agredidos e invadidos impunemente y lesionados profundamente en nuestra independencia, decoro y autoestima.

Desarrollar el conocimiento implica un esfuerzo social intenso, sostenido y permanente, basado en la dedicación al estudio de disciplinas básicas generales y específicas complejas, el cual involucra y tiene que ser realizado por todos los individuos integrantes de la sociedad, en instituciones educativas sólidas, con docentes altamente preparados y experimentados, una planta física maciza, amplia y diversa y unos servicios y equipamiento de primer mundo. Además, el material humano objetivo de este proceso debe estar en las mejores condiciones físicas y mentales, para cuyo logro es necesario disponer de buena alimentación, de un núcleo familiar bien constituido y un entorno social lo más sano posible.

La disciplina es un factor indispensable y transversal para el éxito de todo este proceso educativo de desarrollo. El trabajo arduo y dedicado es fundamental para obtener los objetivos planteados, y el principal esfuerzo, hay que decirlo para que quede bien claro de una vez, lo tiene que realizar el educando. Nadie puede formarse ni aprender por él. El facilismo no tiene lugar en esta tarea. Es lamentable que estas condiciones todavía no hayan sido internalizadas por nuestra dirigencia social ni política, ni la existente, ni la que se apresta a sustituirla. Es más, fueron relegadas en casi todo este siglo, en nombre de ideologizaciones siniestras, igualitarismos absurdos y concepciones trasnochadas, como aquellas de que las exigencias académicas eran burguesas y punitivas y por lo tanto prescindibles.

El financiamiento, la seguridad y el buen estado de las escuelas, liceos, institutos y universidades, tienen que ser considerados como prioritarios y esa consideración debe claramente reflejarse en las políticas públicas educativas y en la realidad concreta. La excelencia académica debe volver y con mayor empuje que el que tuvo en el pasado a las aulas, laboratorios y campus educativos. El esfuerzo mínimo no basta, las farsas y los farsantes deben ser erradicados y el incumplimiento castigado debidamente. La supervisión y evaluación permanente son obligantes, pues sólo así se podrá salir del marasmo en que nos encontramos y abrir caminos seguros de desarrollo, bienestar y soberanía.

El país tiene que asumir la vía de la producción nacional con preferencia a la de importación de lo que necesite, pues sólo así se garantizará su pleno desarrollo y una mejor y mayor satisfacción de sus necesidades. Nuestros parques industriales son prácticamente inexistentes en la mayoría de los sectores importantes. En petroquímica, rama productiva que nos debería ser muy próxima, pues somos un país petrolero, producimos solamente lo mínimo elemental. Y, por los vientos que soplan, pareciera que la venta de materia prima seguirá siendo, y hoy mucho más, privilegiada. Pareciera que seguimos condenados a sólo producir combustible fósil y que ése debería ser el desiderátum en esta materia.

En el área de la salud, estamos lejos de producir prótesis, válvulas, marcapasos, ni equipos diagnósticos de imagen u otros de elevada calidad y complejidad. Pero… ¿Qué estoy diciendo? No producimos en el país ni siquiera las soluciones salinas y glucosalinas, los llamados popularmente sueros, muy utilizados en el tratamiento de pacientes. No fabricamos las soluciones para las hemodiálisis en los pacientes con insuficiencia renal. Y éstas son preparaciones simples, pero el ministerio para la salud, el seguro social, el Instituto Nacional de Higiene y otros entes estatales, parecen estar más dedicados a la generación burocrática de trámites, a supervisiones estériles y a los negocios de importación.

Y no hablemos de la producción local de medicamentos, sus principios activos, la síntesis de genéricos complejos, la aplicación de la biotecnología en la producción de vacunas o alergenos. Nada de eso preocupa a quienes son responsables en la materia. Somos sólo consumidores y, a lo sumo, empacadores de medicamentos. No tenemos soberanía sanitaria, estamos condenados a perpetuidad a importar.

EL AUTOR es médico-cirujano, Ph. D., profesor titular y exrector de la UCV, investigador en neuroquímica, neurofisiología, educación universitaria, ciencia y tecnología. Luchador político

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