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Amigos, enemigos y defensores de Bolívar

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El Libertador concitó odios y afectos entremezclados y tuvo apasionados amigos, dentro y fuera de su ámbito de acción

Rafael Marrón Gonzáles / I

La vida política de Simón Bolívar se encierra en un paréntesis abierto en Cartagena de Indias el 15 de diciembre de 1812, con el ¨Manifiesto de Cartagena¨,  y cerrado con su ¨Ultima Proclama¨ en Santa Marta el 10 de diciembre de 1830. Ambos en suelo colombiano.   Durante esos dieciocho años de intensidad pública, militar y política,  difícilmente superables, el Libertador concitó odios y afectos entremezclados. Y aunque muchos de los afectos se desdibujen en el anonimato o la anécdota, y los odios de pequeño formato se disuelvan en la intriga menuda de los perversos, tuvo Bolívar apasionados amigos, dentro y fuera de su ámbito de acción, como Lord Byron, Bonpland, Humboldt y Goethe;   pero al igual que en las filas absolutistas del imperio español como Salvador de Madariaga, o Bartolomé Mitre, en Argentina,  tuvo también detractores como Karl Marx, que injustamente emitió juicios basados en los infundios del intrigante mercenario  Ducoudray Holstein que escribió un panfleto infamante en Londres;  y  formidables enemigos en sus propias filas, que llegaron hasta el intento de magnicidio, como Francisco de Paula Santander, incondicional del coronel granadino Manuel del Castillo, que fue su silencioso adversario desde los albores de la revolución. Cuando Bolívar se disponía a cruzar la frontera, en 1813, para dar inicio a la Campaña Admirable, Santander se negó a avanzar, y Bolívar,  sacando su pistola, le conminó: ¨O marcha usted, o le juro que lo fusilo…¨, e inmediatamente lo relevó del mando otorgándoselo a Urdaneta. El estadista colombiano Laureano Gómez expresó:  «…Santander fue un hombre inicuo y doloso, impío y sanguinario.  Jamás puede aceptársele como símbolo de la Patria».

Amigos/enemigos

Amigos como el almirante José Padilla,  que esperó hasta el 24 de julio para dar la Batalla del Lago de Maracaibo para ofrendarle su victoria como obsequio de cumpleaños, y fue fusilado por conspirar para asesinarlo. En el momento de su degradación se enfureció y gritó: ¨Esas charreteras me las dio la República, no Bolívar¨. Y de la misma calaña de Padilla, pero más doloroso por ser venezolano, Pedro Carujo, que se formó desde niño con la leyenda de Bolívar y llegó a ser Director de la Escuela Militar de Bogotá y no vaciló en empuñar el puñal magnicida para atentar contra la vida de Bolívar, quien había sido su protector y amigo. Bolívar respondió a este acto de barbarie con excesiva magnanimidad, en el caso de Santander perdonándole insensatamente la vida, a pesar de la resistencia de Urdaneta que le recordaba que los asesinos de César provenían de los perdonados en Farsalia; aunque, después,  ante la inminencia de la disgregación su obra, expresará: «Cada día me parece más imprudente haber salvado a Santander;  este hombre será la última ruina de Colombia;  el tiempo lo verá».  Y en el caso de Padilla, comisionando a Manuela Sáenz para que lo asistiera en su desgracia de condenado a muerte.

Y en este grupo Manuel Piar, fusilado por condena de un Tribunal Militar, por conspiración y deserción, fue un intermitente actitudinal,  leal y faccioso, amigo y enemigo, defensor y atacante, según las circunstancias. Su confusión era proverbial y de allí su fracaso y soledad; por ejemplo,  los conjurados del ¨congresillo¨ de Cariaco pretendían despojar a Bolívar de su autoridad política para que se dedicara exclusivamente a las operaciones militares, y Piar, en el limbo, y al mismo tiempo, pretendía ofrecerle el mando político y despojarlo del militar.

