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La República del Mérito contra la catástrofe ontológica

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La idoneidad académica y periodismo de verdad como única salida a la degeneración política

Rafael Marrón González

La crisis más profunda que atraviesa nuestra sociedad no es de índole estrictamente económica ni material; es una catástrofe ontológica. Hemos permitido que el oportunismo del “estar”, esa actitud transitoria, mercenaria y vacía de quien ocupa un espacio solo para lucrarse de la coyuntura, suplante la responsabilidad inalienable del “ser”.

Cuando la política se reduce a un mercadeo, la academia a una fábrica de cartones y el periodismo a la sucursal de la propaganda, la república se desmorona desde sus cimientos morales.

Frente al naufragio de la simulación y de los fanatismos partidistas, la única tabla de salvación es la refundación de la convivencia bajo los estandartes de la República del Mérito.

Del exitismo superficial a la consistencia del carácter

El imperio del “estar” encuentra su rostro más apabullante en la cultura del exitismo financiero y la ostentación.

En este esquema de valores invertidos, ya no importa la probidad ni el rigor intelectual, sino el fulgor del dinero malhabido o la visibilidad vacía. Se premia el atajo y se normaliza la corrupción bajo la cínica premisa de que el fin justifica los medios.

Frente a esta barbarie de la mediocridad, urge restaurar el valor de la sustancia. La idoneidad no puede seguir siendo un requisito negociable ni un adorno decorativo. Quien administra los recursos públicos, quien imparte justicia o quien legisla debe demostrar una solvencia ética e intelectual probada. El mérito real, forjado a través del estudio paciente, la disciplina del trabajo bien hecho y el respeto sagrado a la ley, debe constituirse en el único tamiz legítimo para acceder a la dirección de la cosa pública.

Periodismo y academia: Los faros de la consciencia cívica

Ninguna sociedad puede llamarse libre si carece de espejos limpios donde mirarse. Por ello, la reconstrucción nacional exige un rescate implacable de los dos grandes contrapesos del poder: la academia y el periodismo.

La universidad debe dejar de ser una agencia burocrática de credenciales para recuperar su condición de santuario del pensamiento crítico y la rigurosidad científica. El maestro no es un burócrata del programa, sino un testigo de la verdad cuya primera cátedra es la coherencia entre lo que enseña y lo que vive. Del mismo modo, el periodismo de verdad, aquel que asume la noticia como un ministerio cívico e incorruptible, debe erigirse como el fiscal implacable del abuso, negándose a canjear la primicia por el favor político o la pauta interesada.

Un asunto personal

La salvación de la república no vendrá de las cúpulas corrompidas ni de las recetas mágicas del oportunismo. Nace en el rescate de la soberanía interior, en la fidelidad a los grandes ideales que ennoblecen al espíritu y en el compromiso cotidiano con la decencia. Como bien reza nuestra divisa cívica: “la ciudad es un asunto personal”.

Legar a las nuevas generaciones una patria digna exige enseñarles que la libertad no es hacer lo que apetece, sino hacerse responsables de lo que se hace. Es el momento de romper con el cinismo del “sálvese quien pueda” y abrazar la exigencia de ser antes que aparentar. Solo cuando nuestras instituciones y nuestra vida diaria vuelvan a ser gobernadas por quienes sostienen su existencia en la probidad y el saber, habremos derrotado a la simulación para devolverle a la sociedad su destino de justicia y libertad.

EL AUTOR es escritor, poeta, historiador, docente y comunicador social. Autor de varios libros. Es, además, el presentador oficial del noticiero estelar de Washington TV. 

@RafaelMarronG

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