Amigos hubo, como el bravo general José María Córdoba, héroe de Pichincha y Ayacucho, que expresara: “Iremos combatiendo hasta el fin del mundo, si así lo dispone el Libertador. Ese es el hombre entre los hombres”,  y que,  derrotado por O´Leary, en las montañas de Antioquía, combatiendo contra sus hermanos por apoyar deslealtades contra el Libertador, murió a manos de un legionario irlandés de apellido Hand, que lo encontró herido en una cabaña que servía de hospital de campaña, y lo mató a sangre fría. Triste fin para tan valiente soldado.  Se especula que el propio O´Leary comisionó al legionario diciéndole: ¨Evite al general Córdoba el deshonor de un juicio militar¨.  

Y un enemigo paciente como Vicente Azuero, quien después del triunfo patriota en la batalla de Boyacá, que llevó a la culminación de la Independencia, intervino en la solemne fiesta que el pueblo  celebró en honor de Bolívar, el 19 de Septiembre de 1819, y en su discurso pronunció una célebre frase que está grabada en el obelisco en homenaje a los Libertadores, que se localiza en el campo histórico del Puente de Boyacá: «El mayor de los bienes es la Libertad y el más grande de los hombres el que sabe conquistarla para los demás». En su respuesta, Bolívar, abrumado por los elogios, contestó: «Ilustre y grande orador: el héroe que has descrito no soy yo. Procura tú imitarlo y yo lo admiraré». Según la tradición histórica, en esta seca respuesta se contiene el secreto de la animadversión que en adelante profesó Azuero hacia Bolívar. Fue sospechoso de participar en el atentado contra Bolívar el 25 de septiembre de 1828, apresado en el Socorro, enviado a Cartagena como de alta peligrosidad y luego expulsado a Kingston, hasta 1829. Fue quien se solazó enviando a Bolívar, ya en camino de Santa Marta, hacia su destino final, la carta que notificaba la prohibición de pisar suelo venezolano. Bolívar jamás se hubiera enterado de esa ruindad de no ser por el diligente Azuero.

Enemigos intrascendentes

Enemigos intrascendentes como el general Labatut, pirata mercenario que acompañó a Miranda en su fallida invasión a Venezuela   que intenta enjuiciar a Bolívar por insubordinación por su actuación decidida en el Magdalena que lo lleva hasta Cúcuta y de allí a Caracas en su Campaña Admirable del año 1813, cuando el insignificante oficial lo había condenado a una perpetua inactividad en el anodino pueblo de Barrancas.

Y enemigos que no vacilan en traicionar su patria para dar rienda suelta a su rencor como los generales Riva Agüero y Torres Tagle en Perú.

Enemigos como el coronel Manuel del Castillo, que amenazado por Correa en Cúcuta no vacila en pedir auxilio al venezolano sin medir lo que esto significaba para Bolívar, y que una vez derrotado el realista, hace lo imposible para impedir la invasión a Venezuela, y derrotado por la pluma de Bolívar guarda su rencor y lo manifiesta a costa de la masacre de Cartagena. La sangre de miles de sus compatriotas fue el precio de su odio contra Bolívar.

Enemigos/amigos

Pero también  hubo enemigos, como el turbulento José Francisco Bermúdez, cuyas diferencias con Bolívar se remontan a la Primera Batalla de Carabobo cuando fusiló a unos oficiales españoles prisioneros de guerra, violando órdenes contrarias expresas, recibiendo por ello  un dura reprimenda pública del Libertador, por esto  se opuso con tal virulencia  a su jefatura en Haití que Bolívar se vio en la necesidad de excluirlo de la Expedición de Los Cayos, y en venganza Bermúdez atentaría contra su vida  en Güiria, en 1816; pero cuando Bolívar  se encontraba copado en Barcelona, ciudad a  la  que había  llegado  el primero de enero de  1817,   solicita  los auxilios  de Mariño que se encontraba sitiando Cumaná,   éste convence  a Bermúdez de  acudir en auxilio de El  Libertador,  y al encontrarse ambos Jefes, se abrazan con  nobleza,  en aquel momento  Bolívar  llamó  a Bermúdez  el  «Libertador  de El  Libertador»,  y  desde  ese instante  fue, hasta su muerte, un ferviente bolivariano, gracias a esa disposición llevó a cabo la Campaña Distractiva de Caracas que dividió las fuerzas realistas, acción  que permitió la  impecable ejecutoria de Carabobo y le valió el grado de General en Jefe.

O como Mariano Montilla que al igual que Bermúdez le disputó el mando en Haití llegando al colmo de retarlo a duelo, para reconciliarse en Angostura en 1819 y pasar a ser uno de los hombres de mayor confianza del Libertador a quien acompañó en su postrer aliento en Santa Marta. Al notificar la muerte de Bolívar escribió: “El excelentísimo señor Simón Bolívar ha pagado hoy a la naturaleza el precioso tributo de su importante vida”.  

Enemigos por la envidia

Y enemigos sempiternos, desvaídos por la envidia, como Santiago Mariño que estuvo a punto de ser apresado y fusilado por sedición junto a Manuel Piar, a quien abandonó a su suerte, escapando solo a Chacachacare, perseguido de cerca por el implacable Sedeño, y que reclamaba para sí el honor de haber salvado “tres veces”  al Padre de la Patria. 

O como José Félix Ribas,  tío político de Bolívar, que a pesar de haber aceptado su jefatura en la Nueva Granada y le acompañara valientemente en la Campaña Admirable y en todas las acciones de los terribles años 1813 y 1814, jamás le otorgó su confianza y en la primera ocasión lo traicionó apresándolo para fusilarlo en Carúpano. Bolívar se salvó de milagro al convencer, en ausencia de Ribas, a un grupo de oficiales para escapar a Cartagena. Ribas Murió convencido de que ¨Simoncito¨, como peyorativamente lo llamaba,  era un mediocre.

Y Juan Bautista Arismendi, el mismo que siendo capitán  enviara una memoria al rey de España el 9 de  octubre de 1806, solicitando gracias por sus ¨servicios prestados con honradez contra el traidor Francisco de Miranda¨, y cuya crueldad en Margarita contra los oficiales realistas recién llegados de España el año 15, suscitó el odio de Morillo contra los patriotas de la Nueva Granada, y que como caudillo patriota,  azuzado por Mariño, dio un golpe de estado, primero de la historia republicana, al Vice Presidente Francisco Antonio Zea, en Angostura, mientras El Libertador superaba la epopeya de Aníbal cruzando el Páramo de Pisba, y  libraba y ganaba las inmortales batallas de Gámeza, Pantano de Vargas y Bogotá, libertando la Nueva Granada. Al regresar Bolívar a Angostura el miedo recorrió las arterias de los facciosos pero el hombre tenía otras preocupaciones superiores a las aldeanas ambiciones de sus generales sin tropa. 

Una anécdota

Cuenta O’Leary que el día del regreso de Bolívar a Angostura, Arismendi se encontraba en una gira de inspección a unos campamentos del otro lado del río. Cuando volvió a Soledad percibió la algarabía reinante en Angostura, donde se lanzaban fuegos artificiales y repicaban las campanas, tocaba la banda marcial, y toda la gente estaba en la calle. Pensando que todo aquella fiesta era para recibirlo a él y no queriendo llegar en una curiara que eran las únicas embarcaciones disponibles, envío en busca de una flechera, pero la tripulación no regresó, envío otra comisión que tampoco volvió, ya fastidiado abordó junto con su secretario una curiara y cuando llegó a la ciudad la gente pasaba a su lado y ni siquiera lo saludaba, en eso se oyó un ¡Viva Bolívar!, y su secretario rápidamente se despidió y se perdió en las calle vecinas, Arismendi alarmado, quizá recordando a Piar, se dirigió presuroso a su residencia en busca de noticias. Pero Bolívar para su tranquilidad tenía en ese momento de triunfo y de realizaciones otras preocupaciones que las de estar pendiente de las pequeñas traiciones de sus ambiciosos generales sin tropa.Continuará.

EL AUTOR es escritor, poeta, historiador, docente y comunicador social. Autor de varios libros. Es, además, el presentador oficial del noticiero estelar de Washington TV. 

@RafaelMarronG

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